A las 00:00 horas del sábado 11 de marzo -hoy- comenzó el último año de mandato de la Presidenta Michelle Bachelet. Y empieza también la cuenta regresiva para lo que será, muy probablemente, el fin de la Nueva Mayoría, la coalición que nació con un propósito casi único: traerla a ella de vuelta desde Nueva York para asegurar un triunfo en la elección presidencial de 2013.

A la Nueva Mayoría se le está acabando el oxígeno. No por el rechazo a sus reformas, ni por el deterioro en áreas como empleo, economía, calidad de servicios públicos, hospitales, seguridad, transporte, etc. La coalición oficialista se ahoga inevitablemente porque su existencia está fundada sobre tres pecados mortales, cuya consecuencia ha sido ese generalizado retroceso.

El primer pecado, y tal vez el de mayor costo, ha sido la condena a los acuerdos y al consenso político, esenciales en una democracia que aspira a impulsar reformas para que perduren en el tiempo, dando progreso a un país y a su gente. Ha sido brutal la manera cómo los partidos que fueron protagonistas de los cuatro gobiernos de la Concertación se subyugaron a una absurda tiranía antiacuerdos y, en vez de entenderlos como el diálogo entre compatriotas que persiguen un mismo objetivo, los pregonaron como arreglines que se pactaban en una sospechosa “cocina”. Y por unos pocos votos, le regalaron al Partido Comunista, al Podemos chileno (Jackson, Boric, Vallejo, etc.), el ninguneo, ni más ni menos, que de la transición, fundada justamente en los acuerdos.

El segundo pecado, consecuencia del anterior, fue renegar de la transformación política, económica, social y cultural de las últimas tres décadas, avergonzándose de la educación subvencionada, el AUGE, las concesiones, las reformas constitucionales de Lagos, el crédito universitario, etc. En fin, de todo lo que contribuyó a que millones de chilenos salieran de la pobreza, consolidando una gran clase media que hoy se acerca al 50% de la población (de cuatro millones de chilenos a principios de los 90, a cerca de nueve millones en la actualidad). Cada una de las reformas emblemáticas de este Gobierno —laboral, tributaria, educacional—, además de una nueva Constitución (respecto de la cual, después de tres años, aún no sabemos nada), está inspirada en desarmar esa obra de progreso, a la cual, por cierto, contribuyó responsablemente la centroderecha mientras estuvo en la oposición (un reproche constante de los nuevos iluminados a la antigua Concertación).

Los cimientos que se proponía remover la retroexcavadora eran, a fin de cuentas, reglas claras para una economía fuerte, que generara mucho empleo y fuera eficaz para superar la pobreza; relaciones público-privadas virtuosas, con derechos y deberes; una política social en salud, vivienda y educación focalizada en las familias vulnerables, ampliando la cobertura en la medida que el país podía financiarlo (es decir, responsabilidad fiscal, lo que hoy también avergüenza a la nueva izquierda y le valió al ministro Valdés un rosario de la presidenta de la CUT cuando se discutía el último reajuste del sector público).

¿El tercer pecado? Un estilo sectario, que muchas veces desprecia las instituciones, sumado a la incompetencia en el ejercicio del poder: encargar la reforma educacional a un grupo de jóvenes expertos en movilizaciones y teoría, en lugar de a un equipo de verdaderos especialistas; mantener durante meses en el cargo a ministros y autoridades responsables de situaciones graves (el caso de Javiera Blanco es emblemático, pero también pasó con Helia Molina en Salud, los directores del Registro Civil, la Conaf, etc.); ambigüedad frente a la violencia; trato privilegiado con la Arcis, la universidad que quebró por culpa del PC; doble estándar frente a Cuba y Venezuela; el castigo a los Liceos Bicentenario y la “quitada de patines” al Instituto Nacional porque el mérito no es “igualitario”; mantener vacantes cargos en el gabinete y en servicios claves durante semanas, incluso meses; embajadores y diplomáticos haciendo proselitismo en sus destinos.

En fin, no lo aburro más, la lista puede seguir.

Usted prepárese para lo que viene y póngase el cinturón de seguridad. Los siguientes meses, hasta la elección presidencial, serán difíciles: la Nueva Mayoría no va a resignarse así como así a perder el poder, porque con ello se apaga su efímera luz.

/Columna de Isabel Plá para El Líbero

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