La sorpresiva decisión de Jorge Burgos y Jorge Correa Sutil, de encabezar la defensa del actual ministro de Salud frente a una posible acusación constitucional, no puede ser entendida como puramente jurídica o profesional. Al contrario: que un exministro de la Nueva Mayoría y un exsubsecretario de la Concertación decidan defender a un secretario de Estado del actual gobierno sólo puede ser leído como un acto de deliberación política, una señal elocuente del grado de desafección que cada vez con más fuerza recorre a sectores de la DC.
Si bien el ex jefe de gabinete de Michelle Bachelet finalmente decidió no concretar dicha opción, las razones esgrimidas para ello no dejaron margen de duda: no debilitar las posibilidades de la defensa del ministro Santelices, es decir, las tensiones generadas en su colectividad producto de su voluntad inicial le tienen completamente sin cuidado. Quizá porque la reacción de buena parte de la bancada de diputados DC fue simplemente vergonzosa: después de reconocer que la acusación carecía de méritos jurídicos, se abrieron a apoyarla sólo como un acto de rechazo a los circunstanciales abogados del jefe de cartera. Testimonio de la nula seriedad con que no pocos parlamentarios ejercen su rol fiscalizador.
Con todo, el tema de fondo es otro: la inevitable división política que desde hace tiempo tensiona a la DC, un cuadro crítico que no ha sido resuelto con la constante sangría de dirigentes y militantes, ni con la reciente elección interna. De hecho, la nueva mesa directiva vino a estrenarse precisamente con este inesperado incidente, confirmando lo poco y nada que logró atenuar el conflicto subyacente. Más bien, lo que ha venido a reafirmarse en estos días es la necesidad de un real sinceramiento, una definición que zanje las dos visiones y sensibilidades que aún conviven en la colectividad.
El escenario político que en el mediano plazo enfrentará la DC es sin duda incierto, pero hay aspectos que parecen cada vez más ineludibles. El principal es que no será posible construir una nueva mayoría de centroizquierda sin el Frente Amplio y, por tanto, si la DC decide contribuir a ella deberá asumir un rol de dependencia y subordinación no sólo frente al PS y el PC -como hasta ahora-, sino también ante el bloque emergente. Es claro y evidente que hay un sector DC que simplemente no está disponible para ese diseño, y prefiere buscar alternativas fuera del espacio de la centroizquierda, sin descartar incluso la posibilidad de converger el día de mañana con actores que hoy integran el oficialismo.
Al final del día, ambas sensibilidades no tienen más alternativa que el divorcio, y la DC debiera intentar resolver este dilema antes que los desafíos electorales de la segunda mitad del actual período de gobierno la obliguen a tomar definiciones en materia de política de alianzas y acuerdos electorales. Llegar a ese escenario sin haber resuelto el diferendo sólo seguirá ahondando la declinación política que el partido ostenta desde hace más de dos décadas. Un escenario que, a estas alturas, ni siquiera el imprescindible sinceramiento de posiciones asegura poder revertir.

/Columna de Max Colodro en La Tercera

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