A raíz de las denuncias por abusos y maltratos que todos los días aparecen en los medios de comunicación, se ha popularizado la idea de instaurar protocolos y normas para asegurar una buena convivencia. No cabe duda que se hacía necesario reaccionar de manera clara contra conductas impropias, y algunas muy violentas y agraviantes, contra las mujeres, por parte de un machismo a veces cavernario o simplemente trasnochado. A lo que apunta este movimiento feminista es a un cambio cultural, un cambio que podría ser muy necesario y positivo, pero, como toda “revolución”, entraña peligros que es importante ver desde un comienzo. Uno de esos peligros: la protocolización excesiva de todo. No es sensato pasar de la ausencia de normas y reglamentos que protejan a los abusados, a una maraña que pretenda regular cada acción, movimiento o expresión donde pudiera sospecharse una pulsión “sexista” o machista. En algunas universidades norteamericanas se ha llegado al delirio de calcular cuántos segundos se puede sostener una mirada sobre el “otro” u “otra” para que no sea interpretado como acoso.

La demonización del piropo es otro absurdo. No todo puede ni debe ser protocolizado: la vida es mucho más compleja, cambiante, libre, que lo que un conjunto de reglamentos puede dictar. En las universidades eso es particularmente sensible: el exceso de formalización, de metodologías, de objetivos, ha asfixiado la necesaria libertad de cátedra, que debe siempre nutrirse del entusiasmo, la creatividad y lo inesperado. La tecnificación pedagogista desanima cada vez más a buenos profesores a seguir enseñando. Agregarle ahora más protocolos a la vida universitaria puede terminar por convertirla en un espacio “higienizado” pero muerto.

Leo que en algunas facultades se están haciendo “talleres de deconstrucción machista”. Se ayuda a los alumnos hombres a reflexionar sobre su posible calidad de “cómplices” o “gestores” de violencia sexista. Me parece bien generar espacios de reflexión en que hombres y mujeres podamos darnos cuenta de los vicios en la manera de relacionarnos y comunicarnos, arraigados atávicamente.

Pero el lenguaje usado para convocar a estos “talleres” me recuerda mucho el concepto de reeducación aplicado en dictaduras totalitarias (en la China de la revolución cultural de Mao, o en Cuba) que buscaban “extirpar” cualquier atisbo contrarrevolucionario en las personas. Una cosa es combatir el machismo cavernario, otra es debilitar lo masculino, al punto de invitar casi a una autocastración, debilitamiento o humillación del sujeto masculino. El lenguaje usado viene de las teorías de la deconstrucción que algunos filósofos franceses convirtieron en “jerga” sectaria y casi en religión en los 70. Preferiría un lenguaje más invitante y positivo.

Cuando las mujeres han ocupado un lugar central en la sociedad, la cultura y la creatividad han florecido. Pienso en los siglos XI y XII en Provenza. Los hombres estaban ocupados en la guerra, las damas se apoderaron de las cortes y organizaron tertulias, torneos de poesía. Allí surgieron los trovadores y la reinvención del Amor, que cambió completamente la manera de entender la relación hombre-mujer.

Eso esperaría de esta “revolución”: menos protocolos, más poesía. Poesía: la “Diosa Blanca” -según Graves-, resistencia desde lo intuitivo matriarcal contra lo racionalista patriarcal. ¡Y tenemos a nuestras grandes Sibilas, Gabriela Mistral y Violeta Parra, para hacerlo!

La invitación debe ser a pensar y a repensar lo masculino y lo femenino, y eso requiere más profundidad, más pensamiento que meros eslóganes y clisés. Sería una lástima que esta “primavera” feminista terminara en inquisición y resentimiento, sin espacio para la crítica ni el humor. Porque -como dijera Nietzsche- “sospecho de toda verdad que no venga acompañada de una carcajada”.

Por Cristián Warnken Lihn para Chile Merece

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