“Huele a fascismo, huele a caza de brujas”, declaró hace poco en Revista Capital el director Sebastián Lelio, ganador del Oscar con su película “Una mujer fantástica”. Con la expresión “fascismo”, Lelio se refería a cierto espíritu totalitario que está impregnando la convivencia social, creando una cultura “del linchamiento público inmediato” y de gente que “empieza a vivir con miedo” por “el temor a que la mirada del otro te castigue por salirte un poco de la corrección”.

¿Son exageradas las palabras del director? Veamos. El actor Liam Neeson (“Taken”) ha declarado que hay una “cacería de brujas en Hollywood” -Morgan Freeman se encuentra entre las víctimas más recientes-, mientras la crítica de cine más importante de México, Fernanda Solórzano, ha dicho que “le aterroriza ver” cómo las agendas ideológicas, políticas y psicológicas están llevando a los artistas a la “autocensura”, agregando que hoy sería “imposible hacer una película como “El último tango en París””, el clásico de 1972 protagonizado por Marlon Brando.

La poetisa rumana Ana Blandiana, sobreviviente de la dictadura de Ceausescu, ha dicho por su lado que “si no se libera de la corrección política, la poesía muere”, y añade que “la corrección política es más peligrosa”, pues “contra la censura de una dictadura, con los factores externos, es mucho más fácil luchar” que en contra de “los cánones de la corrección política” que obligan a la autocensura. Para el director de la Real Academia Española, Darío Villanueva, “la corrección política es una censura perversa para la que no estábamos preparados”, pues no la ejerce el gobierno.

Ese es el ambiente que se vive, según voces autorizadas, en el mundo de la literatura, el arte y el cine, donde incluso una serie tan inofensiva como “Friends” ha sido acusada de “sexista, transfóbica y homofóbica” por la audiencia millennial .

En la academia no es muy distinto. Diversos intelectuales de renombre, tales como el sociólogo Charles Murray, la activista somalí Ayaan Hirsi Ali, el profesor de Oxford Richard Dwakins, el comentarista de izquierda Bill Maher, el profesor de biología evolutiva Bret Weinstein, el ícono de la revolución feminista Germaine Greer, la intelectual marxista crítica del islam Maryam Namazie, entre muchos otros, han sido censurados e incluso expulsados con violencia de distintas universidades. ¿La razón? Sus opiniones y las conclusiones de sus investigaciones resultan “ofensivas” para ciertos grupos, lo que justificaría que sean silenciados y, en muchos casos, que pierdan sus trabajos.

Fue lo que ocurrió a Weinstein, un liberal de izquierda forzado a dejar Evergreen College tras violentas protestas por oponerse a que se prohibiera por un día el ingreso de personas blancas con el fin de celebrar a los estudiantes afroamericanos. Weinstein había sido siempre un defensor de las minorías, pero un apartheid inverso le parecía llevar las cosas demasiado lejos. Lo de Evergreen no fue una excepción.

Hace un año, Harvard, siguiendo a Stanford y Columbia, anunció que, por primera vez en su historia, tendrá una fiesta de graduación exclusivamente para estudiantes negros, regresando así, aunque a la inversa, a prácticas que recuerdan los peores tiempos de la segregación racial en Estados Unidos.

Ni siquiera las ciencias, el ámbito apolítico por excelencia, se han salvado del espíritu fascista. Un reciente artículo publicado en City Journal explica cómo la presión por incorporar mujeres y minorías ha llevado a que se bajen los estándares de exigencia en las áreas STEM -ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas-, cambiando la forma en que se enseñan para hacerlas más accesibles e “igualitarias”, aunque ello signifique una reducción de nivel y calidad.

Según el artículo, Harvard, por ejemplo, ya no requiere el examen GRE en física para estudiantes de doctorado en astronomía debido a que los hombres obtenían, en promedio, mejores resultados que las mujeres. En Inglaterra, la Universidad de Oxford decidió dar más tiempo a las mujeres en los exámenes de matemáticas y de computación para ayudarles a obtener mejores notas, desatando la ira de mujeres que consideraban, con razón, que la medida las presenta como “más débiles”.

Los negocios del área tampoco escapan al nuevo fascismo. Google, que hizo noticia mundial tras su decisión de despedir a un investigador que cuestionó científicamente sus políticas de diversidad, fue demandado en enero de este año por personal de reclutamiento despedido por negarse a seguir las órdenes de la empresa de eliminar todas las postulaciones que no fueran de mujeres, hispanos y afroamericanos. En Silicon Valley, el billonario cofundador de Pay-Pal, Peter Thiel, ha decidido emigrar debido a que lo considera un espacio “totalitario” dominado por una especie de “régimen de partido único”, donde se “persigue” a quienes piensan distinto a la corrección política predominante. Sam Altman, fundador de Y Combinator, el acelerador de startups más grande y prestigioso de Silicon Valley, ha declarado que “hablar herejías en San Francisco se ha vuelto cada año más fácil”, agregando que este espíritu de intolerancia ha dañado la creación de startups , pues ha llevado a muchos investigadores brillantes a abandonar San Francisco tras haber enfrentando una reacción “tóxica” cuando los resultados de sus investigaciones no se ajustaban al discurso ideológico dominante.

Pero tal vez no hay caso más representativo del extremo al que está llegando el nuevo espíritu totalitario que lo que ocurre en el mundo del humor, una esfera en la cual siempre se ha aceptado la conversión de lo prohibido en terapéutica liviandad. El legendario comediante Mel Brooks ha dicho que la comedia es hoy casi imposible, porque “nos hemos convertido en estúpidos de la corrección política”. Gilbert Gottfried, en tanto, ha sostenido que existe una “epidemia de las disculpas” y que si los más grandes comediantes de la historia como Charly Chaplin vivieran hoy, no podrían trabajar sin disculparse todo el tiempo. El comediante afroamericano Chris Rock, por su parte, ha decidido, siguiendo a otros humoristas, no actuar más en campus universitarios por la obsesión que tienen de “no ofender a nadie”. Dennis Miller ha explicado, dando en el nervio del asunto, que “el problema principal de los escuadrones de la inquisición de hoy es que muchos de nuestros guardias “abiertos de mente” se encuentran entre los ciudadanos de mente más cerrada”.

¿Qué hay de Chile en todo este escenario? Sin duda, nuestro país se está infectando del nuevo espíritu fascista. Basta ver las persecuciones a comentaristas radiales, leer el orwelliano pliego de peticiones de las alumnas que tomaron la Universidad Católica y advertir el ridículo que hizo su vocera intentando hablar la neolengua que pretenden imponer a todos los estudiantes para constatar la presencia de las fuerzas que empujan por seguir el mismo camino de fanatismo e intolerancia. Si a ello agregamos la débil reacción del rector de la universidad y de otras autoridades ante un movimiento que, como bien notó un grupo mayoritario de alumnas, aplastó los derechos de los estudiantes a educarse y circular libremente, más la oportunista postura del gobierno, que parece no haber aprendido de la vez anterior que tomar banderas insensatas solo contribuye a radicalizarlas, sumado al miedo y complacencia de muchos “liberales” e intelectuales que vociferan por el aborto, pero callan cuando se trata de la libertad de expresión optando por un frívolo “virtue signaling” bajo la tonta creencia de que ellos no serán arrasados mañana por la ola de intolerancia que celebran hoy y, finalmente, consideramos el miedo generalizado que inhibe la crítica al ímpetu fascista que crece en nuestro país, resulta claro que una oscura noche está aún por caer.

Este clima fascista que lleva a la censura, a la persecución, a comisarios del lenguaje y a proyectos de ley totalitarios, encuentra alimento en un estilo político sumiso en el que se remueve a directores de museos por permitir expresiones artísticas “ofensivas” -validando así el argumento supremo del nuevo fascismo-, en el que se desacredita a un ministro por no equiparar la situación actual de la mujer con la de un holocausto machista y en el que se hace un sobreactuado alarde de conversaciones telefónicas con Justin Trudeau, el fatuo Primer Ministro admirador de Fidel Castro cuya superficialidad y ansias de figuración moral han sido desastrosas para la libertad de expresión y tolerancia en Canadá.

Decisiva es también para el creciente clima de persecución la represión banal de alcaldes que aplastan con policías culturales a personas de menores recursos para supuestamente defender a muchachas que, en palabras de la feminista de izquierda Camile Paglia, “son niñas burguesas que quieren sentir que todo el mundo es el living de su casa” y ser inconscientes de los riesgos allá afuera. Esa irresponsable pretensión, agrega Paglia, las lleva a exigir “paternalismo protector”, primero de sus padres, luego de las universidades y finalmente de las autoridades políticas. Como consecuencia, concluye la feminista de Yale, estas mujeres y los hombres que validan sus pretensiones -como el alcalde en cuestión- promueven un tipo femenino débil e incapaz de defenderse, es decir, todo lo contrario a lo postulado por el feminismo de los 60 que, según Paglia, empoderó a las mujeres para que fueran ellas las que pusieran límites a los hombres.

Paglia tiene un punto que debería tomarse en serio. Lejos de ayudar, la burbuja de sobreprotección dentro de la cual padres y autoridades de todo tipo encapsulan a niños y jóvenes, explica el profesor de la Universidad de Nueva York, Jonathan Haidt, incrementa su fragilidad psicológica, contribuyendo a crear una cultura intolerante y proclive al autoritarismo, en la cual se suele recurrir a una autoridad para que por la fuerza haga del mundo un safe space , es decir, para que convierta la esfera pública en una extensión de la privada. Para Haidt, ello es incompatible con un orden social democrático, pues este exige que las personas se paren sobre sus propios pies tolerando estrés y adversidad, se defienden a sí mismas y resuelven sus asuntos y diferencias sin recurrir a un papá protector omnipresente. Pero la corrección política no solo destruye los fundamentos de la vida democrática, de la tolerancia y de la libertad de expresión.

Según Slavoj Zizek, el intelectual marxista vivo más influyente del mundo y que en esta materia ha sido uno de los pensadores más lúcidos de Occidente, esta forma de “totalitarismo” no es más que una gran impostura. Los “guerreros del discurso políticamente correcto -dice Zizek- celebran el colorido, la diversidad y la gran inclusión. La verdad es que únicamente establecen una nueva norma de dominación discriminando minorías que tienen poco que decir”. Esta “gran farsa”, dice Zizek, entre cuyos principales exponentes nombra a Trudeau, crea nuevos enemigos, además de un lenguaje que establece una verdad única y excluyente, un tipo de discurso oficial que, explica el pensador esloveno, es similar a la pantomima creada en el pasado por la propaganda del régimen comunista de su país natal. Al final, concluye Zizek, el discurso políticamente correcto -que el gobierno parece esmerado en reforzar- solo perpetúa “el prejuicio, el machismo y el racismo”, bajo una opresión supuestamente benévola que no busca nada más que una “defensa de privilegios” para grupos vociferantes enemigos de una auténtica democracia.

LA CORRECCIÓN POLÍTICA NO SOLO DESTRUYE LOS FUNDAMENTOS DE LA VIDA DEMOCRÁTICA, DE LA TOLERANCIA Y DE LA LIBERTAD DE EXPRESIÓN.

Escrito por Axel Kaiser Director Ejecutivo Fundación para el Progreso para El_Mercurio