Nicolás Maduro terminará de configurar este domingo la dictadura que ha ido construyéndose en Venezuela desde hace casi dos décadas. De no mediar una sorpresa mayúscula, las elecciones presidenciales marcarán la consolidación de un régimen autoritario al que solo le preocupa su autopreservación, ciego y sordo ante al sufrimiento que inflige al pueblo que gobierna.
Las condenas internacionales se multiplican y las protestas opositoras se dejan oír con más dolor que fuerza. Sin embargo, es poco lo que pueden hacer para revertir el curso que ha tomado Venezuela. Habrá gestos y señales -entre ellos, por ejemplo, la posibilidad de que Chile no designe embajador en Caracas-, pero el impacto concreto será desdeñable.

Maduro y el chavismo tienen bien agarrado el poder: lograron arrinconar y dividir a la oposición, han manipulado la buena voluntad de la región haciéndole creer hasta hace poco que estaban dispuestos a negociar concesiones, y parecen indiferentes frente a la crisis humanitaria que provoca su desastrosa gestión.Imposibilitados de ejercer sus derechos políticos y acongojados por una asfixiante situación económica, los venezolanos votan con los pies para hacer patente su desesperanza. Al menos cuatro millones de personas -alrededor de 12% de la población- han emigrado.

El enorme volumen de la diáspora deja en evidencia que ya se cruzó el punto de no retorno y que ahora no es mucho lo que puede hacer la comunidad internacional. El Grupo de Lima -compuesto por 12 países críticos del gobierno de Maduro- se formó recién en 2017 y posee escasa capacidad de presión real.
Durante demasiado tiempo América Latina estuvo dispuesta a aceptar al chavismo como un actor legítimo e incluso protagónico, desoyendo a los “radicales” que denunciaban que el discurso mesiánico del coronel y sus seguidores ocultaba una vocación autoritaria de hierro.

Fue en la primera década de este siglo que el proceso se hizo irreversible en Venezuela. La presión internacional pudo haber surtido efectos entonces, pero la región era gobernada por líderes que no quisieron reconocer al elefante en el salón. Por años rehusaron admitir lo que hoy casi nadie discute: que el chavismo no es una fuerza democrática, sino una expresión decadente del populismo autoritario.
Hoy, cuando el signo político de los gobiernos de la región ha cambiado, es tarde para que Venezuela consiga rehuir su destino trágico. Ni la presión internacional ni la oposición interna amedrentarán a un Maduro que sabe que si deja el poder deberá enfrentar la justicia, acusado de corrupción, narcotráfico y violaciones a los derechos humanos. El Presidente está atrincherado y vigilante de cualquier asomo rebelde en las Fuerzas Armadas, cuya lealtad ha comprado con generosos regalos.

Al costo de sumir al país en la miseria y de convertir a su gobierno en un paria, Maduro prefiere seguir avanzando en un callejón sin salida ni esperanza.

/Columna de Juan Ignacio Brito para La Tercera

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