Previo a una nueva cuenta pública de Sebastián Piñera, el escritor y columnista de La Tercera analiza lo que está sucediendo en el país: “Del gobierno de Bachelet todavía no queda claro cuáles fueron los cambios reales que persistirán, el legado real, no el humo del legado”, asegura.


-¿Cómo ves el clima político previo a la cuenta pública de Piñera?

-Va a estar dominado por el movimiento feminista y los temas que abrió este movimiento. Esta cuenta pública, no es un hito al que estemos acostumbrados, por lo tanto es posible que no exista la misma expectativa que sobre los antiguos 21 de mayo. Naturalmente no podrá ser una cuenta, sino más bien una lista de anuncios. Lo que puede pasar es que esta cuenta pública abre más críticas de las que pueda cerrar.

-“Hacen bien las mujeres en luchar por una causa justa”, dijo Piñera en una reciente cadena nacional. ¿Cuál es tu lectura de su intento por canalizar la llamada ”ola feminista”?

-Es una estrategia política, tal vez la más apropiada, pero yo me acuerdo que cuando empezaron los movimientos sociales en 2011 también habló de que eran “una causa justa” y pasó que, en ese minuto, se desbordó. Ahora, en los anuncios que hizo sobre la agenda de la mujer él no usa nunca la palabra “feminista”. Cuando dio ese anuncio primero habló de “nuestras mujeres”, que es un lenguaje que va contra la perspectiva del movimiento. Cuando hablas de “nuestras” das un sentido de propiedad y por lógica, el público al que te estás dirigiendo es solamente masculino. Le estás anunciando a los hombres lo que va a pasar con respecto a las mujeres. Errores como ese, que son sutiles y que a lo mejor no tienen una repercusión en la gran mayoría de la opinión pública, sí abren la puerta para la crítica de los grupos que están más enterados del tema.

“Como el movimiento feminista apunta a la desigualdad, a la brecha entre hombres y mujeres, cualquier anuncio que haga va a toparse con otras desigualdades que están en el sistema. Y la palabra “desigualdad” no es la que más cómoda le resulta a la derecha. Eso fue lo que le pasó con las isapres. ¿Qué plantea? Acortar la brecha que hay entre las cotizaciones y el ministro de Salud lo explica: va a ser más caro para los hombres y un poco más barato para las mujeres. ¿Qué fenómeno aparece entonces? Primero, que no hay una reforma real, que las isapres van a seguir ganando la millonada de utilidades que ganan siempre, que se está cuidando más a la isapres que a la igualdad entre cotizaciones de hombres y mujeres. Automáticamente aparece otra desigualdad: la gran mayoría de los chilenos están en Fonasa, sin embargo la discusión se centra sólo en el sistema privado que ocupa una minoría. Abordar la brecha de género significa abrir un montón de temas en torno a la desigualdad en general”.

-Michelle Bachelet escribió hace poco que “el peor error que se podría cometer es pensar que este es un tema de unas pocas feministas, que pasará como una moda más”. ¿Debe aparecer como un tema prioritario de la cuenta pública?

-Sí, es lo que está pasando. No es una idea de moda, es algo que en términos concretos están viviendo las mujeres. Demográficamente va a ser una realidad cada vez más patente porque las mujeres están entrando masivamente al espacio del trabajo, en el espacio público, aspirando a tener poder y lo que encuentran es una cultura hostil para ellas. Hasta hace muy poco la elite política pensaba en el feminismo como un grupo restringido a la academia, a la literatura, a los estudios de género y no como una idea que se ha esparcido y transformado en parte del lenguaje común y de las preocupaciones de cualquiera ¿Por qué? Porque es muy evidente que los desafíos de la igualdad de derechos y de trato están en todas partes.

“Además la resistencia al feminismo ha disminuido y quienes rechazan el movimiento, calificados como resabios del machismo noventero. Lo mayoritario pasa a ser reconocer que existe esa brecha entre géneros y que es injusta y que, además, le corresponde a la política solucionar ese problema. No solo eso: ahora también los políticos tienen que tener una opinión sobre eso. Es un hecho de la causa y esta semana no porque se haya bajado la toma de la Universidad Católica va a cambiar”.

-El borrador de la cuenta pública (al que tuvo acceso La Tercera) dice que entre las prioridades están las pensiones y salud, además de correcciones a la reforma tributaria de Bachelet. ¿Te parecen temas centrales en el Chile de hoy?

-Claro, las pensiones y la salud van a ser cada vez más centrales. La cantidad de gente que se está jubilando con una miseria y que se va a jubilar con pensiones de hambre va a ser cada vez mayor. Y esa gente va a estar ahí y sus familiares van a estar ahí. Por supuesto que son asuntos prioritarios. La salud, el tema sanitario, salta una y otra vez desde distintos ángulos. Por ejemplo, apareció esta vez desde el movimiento feminista porque es un sistema en el que la constante son las brechas, las desigualdades entre una minoría de gente que está en una isapre y una mayoría que está en fonasa. La salud pública, la desigualdad entre la capital del país y las regiones extremas, son temas urgentes y diarios.

“En el caso de la reforma tributaria, el desafío para Piñera es presentar una propuesta de tal modo que no aparezca beneficiando a los grandes grupos económicos y las grandes fortunas. Eso sí que va a ser difícil”.

-En el documento también se excluyeron iniciativas valóricas para evitar divisiones en el oficialismo. ¿Cómo lo ves tú?

-A ver, yo no hablo de temas valóricos, porque es una ridiculez ponerles esa etiqueta. Son temas de derechos humanos y no me parece raro que los excluyan porque existe claramente una parte del gobierno que está en contra de cualquier iniciativa de derechos humanos y eso le provoca divisiones a la coalicion. El matrimonio igualitario, la ley de identidad de género, la adopción homoparental, el derecho a decidir de las mujeres sobre su cuerpo, la eutanasia son temas que siempre van a estar zumbando y reventando cada tanta. Pueden evitar el anuncio, mencionarlos, pero no pueden evitar la realidad. No son temas soslayables. O sea, cuando una niña muere porque la dejaron al cuidado de una pareja heterosexual y no del tío gay, porque resulta que el ideal es que la cuidara una pareja heterosexual y ocurre que la criatura acaba abusada y muerta: ese es un tema de derechos humanos.

“El tío de la niña, fue rechazado como tutor, pero hoy sabemos que si esa niña hubiera estado con su tío gay, no habría sido abusada y estaría viva. Esos temas no son “valóricos” son asuntos de derechos humanos. Aparece el tema de cómo funcionan los tribunales de justicia, aparece el tema de la mujer, el tema de la pobreza, del abandono de menores y del Sename. Todo eso involucra derechos humanos. Es un tema insoslayable que creo que es muy difícil de manejar obviándolo. Respecto de los reclamos de la diversidad sexual, puedo decir que cada vez más tendrán que acostumbrarse a hablar de derechos humanos y no de Agenda Valórica, esta idea vaciada de realidad creada en los 90”.

-En su primera campaña, Piñera trataba de representar un cambio, el de una derecha amable, lo que simbolizó en el Acuerdo de Vida en Pareja. ¿Hay hoy, en este segundo gobierno, un símbolo equivalente?

-¿De esa derecha amable? Piñera hizo un anuncio de un proyecto de Acuerdo de Vida en Pareja pero nunca se concretó en su gobierno. Después de la campaña se olvidó del tema y, finalmente, la Unión civil fue concretada por el gobierno de Bachelet. Ahora hay un par de ministros, dirigentes, un grupo de parlamentarios de la derecha que se muestra receptivo frente a esas demandas y que dice un par de cosas cada cierto tiempo, dan declaraciones buena onda, pero aparece la UDI y se deja de hablar del tema. Entonces, lo que yo veo son discursos fragmentarios dentro de la derecha, desde Evópoli, alguna gente en RN, algún independiente, pero a la hora de concretar aparece la UDI y todo solo queda en discursos de buena crianza. En un liberalismo que se declama buena ondita, pero que no se concreta ya sabemos gracias a quiénes.

-Sobre la actual derecha oficialista, ¿es la misma que rechazó las ideas del intelectual francés Guy Sorman en 2010, cuando vino a hablar sobre la idea de la Nueva Derecha y recomendó abandonar posturas religiosas y abrazar la idea de responsabilidad individual?

-La única diferencia entre esa derecha y la de ahora, entre esa derecha que se espantó escuchando a Guy Sorman y dijo “no, aquí las cosas se hacen distinto” y la de ahora, es que la de ahora incluye a Evópoli. Pero, al momento de las definiciones es la misma. No han dado muestras ni en los proyectos que plantean como programas, ni en las perspectivas, de concretar las reformas que apuntan a un gobierno de derecha pero que tenga respeto por la autonomía de las personas. En ese sentido, Guy Sorman podría volver y encontrarse con un auditorio un poco menos hostil. Tal vez con un grupo se iría a tomar un café después. Pero más que eso, no creo.

-La regularización de migrantes parece ser un tema relevante en esta primera etapa de gobierno, ¿lo ves así?

-Yo creo que enfrentaron una presión de su electorado y que la enfrentaron bien para sus efectos. Sospecho que en sus encuestas internas las nuevas regulaciones para el ingreso de haitianos debieron darle una gran popularidad en determinados sectores. O sea, les dio resultados. Eso no significa que la medida fuera totalmente justa ni totalmente ética. Hay un sesgo racista muy en comunión con el racismo habitual de la sociedad chilena.

-En estos tres meses, ¿es este un gobierno de continuidad o de cambio?

-Es retomar el gobierno anterior de Piñera. El gobierno de Bachelet fue tan ambicioso y tan poco efectivo que acabó como una tremenda decepción. Muchos aun no nos recuperamos del desaliento que cuando lo comentas, sufres el ataque del bacheletismo duro. Entonces el desaliento se transforma en irritación. La verdad yo prefiero ser muy literal: volvió Piñera, volvió la derecha y la Nueva Mayoría se fue a un moridero a esperar su extinción. Del gobierno de Bachelet todavía no queda claro cuáles fueron los cambios reales que persistirán, el legado real, no el humo del legado.

-En un análisis previo a las presidenciales, decías que Piñera “es una persona que le cuesta reconocer que se equivoca y que no es capaz de enmendar un rumbo”. ¿Cómo lo ves ahora?

-Pero es pragmático. Fue capaz de dar la cara al movimiento feminista. Apuntalado por la ministra Plá y la ministra Pérez. No me cabe duda que sin ellas ahí, esto lo hubiera sobrepasado. En su discurso dijo incluso que él también cometió errores. Eso es un logro para un carácter como el suyo. En ese sentido es pragmático, cuando ve oportunidades o necesita salir de un embrollo, es capaz de encontrar una vía como para salir bien parado. Pero su carácter es un tema que lo traiciona frecuentemente. Ahora igual le ha sacado provecho a su carácter de ganador empedernido: lo transformó en parte del folclor de sus dos gobiernos. Es algo de lo que él incluso se ríe. Pero la cultura de la superioridad, del economista por sobre el resto del mundo está muy afianzada no solo por Piñera. Esa cultura que significa no dar cuenta, tener muy poco contacto por la realidad cotidiana y tener muy poca capacidad de empatizar con los otros, percibir la incomodidad ajena, el dolor ajeno. Esos rasgos persisten también en ciertos personajes puntuales del gobierno y reafirman un espíritu común.

-El “nosotros” y el “ellos”, ¿no?

-Claro. El “a mí no me critiquen”, “tienen que agradecerme que yo esté aquí pudiendo estar ganando mucha plata en otra parte”, el “yo estoy haciendo un sacrificio por ustedes”. Esa sensación aparece mucho en ciertos dirigentes de la derecha muy constantemente. Sobre todo si son hombres y vienen del mundo de los negocios.

-¿Piñera está preso de alguna camisa de fuerza ideológica?

-Yo creo que el neoliberalismo es como una camisa de fuerza ideológica, lo que pasa es que ellos no le llaman ideología. Para ellos la ideología solamente está en la izquierda. La ideología no es ni la religión que profesan ni las teorías económicas a las que son adictos, entonces lo ven como algo propio de la naturaleza, de las cosas que sí son concretas y que no se discuten. Aunque es menos dogmático que otras personas de la derecha y puede acercarse dado un momento a otros puntos de vista, creo que el neoliberalismo es un esquema rígido.

-Héctor Soto dijo en este diario que “si hay algo que desapareció en Chile es el imaginario colectivo, el de asumirnos como parte de un colectivo”. ¿Cómo lo ves tú?

-En principio no me plantearía las cosas de ese modo. La baja participación electoral más que falta de un sueño colectivo es una desconfianza colectiva. Si hay algo que caracteriza actualmente a la sociedad chilena —con respecto a la política— no es la abulia, es la desconfianza, la suspicacia y la sospecha. Y frente a la sospecha viene la abstención.

-¿Está más transparentada hoy la relación entre política y dinero?

-Que hace veinte años, sí. Ya sabemos lo que antes no sabíamos. Ya sabemos cómo financiaron sus campañas, durante muchos años, muchos partidos, muchos dirigentes. Ya sabemos esa trastienda que no veíamos y que nadie juzgaba como algo reprochable dentro de la política. Cuando dicen: “Bueno, es que no podemos castigar a nadie porque si castigamos a alguien tenemos que castigar a todos, porque todos lo hacían”, es una declaración que asume que había algo que se hacía constantemente, de manera persistente. Algo que era ilegal pero que, en virtud de la necesidad, se cumplía y en virtud de que hay que mantener la institucionalidad y los cuorum, no se castiga, como dijo el fiscal Abbott. Eso ya lo tenemos claro. La prensa nos mostró cómo funcionaba ese mundo y, en ese sentido, es menos opaco para la ciudadanía. Lo que pasa es que lo que también vimos es que no se castiga a nadie. Entonces, paralelamente a que se hace más transparente y menos opaco, se establece la sensación de que la impunidad es transversal y que incluso es necesaria. Eso es lo que nos dice el discurso de Abbott y de muchos políticos: que para que la democracia funcione es necesaria la impunidad. Una señal grave.

-¿Qué resonancia tuvieron casos como SQM y Caval? Las investigaciones fueron arduas —tomaron años—, pero acabaron siendo un festival de inhibiciones y vías alternativas.

-Que la opinión pública tuvo acceso a muchas historias turbias de las que no nos habíamos enterado que ocurrían. En esa trastienda, que vimos cómo funcionaba, vimos cómo a un señor que se robaba una gallina lo podían meter en la cárcel, pero a esta gente que transaba por millones su poder político no le pasaba nada. El resultado de todo lo que pasó ahí es la idea de que la impunidad es necesaria. Y esa señal me parece grave. Que la impunidad es necesaria para que la democracia funcione me parece muy grave. Más que la falta de sueños colectivos, lo que pesa en la distancia entre la ciudadanía y la política es la desconfianza y la sospecha.

-Según el borrador, Piñera debiera referirse a la Ley de Pesca en la cuenta pública. ¿Qué debiera pasar?

-No va a pasar mucho. No ha pasado mucho con ningún caso similar. Todos tenemos acceso a la información, la información está ahí, publicada en libros, en reportajes, todos sabemos cómo se mandaban correos a los ministros, a los diputados, cómo se hacían copy-paste de las sugerencias que daban los empresarios y, a fin de cuentas, no pasa nada. No creo que esta sea la ocasión como para que la norma se altere.

-El nepotismo fue una bandera ampliamente agitada durante la última campaña de Piñera. ¿Qué crees que pasó con sus nombramientos de familiares? ¿A qué responden?

-He tratado de explicarme cómo no ven cómo van a ser vistos. Cómo pasan por alto que el discurso que dieron persistentemente durante la campaña iba en una dirección y lo que, finalmente, ellos mismos establecen a los primeros dos minutos de llegar al gobierno, va en otra dirección. Y de una forma tan radicalmente concreta, como nombrar a una pila de familiares en puestos en La Moneda misma. Creo que debe existir una idea dentro de cierto sector social, una idea culturalmente aceptada de que la endogamia que cultivan ellos no es lo mismo que el nepotismo. Que su sistema de concentración del poder es otra cosa y que, por lo tanto, no pueden ser juzgados del mismo modo que se juzga al dirigente de algún partido o a ciertos sectores de otros partidos políticos que efectivamente pueden practicar el nepotismo. Esa misma regla no se puede aplicar a un sector determinado. Ese otro sector se salva porque ahí no hay nepotismo sino que la mejor gente que hay, porque es la que conocen.

-Piñera armó un gabinete muy tecnocrático inicialmente, pero lo cambió por un gabinete que tendió a lo político. ¿Cómo interpretas ese movimiento?

-Habla muy bien de él, de que aprende. Ese es su lado pragmático.

-¿El viaje del ministro Larraín pagado con dinero del Estado y su posterior justificación revela una manera de ver el mundo?

-Claramente. Mira, si él hubiera dicho: “Me equivoqué, fue un error, estoy asumiendo”, no solo hubiera quedado bien él y zafado de todo lo que vino después, sino que para la opinión pública hubiera sido mejor. Un ministro de Hacienda capaz de decir que se equivocó, en lugar de sermonear, hubiera sido más cercano y humano. Porque de ahí en adelante lo que ha hecho es sermonear a todo el mundo porque no lo entendemos, ni agradecemos que él esté ahí, ni que él haya sido homenajeado en Harvard. Si hubiera asumido una equivocación, algo que lo humanizara, hubiera salido ganando porque si hay una figura que resulta lejana y antipática es la del ministro de Hacienda en cualquier gobierno de los últimos treinta años. Sobre todo por esa idea de que es una persona que está por sobre el bien y el mal, y que sabe todo lo que hay que saber y que nunca se equivoca,

-Alguna vez escribiste: “La política de verdad, la que importa, el lugar en donde los hilos se tensan, está en las secciones financieras de los diarios”. ¿Por qué?

-Porque ahora nos ha quedado más claro que nunca que lo que mueve todo es la plata. Después de todos esos reportajes que vimos y los libros que leímos, si hay algo que quedó claro es que lo que mueve a Chile es la plata. Independiente del gobierno en que estemos.

-¿La democracia también se compra?

-Parece que sí. Creo que en esta pasada, aparte del mensaje de que la impunidad es necesaria para la democracia, el segundo mensaje es que la democracia se compra.

-Para cerrar, ¿se superó la crisis de confianza?

-No, ni se va a superar. A la mayor parte de los dirigentes políticos les da igual los niveles de desconfianza en la política que muestra la ciudadanía. A la gran mayoría de los parlamentarios, a los políticos profesionales, a la Vieja Guardia de la Concertación, a la Nueva Mayoría, que está totalmente fuera de todo juego, les dio igual. Ahí está la DC transformada en casi nada. El PPD, casi nada. Les dio lo mismo. Los que pudieron haber hecho algo no lo hicieron y los que hicieron algo fueron rápidamente defenestrados. No, no les importa la confianza.