La imagen más notable de estos días es esa muchacha con los pechos descubiertos sobre la estatua de Juan Pablo II.

Todo se resumía allí: libertad sexual, rebelión contra la autoridad, reclamos de igualdad, rechazo a la idea de que la naturaleza o Dios guían la vida.

¿Qué subyace en todo esto? Para comprenderlo, hay que detenerse en un letrero que ha aparecido por allá y por acá con un mensaje que parece una acusación arbitraria: Aquí se abusa.

Un abogado ligero diría que una acusación como esa tiende un manto de sospecha sobre todos y viola la presunción de inocencia, el debido proceso, etcétera, etcétera. Pero eso es malentender el fenómeno: ¡aquí se abusa! es una forma abreviada y sagaz de denunciar las estructuras y las rutinas en las que se alojan y se normalizan las acciones que violan el derecho al igual trato a que tienen derecho hombres y mujeres. Aunque suene paradójico, en una institución podrán escasear los abusadores o no haber ninguno; pero igual puede haber abuso, esa forma solapada de dominación que se instala en el lenguaje, en los textos, en el trato cotidiano.

Esa acusación contra las estructuras (que no debe impedir, por supuesto, el castigo del abuso individual) evita que se conciba a este problema como una cuestión individualizada o judicial (un problema de transgresión de la regla), e invita a transformarlo en lo que verdaderamente es: una cuestión política, un asunto de poder.

Porque ese es el problema contra el que esos miles de mujeres se rebelan y reclaman. Que en las estructuras, en las normas, en el lenguaje, en las formas admitidas de conducta, está instalada una relación entre los géneros que asigna ex ante, y en atención simplemente a la pertenencia sexual, papeles o roles subordinados a la mujer. Con el pretexto de la biología, o la voz de Dios, esgrimiendo los cromosomas o el ejemplo de María Virgen, la ciencia o la fe, según si el machismo tiene fundamento positivista o religioso, se instala en las prácticas cotidianas, esas que configuran poco a poco la identidad de cada cual, un modo de estar en el mundo que niega a la mujer la igualdad que, sin embargo, y al mismo tiempo la sociedad contemporánea esgrime para legitimarse.

Por estos días habrá protocolos para evitar el abuso, reconocimientos de la justicia de esos reclamos, esfuerzos por comprenderlos, promesas, inhibiciones, y todo esto estará, desde luego, muy bien; pero todo eso se hará, a poco andar, humo, simple sal y simple agua, si no se adoptan y convienen medidas de índole política que repartan el poder e interrumpan eso que Bourdieu llamaba la “eternización de lo arbitrario”, la adscripción de papeles sociales en nombre de la naturaleza.

¿Cuáles deben ser esas medidas para interrumpir la eternización de lo arbitrario, esa forma de dominación que simula ser parte de la gran cadena del ser?

No es muy difícil identificarlas.

Ante todo, parece imprescindible algún régimen de cuotas en las instituciones, en los medios de comunicación, en el sistema educativo. Los sectores conservadores (también hay mujeres conservadoras, desde luego) suelen oponerse al sistema de cuotas con el pretexto de que ellas infantilizan a las mujeres o las estigmatizan como incapaces de alcanzar por sí mismas puestos de poder. Esa objeción desconoce que las cuotas son una medida transitoria para romper lo que podría llamarse la inercia del género, ese perjuicio casi intemporal que posterga a las mujeres. La única forma de romper esa inercia consiste en adoptar la decisión colectiva de incluir mujeres en una cierta proporción en directorios y otras similares posiciones de poder. Como la inercia es favorable al statu quo, hay que romperla mediante acciones deliberadas

Luego de eso, es necesario adoptar medidas (en las empresas e instituciones) que distribuyan con mayor igualdad los costes de la maternidad y el cuidado de los hijos. Si la familia es un asunto que interesa por igual a hombres y mujeres, entonces no es razonable que los costes de tenerla se internalicen nada más que en la mujer. Pero eso es lo que ocurre cuando no se compensa profesionalmente el tiempo de la maternidad (y en cambio se tolera que la mujer retroceda en su carrera por el hecho de haber sido madre); cuando el trabajo flexible es, en realidad, un trabajo parcial (con remuneración también parcial), etcétera.

Hay también que atender a la interacción en el lenguaje y en la gestualidad. Este es un asunto en apariencia difícil que, puede temerse, podría amagar la libertad. Pero no es así. La dominación es también un asunto de lenguaje y gestualidad. ¿No dijo Wilde que hay seres que matan con palabras?

En fin, habría que recordar que la exhibición del cuerpo -la moda, la desnudez, el adorno- es un reclamo de autonomía, no una invitación muda a la invasión, no un permiso de interferencia a los terceros. Es lo que esas mujeres quieren decir cuando gritan ¡no es no!

Esa muchacha semidesnuda encaramada en la estatua de monseñor reclamaba igualdad, pero sobre todo hacía recordar que la dominación casi siempre comienza con el cuerpo o, si se prefiere, que la disposición del cuerpo es también una cuestión política, la huella visible de otras formas más solapadas de abuso.

Al día siguiente un grupo de otros monseñores -colegas del eternizado en la estatua sobre la que la muchacha de pechos al aire protestaba- volvía de Roma gruñendo. Envueltos en negro parecían cuervos, seres raros y ajenos a lo que esas muchachas reclamaron.

Era una metáfora de cuán ajenas están las instituciones, apenas ayer prestigiosas, a las corrientes subterráneas del Chile de hoy.

/Blog de Carlos Peña para El Mercurio

/gap