Más allá del fraude evidente de Nicolás Maduro, hay otras sombras que se ciernen sobre las democracias latinoamericanas en el próximo tiempo. No sólo en las urnas, sino que también en las calles con temor y en las redacciones de medios que están cercenadas en su libertad de expresión.

Lo ocurrido en Venezuela es de una gravedad sin proporciones en la última década. Desprovisto de todo pudor, y ante la evidente ausencia de votantes, los números finalmente los provee el mismo régimen. Se aplauden de algo que estaba montado con mucha antelación. La desvergüenza nos recuerda a otros que hacían referéndums acá en Chile con votos transparentes y sin registros electorales. No es en nada diferente, y quienes criticamos entonces lo hacemos hoy. Sin doble discurso. Dictaduras y populismos son igualmente reprobables en la derecha e izquierda. Por eso no se entiende el doble estándar de algunos con mirada selectiva.

No es solo Venezuela. Miremos Nicaragua, donde el Presidente Ortega tiene el nepotismo instalado, incluyendo su señora vicepresidenta, hijos controlando los medios de comunicación y otros cercanos en cargos de poder. Un gobierno corrupto y venal. El pueblo se ha levantado en contra, cansado de los abusos. Son muchos los actos de violencia contra la ciudadanía. Dirigentes universitarios y de derechos humanos han ofrendado sus vidas por la libertad. El mundo mira con pavor y bastante inacción.
En Brasil la corrupción se ha tomado una parte importante de la clase política. Aún peor, un general brasileño se da el lujo de hacer amenazas veladas si es que las resoluciones judiciales no son las que él quería. También pareciera ser que las elecciones presidenciales de octubre próximo se tratan de decidir entre muchas alternativas que no tienen el más mínimo peso para el ciudadano medio. El más extremo de los candidatos, el exmilitar y diputado Jair Bolsonaro, representa a la extrema derecha populista, racista, homofóbica. Considera a la mujer como de segunda categoría. Además, exige un Estado confesional conservador. El riesgo de su triunfo es bajo, pero el hecho de que sea protagonista del proceso muestra lo peligroso que es.

Por su parte, en México el panorama electoral es de sumo cuidado. El gobierno del actual Partido Revolucionario Institucional representó la vuelta al poder después de haberlo perdido por doce años. Los mismos que en el siglo XX construyeron lo que Vargas Llosa denominó la dictadura perfecta por más de siete décadas. Hoy su candidato no tiene ninguna posibilidad de éxito, y las dudas sobre el futuro se multiplican. Preocupa la futura gobernabilidad de un país asediado por el narcotráfico y serios problemas con la administración norteamericana de Donald Trump.

Como vemos, los gigantes de la región están complicados: populismos y riesgos a la democracia que exigen definiciones sin eufemismos. No son los tiempos para ser ambiguos. Democracia y derechos humanos siempre.

/Escrito por Soledad Alvear para La Tercera

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