El domingo es el Día de la Madre. Por imperativo comercial, por tradición judeocristiana o por puro calendario escolar, muchas recibiremos ese día presentes llenos de amor. Y el detalle nos enternecerá hasta olvidar que de alguna manera seguimos celebrando la fecha con la misma dosis de homenaje al sacrificio que nuestras abuelas. Es verdad, ya no nos regalan una olla exprés, ni aquellas postales que se desplegaban llenas de flores de cartulina con la leyenda “Madre no hay más que una”. Ahora, junto a la inevitable manualidad llena de buenas intenciones, nos regalan un móvil o un bono para un balneario.

Pero en los informes, las encuestas y los reportajes de ese día encontraremos frases del tipo: “Las mujeres sacrifican la llegada del primer hijo hasta tener consolidada su carrera profesional”, o “La incorporación de la mujer al trabajo reduce la tasa de natalidad en un X%”. En este caso es la Humanidad la que se sacrifica para darnos a nosotras la oportunidad de realizarnos.

Yo estoy convencida, sin embargo, de que es el hombre, obligado por las circunstancias laborales de su compañera a participar más activa y gozosamente de la paternidad, el que impone la reducción de la natalidad. Estoy rodeada de treintañeras cercanas a los 40 que ya no saben qué hacer para convencer a sus parejas de tener el primer hijo, o para tener el segundo. Aquellos hombres que hace solo unas décadas querían tener un equipo de fútbol, ahora se conforman con una estrella del tenis. Y no deja de asombrarme que la mayoría de ellas estén dispuestas a intentarlo, a pesar de las dificultades. Se ve que el sacrificio consiste ahora en convencer a todos de que tener hijos es una maravillosa posibilidad. Que nunca debió ser una obligación ni una carga.

/Escrito por Pepa Bueno para El Diario de Córdoba

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