Carlos Peña: La epidemia del acoso sexual

    Así, entonces, la sociedad contemporánea parece, por vez primera, enfrentar un fenómeno triple: la ubicuidad de la sexualidad, la libertad para ejercerla y su desigual distribución entre hombres y mujeres.

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    Marx dijo que un fantasma recorrería el mundo. Dijo que era el comunismo; pero se equivocó. Era el feminismo. Y en buena hora.

    El fenómeno más notorio de estos días ha sido el del acoso sexual. ¿A qué se deberá que las denuncias proliferen en la televisión, en el cine, en las universidades, en el Nobel -seguro que pronto aparecerán, por qué no, en el gobierno-, y que poco a poco el acoso salga a la luz luego que un silencio de años le brindó la apariencia de ser inexistente?

    Dar un vistazo al fenómeno quizá ayude a entender la sociedad actual.

    Ante todo, parece ocurrir que de pronto se ha caído en la cuenta de que la sexualidad y el erotismo son más ubicuos de lo que se pensaba. Las sociedades tradicionales preferían pensar que la sexualidad estaba siempre atada a los afectos y no al poder, restringida a la privacidad del dormitorio conyugal y al abrigo de la familia y que cuando se le ejercía fuera de ella era una transgresión excepcional o un desahogo, algo que había que tolerar simplemente para evitar males mayores (un ejemplo de esto es el famoso escrito de Mandeville, “Una humilde defensa de los burdeles públicos”, o el dicho paulino que más vale casarse que quemarse). Pero resulta que no, resulta que la sexualidad está en todos los sitios, lo que, si bien en principio no tendría nada de malo, salvo que mezclada con esa urdimbre de prejuicios, mitos, rutinas y miedos que se llama cultura, especialmente cuando ella es machista, acaba multiplicando las posibilidades de abuso.

    El fenómeno anterior (la presencia de la sexualidad en ámbitos en los que hasta ayer se la creía ausente, donde se pensaba que solo había eficiencia y racionalidad) está acompañado de la libertad sexual. Es verdad que todavía hay trabas y obstáculos de diversa índole para ejercer la sexualidad, pero ella como forma de expresión de la propia individualidad o como búsqueda del placer, nunca había sido aceptada, al nivel que lo es hoy, como parte de la libertad personal. Y justo porque hay mayor libertad sexual, las mujeres reclaman su derecho a decidir qué es aceptable o qué no cuando se trata de su cuerpo.

    Y, en fin, junto a la presencia ubicua de la sexualidad y la libertad para ejercerla, las sociedades han tomado conciencia de que esta última está desigualmente ejercida, condenando a las mujeres a un papel subordinado y exponiéndolas al abuso.

    Así, entonces, la sociedad contemporánea parece, por vez primera, enfrentar un fenómeno triple: la ubicuidad de la sexualidad, la libertad para ejercerla y su desigual distribución entre hombres y mujeres.

    Si se atiende a ese triple fenómeno, lo que ocurre hoy no es raro.

    Justo porque hay mayor libertad sexual y por la misma razón que se reconoce a todos, hombres y mujeres, soberanía sobre su cuerpo, es razonable que ella se distribuya por igual entre hombres y mujeres y se hace cada vez más necesario impedir o poner obstáculos a que el acercamiento sexual sea hecho mediante coacción o simplemente empleando las viejas rutinas del machismo acostumbradas a presentar al abuso como seducción. Justo porque en la cultura actual cada hombre o mujer se siente dueño de sí mismo y particularmente dueño o dueña de lo que es más inmediato, el propio cuerpo, reaccionan cuando se lo invade sin que el sujeto que es cada cual haya libremente consentido.

    La epidemia del acoso (se le puede llamar así para subrayar la presencia casi ubicua que está adquiriendo) es por eso, y sin exagerar, también una epidemia de libertad y de igualdad, un anhelo de cada uno de ser su propio dueño o dueña, de estar al mando de sí mismo, sin que nadie, por poderoso, prestigioso o santo que presuma ser, pueda impedirlo.

    Hay algo pues de benéfico en esta verdadera epidemia de denuncias de acoso, ellas son un síntoma de una cierta alerta, especialmente en los más jóvenes y en las mujeres, por el cuidado de la propia libertad y de la igualdad, las mismas que apenas ayer (y todavía en ámbitos como el aborto o el cuidado de los hijos) se les quería negar.

    Pero lo que también muestra este fenómeno es que la libertad y la igualdad suelen estar en medio de una paradoja. Mientras las personas reclaman más libertad, y cada uno quiere tener la suya, más necesario se hace contar con reglas de tráfico que la regulen e inevitablemente la limiten. Y mientras más igualdad demandan, más hay que favorecer a un género contra el otro como forma de compensar el maltrato histórico. Cuando más se las tiene y se las quiere ejercitar, más necesario se hace regularlas, someterlas a normas que las disciplinen, las midan y las gradúen arriesgándose así, cuando esa labor no está acompañada de razonamiento y reflexión (algo en lo que Chile está todavía deficitario), al peligro de dejarlas irreconocibles.

    Marx predijo que un fantasma recorrería el mundo. Él pensó que era el comunismo.

    No, no era él.

    Era el fantasma del feminismo que reclama una libertad igual entre hombres y mujeres.

    Y ese fantasma llegó a Chile.

    /Blog de Carlos Peña para El Mercurio

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