Yo no tengo las capacidades para determinarlo, por supuesto que no. Pero, igual que usted, tengo la obligación de pensarlo, por supuesto que sí.

La carrera presidencial está en marcha, y de modo similar a como fue cuatro años atrás, se suman y amontonan las postulaciones, se llena el ambiente de encuestas, de declaraciones y de reuniones.

No hay que escandalizarse: es lo propio de los meses previos a la gran definición. Pero eso mismo exige que se haga un esfuerzo por pasar el cedazo y colar solo lo que realmente sirve para Chile, para lo que Chile necesita.

¿Qué es?

Simplemente: candidatos, programas, equipos.

Candidatos honrados. Quienes quieran desarrollar un liderazgo presidencial a prueba de toda duda, un liderazgo honrado, tienen que preguntarse si, por ejemplo, han actuado en sus profesiones siempre con la honestidad que correspondía; si, por ejemplo, sus intereses comerciales están libres de toda sospecha; si, por ejemplo, se han comportado en actividades académicas con toda probidad; si, por ejemplo, ha habido coherencia entre su adscripción doctrinaria y sus votos en el Congreso; si, por ejemplo, lo que declararon en magistraturas anteriores todavía vale o era pura paja molida. Y así, sucesivamente.

Si algunos candidatos no están dispuestos a ponerse el sayo, las dudas que ya recaen sobre sus comportamientos en unas u otras materias no serán solo un pasivo para sus postulaciones -al fin de cuentas, qué importa eso para los perdedores, es decir, todos menos uno-, sino un gran daño para Chile, si es que alguna de las candidaturas cuestionadas llega a triunfar. No es canallada decirlo.

Además, candidatos capaces. La situación del país es de tal gravedad que si estuviera disponible una superpersona, apenas se la podría con el desastre que nos deja el gobierno saliente. Y como no la hay (o, simplemente, no existen), por lo menos se necesita un coloso en capacidad de trabajo, generosidad, valentía y patriotismo. El que viene no es gobierno para figurines, figuritas o figurones.

En cuanto a los programas, la pregunta obvia es: ¿qué es lo peor de Chile, cuáles son sus necesidades más dramáticas?

Todas sus pobrezas: el menosprecio de la vida del que está por nacer, la banalización de la drogadicción, el abandono de la familia como ideal posible, la autonomía como egoísmo justificado, la violencia como recurso para triunfar, el engaño para ganar plata, la manipulación con apariencia educacional. Si un programa de gobierno no abordase todas y cada una de estas tristes cuestiones, se fundaría en la fantasía o en la ideología. Y ya hemos padecido en los últimos tres años la segunda, como para que ahora vayamos a dejarnos cautivar por la primera.

Por supuesto, un programa puede rendirse a la voz de aquellas encuestas que valoran positivamente esas pobrezas o centrarse justamente en lo contrario, en una concepción de la persona humana que permita con valentía afrontar el desastre nacional y buscarle remedio. Hay que ser bien macho para decirles a los chilenos que hoy están viviendo como el natre y que, contra vientos y mareas liberales o socialistas, se les ofrecerán opciones vitales de auténtica humanidad. Hay que ser bien macho.

Y, además, es imposible que el candidato lo logre por sí solo. Los buenos equipos son imprescindibles.

Los actuales merecen descender a la cuarta división del campeonato búlgaro: ahí les correspondería jugar. Y los del gobierno anterior, cuando dejaron el poder, ¿se comprometieron con la acción pública o en muchos casos simplemente acumularon currículum y después retornaron a la actividad privada, orgullosos de haber sacrificado dos, tres o cuatro años de sus importantes vidas?

/Columna de Gonzalo Rojas para El Mercurio

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