Sin duda alguna, después de la elección presidencial lo más relevante que ha ocurrido es el tema del movimiento feminista. Es importante y debemos prestarle toda la atención que sea necesaria.
No obstante, es difícil en nuestro país tratar de hablar de temas complejos sin ser objeto de fuertes descalificaciones personales. Un debate por definición ocurre en el plano de la razón, y la evidencia. Cuando los polos extremos fundamentalistas se toman la agenda ya no hay debate sino lucha.
El dilema es cómo compatibilizar aquello en que hombres y mujeres son iguales, y aquello en que somos diferentes. Biológicamente somos diferentes, emocionalmente no lo sé y espiritualmente tampoco. La relación entre hombres y mujeres viene de la historia evolutiva y tiene probablemente sus raíces en los instintos de sobrevivencia y reproducción, no en teorías conspirativas. El hombre es en promedio físicamente más grande y más fuerte, pero no intelectualmente, donde quizás es al revés. La historia de la tecnología notablemente ha ido eliminando las diferencias relativas físicas de la mujer. Esa diferencia prácticamente ha desaparecido y seguirá haciéndolo. Es parte de la evolución.
No todo es biología. En lo psíquico Jung identificó los aspectos masculinos y femeninos de la psique que llamó animus y ánima respectivamente. En promedio los hombres tenemos el animus hacia afuera y el ánima en lo inconsciente, las mujeres al revés. Pero no siempre es así. El desafío del hombre es reencontrarse con su ánima, y el de la mujer con sus aspectos masculinos. No es una guerra, es colaboración, integración, unión.
No cabe duda alguna que la sociedad occidental es claramente patriarcal. En la vida cotidiana, la mujer la lleva mucho más difícil que el hombre, qué duda cabe. En ese sentido, estamos en deuda. La pregunta es cómo avanzamos con sabiduría, no con odio.
La literatura sobre el futuro es elocuente en constatar el inevitable ascenso al poder de la mujer. Si la mujer gana poder, el hombre debe perderlo, es la lógica del poder, distinta a la del amor. Hoy en los países más avanzados van más mujeres a la educación superior que los hombres; ya ganan más en los primeros trabajos, crean más empresas que los hombres, etc.
Ahora bien, si la mujer va a tener el poder y conducir la sociedad, la pregunta es de qué manera será diferente al manejo que hemos tenido los hombres. Si van a tener el poder para hacer lo mismo o de la misma manera en que lo hicimos los hombres, el contrasentido es enorme. Lo que yo esperaría en este debate -que está aquí para quedarse y generar cambios trascendentales- es que los movimientos feministas fueran explícitos en esas nuevas propuestas. El acceso formal al poder de una mujer no significa que por ese solo efecto lo hará mejor que un hombre.
Por último, si la mujer va a cambiar decididamente sus roles en la sociedad, ello obliga a que los hombres también cambien de manera complementaria y voluntaria. Si se hace bajo la lógica de la fuerza no puede llevar a buen puerto. Los hombres deben también empezar sus análisis de cuál será su rol en el futuro.
La clave para mirar adelante es la tecnología. Estamos ante un salto evolutivo fundamental. El organismo colectivo, fusión de la biología y la tecnología, se prepara para nacer como ya lo hizo una vez a partir de la célula. En esa mirada, la reproducción ya no será sexuada sino tecnológica. ¿Qué pasa si asumimos esa línea de pensamiento? Bueno, el paradigma cambia 100% y se empiezan a entender otros movimientos que van a la par del feminista. Ahora, si las ideologías políticas se apoderan de este debate toda su riqueza estará perdida.

/Blog de Sergio Melnick para La Tercera

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