Han pasado cuatro meses de la visita del Papa Francisco y vale la pena detenernos a pensar en la importancia de sus palabras y gestos más allá de lo que es de interés exclusivo para los católicos. No olvidemos que los Papas son portadores de un influjo decisivo en la tradición humanista cristiana, que ha sido por más de un siglo una corriente fundamental para la promoción de la justicia, la solidaridad y la democracia en nuestro país.

Hay que recordar que la visita de Juan Pablo II en 1987 fue importante para levantar dos grandes banderas humanistas cristianas del siglo XX: el valor de la dignidad humana y la importancia de un ordenamiento político basado en la fraternidad. Tuvo un fuerte énfasis en los más pobres y excluidos, pero fue incluso más allá: A la Cepal la llamó a promover una economía solidaria, y recordó que “los pobres no pueden esperar”.

El contenido humanista cristiano del mensaje de Francisco presentó continuidades y cambios con lo que vimos en Juan Pablo II. Al igual que en 1987 la prioridad y centralidad de su mensaje estuvo en los excluidos y, si bien Francisco repitió la visita a La Araucanía, nos señaló los renovados rostros de la exclusión en el país. Hubo palabras y gestos hacia los migrantes, pero también permitió poner sobre la mesa el drama de las mujeres privadas de libertad, la quemante pregunta acerca de qué pasa con ellas, cuestionarnos si nuestras políticas penitenciarias velan por su dignidad, si protegen a sus familias o si acaso procuran un buen futuro para sus hijos, que quedan muchas veces en la soledad y el desamparo.
Pero Francisco fue más allá y nos dio luces sobre la vigencia de la apuesta por el Bien Común, denunciando enérgicamente la penetración de la “cultura del descarte” en nuestras sociedades. La exclusión del pobre, del extranjero, del no nacido, de los ancianos… todas manifestaciones sociales de una cultura frenética de la acumulación y el consumo, cuyos efectos afectan cada vez más nuestras propias condiciones de existencia.Esto es lo que está en la base de su innovadora Encíclica Laudato Si, donde relevó la importancia del cuidado del medio ambiente dentro del mensaje humanista cristiano. De ahí que en La Araucanía señalase que “la sabiduría de los pueblos originarios puede ser un gran aporte. De ellos podemos aprender que no hay verdadero desarrollo en un pueblo que dé la espalda a la tierra y a todo y a todos los que la rodean” y destacó que “Chile tiene en sus raíces una sabiduría capaz de ayudar a trascender la concepción meramente consumista de la existencia para adquirir una actitud sapiencial frente al futuro”.
Aquí no importan nuestros credos particulares; el Papa es un líder espiritual y cultural de un pensamiento humanista cristiano que ha sido y seguirá siendo corriente imprescindible para el desarrollo de Chile. Dejar pasar en vano su visita es dejar pasar una oportunidad de renovación de nuestras preguntas y prioridades y sobre todo postergar – una vez más – a quienes van quedando atrás en nuestro camino al desarrollo.

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