En su cuenta pública del viernes pasado, el Presidente Sebastián Piñera intentó fijar las prioridades centrales de su segundo mandato. Tras un período de titubeos, se presentaba una oportunidad inmejorable para trazar un horizonte de significado. De hecho, puede decirse que el oficialismo vive un momento bisagra: o bien, se articula internamente y logra impulsar su propio proyecto; o bien, renuncia a ejercer efectivamente el poder. El desafío es mayúsculo, pues nada sería más frustrante que repetir el libreto del gobierno anterior. Mal que mal, la derecha tiene la responsabilidad histórica de capitalizar políticamente el inédito respaldo que obtuvo en las urnas.

En ese contexto, lo menos que puede decirse es que la alocución del viernes no estuvo a la altura del desafío. En la cuenta pública abundaron las generalidades, las buenas intenciones y las palabras de buena crianza, además de una larga enumeración de las realizaciones emprendidas por este gobierno. Desde luego, también se anunció una serie de iniciativas valiosas y relevantes, pero más bien desconectadas entre sí. En suma, la cuenta pública fue varias cosas a la vez, pero no cumplió su objetivo principal: resulta difícil dar con un hilo conductor que permita dotar de unidad al conjunto. Sabemos que el Presidente quiere hacer muchas cosas muy distintas, y sabemos también que quiere progreso, paz, justicia y libertad, pero la verdad es que ignoramos qué visión tiene del futuro, al margen de esos conceptos carentes de especificación.

Para salvar la dificultad, el Mandatario recurre a algunos conceptos, pero estos suelen ser insuficientes. La noción de desarrollo, por ejemplo, es demasiado abstracta como para articular un horizonte definido. La referencia a los acuerdos es reiterada, pero contradictoria con la dura crítica a Michelle Bachelet. La alusión a la segunda transición no aclara mucho las cosas, pues refleja un modo de pensar añejo, que no conecta con el país actual. Después de todo, la transición fue fruto de un momento histórico extremadamente singular, que (afortunadamente) no puede repetirse.

Por cierto, nada de esto implica negar los logros objetivos del Gobierno. En materia de inmigración, por ejemplo, las señales han sido positivas. El Acuerdo por la Infancia representa también un excelente punto de partida para tomarse en serio un problema urgente que no resiste más dilaciones, y la reforma al CAE va ciertamente en la dirección correcta. Sin embargo, el desafío excede las iniciativas puntuales -por más valiosas que sean-, y exige dibujar un panorama, una visión del país. En ausencia de ella, el oficialismo se condenará a reaccionar constantemente a una coyuntura que no tiene cómo controlar. Al mismo tiempo, las divisiones internas corren el riesgo de acentuarse. Es difícil saber qué une a Chile Vamos, fuera de la crítica a la izquierda y a Michelle Bachelet. Ni siquiera cuando la Contraloría puso en duda cuestiones elementales y transversales para el sector -nada menos que la libertad de asociación y el principio de subsidiariedad- pudo verse algo parecido a una defensa robusta y articulada. Cundió, salvo excepciones, el silencio resignado.

Me parece que la dificultad guarda relación con lo siguiente: la derecha no tiene carácter para defender sus posiciones y, por lo mismo, apenas se atreve a insinuar lo que piensa -ni hablar de gobernar con sus ideas-. El caso de la adopción homoparental es de manual, más allá de las opiniones de cada cual sobre el fondo. Durante la campaña el candidato Piñera fijó su posición, obtuvo luego una mayoría nítida en la elección, y, no obstante, vacila al momento de tomar una decisión. En gratuidad universitaria no ocurrió algo muy distinto (aunque el cambio de opinión se produjo entre las dos vueltas). En el fondo, la derecha es timorata a la hora de pagar costos por defender convicciones. De allí la insistencia en los acuerdos, en la retórica noventera y en los llamados más o menos vagos a la unidad. Sin embargo, los acuerdos solo pueden construirse a partir de identidades bien definidas, que puedan confrontarse entre sí. De hecho, la crítica severa a la Nueva Mayoría no tiene sentido alguno si no sirve para clavar banderas propias. Dicho de otro modo, el futuro de la derecha pasa por tener el coraje de asumir un proyecto, y dialogar desde allí con aquellos que se opongan. Solo así podrá, quizás, transformar su contundente triunfo electoral en algo así como un triunfo político

/Escrito por Daniel Mansuy para El Mercurio

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