Los últimos días hemos seguido con atención el llamado que el Papa hizo a los Obispos chilenos en que 34 de ellos concurrieron a Roma, reunión que finalizó con la presentación de la renuncia de los 34 obispos, y la difusión de una durísima carta publicada por El Vaticano respecto a los gravísimos abusos sexuales cometidos por sacerdotes chilenos, cuyas victimas no habrían sido escuchadas por las autoridades eclesiales chilenas, llegando incluso al ocultamiento y destrucción de denuncias.

La actitud de los obispos tras la reunión ha generado mas desconcierto aún, al declarar que la reunión fue cordial y agradable, lo que parece querer minimizar las consecuencias de esta.

Al final Hamilton, Cruz y Murillo no eran unos hijos de papá buscando vengarse de un cura que mostrándose como santo, sí habría cometido abusos apoyados en una ciega confianza de los abusados frente al abusador.

La desatención reprochada por el Papa a los obispos al haber tolerado conductas sexuales de miembros de la iglesia, o aceptar que algunos integrantes de su jerarquía los hubiesen tolerado, apartándose  de lo que la propia Iglesia predica, ha remecido a la iglesia católica chilena, desnudandose hechos y estadísticas que nos hablan de que según los casos denunciados en Chile en los últimos 10 años, condenados por la justicia civil y canónica, al menos el 3,48% de los sacerdotes chilenos han sido responsables de violación y abusos a menores de edad, o han sido encubridores de estos mismos delitos, hechos que por lo demás  también han sido denunciados en otros países del mundo con alarmante frecuencia, donde los responsables no son solo párrocos o simples curas de pueblo o de barrio, sino también sacerdotes universitarios, obispos y cardenales con un patrón similar de comportamiento, basado en la asimetría producida  en la relación entre  el pastor, dueño de La Verdad Divina  y fieles debilitados y confundidos por una fé mal guiada por verdaderos dominadores y opresores de conciencias, permitiendo ser abusados, o simplemente, en el caso de la pederastia no han podido oponerse a la acción del falso pastor. Así, la relación entre el sacerdote corrupto, pero presentándose provisto del poder de Dios para mostrar “el camino”, y para perdonar y absolver, frente al joven o al niño inmaduro, en búsqueda de  valores, débil, emocionalmente inestable, que busca la guía de su pastor, se transforma en una relación perversa en que la fragilidad psicológica de esos feligreses los convierte finalmente en esclavos emocionales incapaces de cuestionar la autoridad del sacerdote.

Las denuncias acalladas porfiadamente, la complicidad de los testigos y el ocultamiento de la autoridad eclesial, contrastan dramáticamente con lo que la iglesia chilena y el mismo Francisco promueven, al  haber aceptado conductas que llegan al delito. La sensación de impunidad de las víctimas y la evidencia de estas, de que la jerarquía no terminaba de sopesar la gravedad de los delitos cometidos, llevaron a lo que finalmente era inevitable…, que la bomba estallara con consecuencias todavía incalculables para la iglesia católica chilena.

Por ello no se entiende aún la actitud de los obispos chilenos…, que seguramente deberán reponerse del schock para mostrar a sus fieles que están dispuestos de corazón a empatizar e identificarse con el sentimiento de sus fieles y la comunidad. Deberían preocuparse pues, por lo que se ve en las recientes noticias que nos trae la prensa, se viene una avalancha de “denuncias periodísticas” que seguramente traerán mas repudio de la ciudadanía hacia el clero.

Después de todo habría que agradecer la perseverancia de Hamilton, Cruz y Murillo, cabiendo preguntarse si la iglesia habría escuchado finalmente a otros feligreses abusados sumidos en la pobreza y el abandono, lejos de las élites a las que los denunciantes pertenecen y con los que la jerarquía de Iglesia Católica Chilena parece gustar relacionarse, empapada   de “esa sicología de elite” que les reprocha Francisco, que “termina generando dinámicas de división, separación, “círculos cerrados” que desembocan en espiritualidades narcisistas y autoritarias en las que, en lugar de evangelizar, lo importante es sentirse especial, dejando así en evidencia que ni Jesucristo ni los otros interesan verdaderamente”

Escrito para Chile Merece por Roberto Hernández Maturana

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