E nuestras conversaciones de esta semana, mis “fieles parroquianos” han coincidido en que lo que está pasando en la iglesia católica es de la mayor gravedad, y que es muy difícil proyectar tanto sus efectos como sus alcances.

Las múltiples aristas del caso indican que estamos en presencia sólo de “la punta del iceberg”.

Son variadas las reacciones que se aprecian entre “la feligresía”. Unos lo ven sólo desde la casuística; son quienes, atraídos por el morbo, ahondan en los detalles para construir sus escenarios… “se irán once obispos”, “todavía no se sabe….”, “espérate que hablen los curitas de pueblo…”.

También están los apocalípticos para quienes es: ¡el fin de los tiempos…! Para este grupo, el peligro radica en que uno de los pilares básicos de nuestra sociedad (la Iglesia) sufre, desde hace tiempo, una fatiga de material que da cuenta de un daño estructural; “de no venirse el andamiaje abajo”, sólo se podría reparar con ingeniería mayor.

En el medio de estos dos puntos de vista, están quienes creen que no nos podemos quedar enfrascados, en los pormenores de cada acusación, o pensando en que llegó el momento de “lapidar a la iglesia” como un todo. Entre esos extremos hay un camino, el camino que considera: “hay que castigar sin contemplación a los infractores y hay que fortalecer a la iglesia, protegiendo a las piadosas ovejas y preservando a los buenos pastores”.

La razón es simple: la iglesia ha sido históricamente un pilar fundamental de nuestra sociedad -a la que se han sumado, con el tiempo, diferentes iglesias y credos-, constituyendo un pilar estructural que ha dado solidez valórica a nuestra convivencia nacional.

“…Son instituciones como la iglesia las que han mantenido “al tope” banderas, no siempre confesionales, como el derecho a la vida, el rechazo al aborto y a la eutanasia, la defensa de la familia, el orden, la seguridad y tantas otras…”

En los tiempos actuales, por falta de visión política o por intereses subordinados a populismos episódicos, se han afectado las instituciones básicas (permanentes) de nuestra sociedad, lo que ha significado un debilitamiento del estado de derecho, donde la libertad, la seguridad, el orden y el bienestar social, deberían ser una auténtica realidad y no algo meramente discursivo.

En el último tiempo la  sociedad política, motivada por mezquinos intereses, se ha dado maña para que -previamente las fuerzas armadas y ahora la iglesia- queden circunscritas a roles secundarios y pierdan el importante papel que cumplían en la estabilidad republicana y en la mantención de una sana convivencia, fundada en los valores permanentes de la sociedad libre.

En ambos casos, se ha dado pábulo para que -sin pausa- evolucionemos hacia una sociedad donde predominen los extremos, la inseguridad, los individualismos y la ausencia de valores.

Uno de mis parroquianos concluyó, advirtiendo en forma simple y directa: “…las ovejas, que en el último tiempo hemos visto perseguidas a nuestras instituciones guardianas, hoy sentimos que (porque algunos pastores erraron el camino) otro de los pilares básicos -el valórico- está severamente amenazado…”.

/escrito por Cristián Labbe Galilea para Chile Merece

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