Con frecuencia se escucha a los analistas calificar de Estado narcotraficante a algún que otro país, una apreciación que debería usarse con otras connotaciones. Por ejemplo, la calificación de Estado represor le vendría a la medida al régimen de La Habana.

Por otra parte, el castrismo solo no reprime las acciones de sus oponentes. También actúan antes de que se cometa un hecho que consideran delictivo, no con base en las evidencias obtenidas, sino por la convicción a la que hayan llegado sus agentes.

El totalitarismo insular ha sobrevivido por su capacidad represiva. Aunque otros factores han influido favorablemente a su permanencia, evidentemente la condena o la corrección, según el caso, ocupan un sitial preeminente en el vasto arsenal que le ha permitido mantener el poder.

La represión no ha podido extinguir a la oposición, aunque sin dudas la ha controlado eficientemente, al extremo de que nunca ha sido, a pesar del arrojo de quienes en su momento han ejercido el derecho a actuar según sus convencimientos, un peligro a la estabilidad del régimen.

La represión en Cuba pendula de la brutalidad extrema a la sofisticación más exquisita. Es constante, relativamente uniforme en sus acciones y sus reacciones, enmarcada en un proyecto general en el que los victimarios intiman, maltratan y hasta ejecutan a sus víctimas con métodos iguales en cualquier dependencia oficial.

Las situaciones coyunturales o casos muy específicos son reprimidos con base en otros patrones y aunque la improvisación en la aplicación de la metodología es factible, los encargados de aplicarla en esos casos son los sicarios de mayor relevancia. Los esbirros están limitados a las pautas dispuestas por sus superiores.

Las fuerzas represivas del castrismo, sin distinción de cuerpo o agencia, son frías y calculadoras porque procuran evaluar previamente los perjuicios que se derivan de sus acciones. La represión ha sido institucional. Su aplicación en tiempo y profundidad depende del alto gobierno, no de un funcionario que según su humor, su carácter y sus prejuicios toma las decisiones.

Cierto es que los resultados pueden variar, la represión no es una ciencia exacta como las matemáticas, pero con la planificación y la coordinación en su implementación se pueden disminuir daños colaterales que afecten los cimientos del poder.

La represión ha tenido a su disposición incontables recursos para imponer el control. No ha dudado en aplicar la violencia extrema, la cárcel, el paredón, o el abuso en cualquiera de sus formas, pero siempre lo ha hecho con la mayor discreción, y cuando esto no ha sido posible, ha recurrido a las turbas enfebrecidas para aplastar a los opositores.

Desde los actos de repudio que se remontan al verano de 1960 hasta las brutales cacerías a las personas que se iban por el Mariel, los acosos y las golpizas contra la oposición, los arrestos de la Primavera Negra y las vilezas contra las Damas de Blanco, conforman un apretado resumen, con muchas omisiones, del prontuario de maldad del castrismo que procura extirpar todo lo que afecte su supervivencia.

Esta labor deleznable ha sido cumplida, las más de las veces, por funcionarios vestidos de civil que lideran concentraciones de supuestos ciudadanos irritados, listos para aplastar y sofocar la dignidad ciudadana. Este cuadro de civiles contra opositores le ha permitido al régimen disfrutar por años de una falsa imagen de popularidad, que ha sido muy útil para esconder bajo la alfombra del totalitarismo todas las brutalidades.

La represión uniformada ha sido la mayor parte de las veces encubierta. El sicario, el esbirro, viste de civil. Los autos policiales circulan en general como vehículos regulares y los arrestos no son informados por los medios, salvo que formen parte de una campaña que tiene el fin de generar una intimidación masiva, o enviar un mensaje al exterior de que el régimen proyecta algo de proporciones que trascenderán las fronteras.

No obstante, la represión fue y será la última cara del sistema, y no es de dudar que en sus postrimerías intente callar el clamor de los sin derechos con una ferocidad sin precedentes, lo que se corresponde con su naturaleza. No hay dudas de la crueldad del totalitarismo, tampoco de la firmeza y el compromiso de los que decidan de una vez por todas pagar el precio de ser libres.

/Columna de Pedro Corzo para Infobae

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