Desde hace unos años se ha abierto un debate bastante espinoso de si las humanas tienen o no un “instinto maternal”. Esto se ha debido a la decisión, totalmente válida, de algunas mujeres a no ser madres.

Quizás debamos por comenzar por definir que es “instinto”. De acuerdo a la definición, para calificar como un instinto, el comportamiento debe ser automático, irresistible, desencadenado por algo en el entorno, ocurrir en un momento particular durante el desarrollo, no requerir entrenamiento, ser inmodificable y ocurrir en todos los individuos de una especie.

Desde la psicología y la biología

El problema con estos criterios es que no aplican bien a los seres humanos. Incluso cuando se tiene hambre, las personas no van en busca de comida irreflexivamente, tal como podría ocurrir con, por ejemplo, nuestros glotones amigos los perros.

Por eso, desde la psicología se cree que en vez de instintos, los humanos tenemos “impulsos”. La idea es que tenemos un conjunto de impulsos innatos que, valga la redundancia, impulsan nuestro comportamiento en direcciones preestablecidas. Los impulsos no son modificables o incluso irresistibles, como los instintos, pero son innatos. No son aprendidos, y (con excepciones ocasionales) universales. Todos tenemos alguna especie de impulso, estos nos motivan a hacer cosas para que no caigamos en el marasmo de la inactividad y muramos.

Entonces ¿se puede hablar de un impulso maternal? Al parecer, sí. Esto no solo explicaría que los humanos nos sigamos reproduciendo (una especie que no se reproduce está en un callejón sin salida evolutivo). Sino que también explica existan individuos que prefieren encontrar el momento exacto para hacerlo, o simplemente no hacerlo. Esta distinción está determinada por otro aspecto inherente a los humanos:

La sociedad

A diferencia del resto de animales, nosotros hemos podido desarrollar una cultura, sociedad y tecnología, las cuales determinan nuestro comportamiento en tanta medida como lo haría la biología. Por ejemplo, hasta antes de la llegada de los anticonceptivos, el sexo tenía casi siempre como consecuencia los hijos. Luego de esto, tener descendencia pasó a ser una elección.

Sin embargo la llegada de nuevos modelos socio-económicos hizo que esa elección se retrase cada vez más, o se descarte por completo. Desde el punto de vista físico, económico, personal y emocional, tener un hijo significa una carga que no todas las mujeres están dispuestas a llevar. Ahorrar, estudiar, subir en la escalera social o viajar suenan como opciones más apetecibles.

¿Y el famoso reloj biológico? De acuerdo a un estudio de la Universidad de Kansas publicado en el 2011 en el journal Emotion, sí existe y no solo en las mujeres. La investigación encontró que tanto hombres como mujeres sienten el deseo de tener una prole.

“Tener hijos es una de las razones por las que existimos, reproducir y transmitir nuestros genes a la próxima generación”, dijo Gary Brase, líder de la investigación. “Pero económicamente, tener hijos es costoso y uno no obtiene un rendimiento financiero decente de esta inversión. Y, sin embargo, aquí estamos, la gente real está atrapada en el medio”, afirmó.

Esta investigación confirma lo afirmado por ciertas corrientes filosóficas, las cuales sostienen que la sociedad ha “impuesto” la maternidad sobre la mujer. Lo curioso es que lo hace confirmando también que la sociedad (sobre todo la occidental con su costo de vida extremadamente caro) está imponiendo casi imperceptiblemente la no maternidad.

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