Hace casi treinta años, en 1989, Mario Vargas Llosa creía que había que dar la gran batalla “a través de una cosa que tiene tan poco sex-appeal para los escritores, para los intelectuales, como es la moderación, el consenso, la razón, la visión práctica”.

¿Fue moderado el Nobel peruano cuando rechazó la consulta de Axel Kaiser con un “esa pregunta yo no te la acepto”? No, porque buscó producir un efecto en la audiencia, obtener el aplauso -que llegó- e impactar. En La civilización del espectáculo había escrito Vargas Llosa, seis años atrás: “La frivolidad consiste en tener una tabla de valores invertida o desequilibrada en la que la forma importa más que el contenido, la apariencia más que la esencia y en la que el gesto y el desplante -la representación- hacen las veces de sentimientos e ideas”.

Y justamente eso quedó en evidencia, porque ¿fue razonable Vargas Llosa cuando afirmó que “esa pregunta parte de una cierta toma de posición previa: que hay dictaduras buenas o dictaduras menos malas?” No, no fue razonable; primero, porque toda pregunta parte siempre de una toma de posición; y, segundo, porque aunque la pudiese considerar muy errada, su tarea de intelectual -y de liberal- consistía justamente en intentar razonar y no en despachar el tema de modo rotundo y efectista, o concluirlo, como lo hizo, con afirmaciones ramplonas. De hecho, en otra instancia, contestó una pregunta igualmente complicada -aquella sobre el feminismo- con una distinción clara y bien razonada: “Hay un feminismo que es absolutamente democrático y yo diría liberal y… desgraciadamente, hay también un sector feminista que es intolerante, dogmático, al que hay que combatir resueltamente”.

¿Por qué frente a dos problemas incómodos distinguió en uno, mientras que rechazó el otro con el lugar común consistente en que “las dictaduras son todas malas”?

Algún mal pensado podría concluir que hoy, para Vargas Llosa, los gobiernos no son un problema, y por eso no se da el trabajo de razonar respecto de las diferencias entre Pinochet y Maduro, mientras que algunas feministas radicales sí están en contra del modo en que se comportaba Pantaleón, y eso, al Nobel, le resulta insoportable.

Quizás.

Pero existe otra posibilidad, y es más seria: que Vargas Llosa sea uno entre tantos y tantos que no han logrado entender la diferencia existente entre las dictaduras y los regímenes autoritarios, la distancia que hay entre lo que algunos dicen que fue el Gobierno militar en Chile -una dictadura- y lo que realmente encarnó.

Porque si “la esencia de la dictadura moderna consiste en que el dictador está por encima de la ley; su poder puede ser limitado por sus subordinados, pero no está restringido por frenos constitucionales y, sobre todo, no es responsable ante aquellos a quienes gobierna” (Bogdanor), en Chile no hubo dictadura. Si visiblemente consiste en “militarizar la vida civil, vestir con uniformes los cuerpos de la gente y uniformizar su mente, tener un partido legal que sirva de estado mayor general o de clase de oficiales de una población intimidada”, si “este es el común denominador de las dictaduras de la izquierda y la derecha” (Lipson), en Chile no hubo dictadura.

¿Le costaba mucho entrar en una discusión sobre estas categorías y aplicarlas a Maduro y a Pinochet, tal como se le consultó?

No, le bastaba con fundamentar la propia posición, incluso para condenar al gobierno militar, pero con argumentos. Le bastaba con recordar sus propias palabras: la cultura “no puede apartarse de la vida real, de la vida verdadera, de la vida vivida, que no es nunca la de los lugares comunes, la del artificio, el sofisma y el juego, sin riesgo de desintegrarse”.

/Columna de Gonzalo Rojas en ElMercurio

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