La política tiene tres grandes capas o niveles: el nivel más brutal es el de las patadas en las canillas, la contingencia chica, el anecdotario, la cizaña, la descalificación. En esta capa vive parte del populismo. El segundo nivel es el técnico, las políticas públicas, la gestión, las leyes. Finalmente está el nivel más noble de las ideas verdaderas (no sólo las opiniones), los sueños de sociedad, los valores, el futuro. En esta última capa también están algunos populistas utópicos que ofrecen lo que no se puede lograr. Siembran expectativas, cosechan grandes frustraciones. Esta cuenta pública partió en la capa superior, bajó a la intermedia, y terminó donde partió.

Es evidente, al menos para mí, que la actual oposición en forma mayoritaria prefiere en este momento sólo el primer nivel, y se dedica básicamente al bloqueo más que a la crítica constructiva. Pero hay excepciones.Piñera en ese sentido ha sintetizado para mí su discurso en el enfático llamando a cambiar el puño cerrado por la mano abierta. Ojalá sea escuchado. No podemos perder de vista el eje de este discurso: la búsqueda de la unidad nacional es la clave para el desarrollo, lo que comparto plenamente. No podría haber para el país un legado mayor que ese. Si lo logra será efectivamente la tarea de un gran estadista. El Presidente recordó cómo la lógica de un país de enemigos destruyó la democracia. Si miramos los últimos años, el legado de Bachelet fue claramente una vuelta al pasado: la polarización, el debilitamiento de la economía, el aumento de la delincuencia, la irresponsabilidad en el manejo de las cuentas públicas, aumento de la deuda, la mala gestión, y proyectos estructurales de muy mala factura técnica. Sin duda el discurso fue un golpe fuerte a la Nueva Mayoría y por eso se quiso evitar los adjetivos por números concretos. Para mí era muy importante dejar públicamente establecido el país que recibió. El castigo electoral es la mejor constatación de lo anterior. Piñera tiene razón, es tiempo de poner la casa en orden.

Partió hablando desde la historia para la historia, y planteó su desafío central: alcanzar el verdadero desarrollo al final de la próxima década. Los ejes centrales de su propuesta son el fortalecimiento de la sociedad civil que es algo novedoso en nuestra política, y fundamental como sociedad (no el estado ni el mercado). Sin duda los recursos económicos y orden fiscal son indispensables, son necesarios pero no suficientes. Crítico es la eliminación de la pobreza, fortalecimiento de la clase media, el orden público, la descentralización, un transporte público moderno. Finalmente, pero con especial énfasis, habló de la calidad y acceso a la educación, y cirugía mayor a la salud. Todo ello, con los niños primero. Una agenda ambiciosa y necesaria que no admite la pequeñez de una posición rencorosa de su derrota electoral luego de un gobierno realmente mediocre.

En suma, un Piñera maduro, sabio, que no sólo se hizo cargo en forma sólida de la manera de enfrentar la administración del Estado, sino que abrió formalmente su propuesta a los tres grandes desafíos de este siglo que él estima debemos encarar. El envejecimiento de la población y el desafío ya urgente de la tercera edad, el inminente y brutal cambio climático que debemos enfrentar nos guste o no, y la nueva etapa de la revolución tecnológica que anuncia un cambio de realidad trascendental y para lo cual creará un Consejo del futuro, en el que por cierto, como a muchos, nos encantaría participar.

Cuatro años de gobierno son pocos para un proyecto de ese alcance. Por eso es que requiere un nivel mínimo de unidad nacional, en la forma de grandes acuerdos en las prioridades.

/Blog de Sergio Melnick en el diario La Tercera

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