El orden social moderno se sostiene sobre una ficción: la idea de que vivimos en sociedad en virtud de un contrato mediante el cual cedimos parte de nuestra libertad individual natural, a cambio de ciertas seguridades. La libertad, en este mito, es la no limitación al despliegue de nuestra voluntad. Y la ley, sostenida por el monopolio legítimo de la violencia, es el nexo común que nos une, fijando límites a nuestra interacción recíproca.

Este mito ha sido muy útil. La idea de un vínculo social mínimo pacificó la violencia entre las distintas facciones portadoras de visiones integrales e incompatibles del “bien común”. También permitió la exploración de la individualidad, la imputación de responsabilidades y el fortalecimiento de los derechos de las minorías. Sin embargo, su sustentabilidad práctica siempre dependió fuertemente de estructuras sociales no liberales, como la familia, las iglesias, los clubes y otras organizaciones civiles. Sólo un tejido social no liberal nos permitía jugar al liberalismo, y beneficiarnos de ese juego. Pero el juego parece estar llegando a su fin.

Tal como plantea Patrick Deneen en su libro “Why Liberalism Failed” (publicado como “¿Por qué ha fracasado el liberalismo?”), el liberalismo colapsa al realizarse, porque su eficacia dependía de una integración social que es incapaz de crear, pero que sus políticas socavan sistemáticamente. Una sociedad liberal, compuesta por individuos aislados y egoístas, ansiosos de expandir la soberanía de su voluntad e incapaces de lidiar con la otredad de los otros por mecanismos distintos a la regulación estatal, es una sociedad imposible. Y, sin embargo, es la sociedad que parecemos estar comenzando a habitar.

En parte, el juego llega a su fin porque se hace evidente que la oposición entre individuo y Estado que mantiene en intenso conflicto a las pandillas liberales de izquierda y derecha es, en realidad, falsa: un mundo de individuos liberados de todo vínculo involuntario, y capaces sólo de vínculos contingentes, requiere de un mega-Estado que intente reemplazar las estructuras sociales borradas. El Estado de bienestar europeo nos lo confirmó, Tocqueville nos lo regaló.

El problema es que seguimos atrapados en esta forma y nuestra imaginación institucional y política se encuentra secuestrada por ella. Mientras tanto, los conflictos sociales aumentan, y nuestra única reacción parece ser aumentar sanciones penales, crear leyes con nombre, poner cámaras en todos lados, juridificar nuestros vínculos, expandir las atribuciones policiales y exigir derechos individuales colectivos (¿sociales?) para tratar de no hundirnos.

Pero si seguimos el argumento de Deneen, nada de esto nos sacará a flote, pues son medidas que operan sobre los meros síntomas del verdadero mal, que es una falsa imagen del mundo y del ser humano. Ese sería el lastre que tendríamos que soltar para subir por aire, pero hacerlo parece tan difícil como devolver el Anillo Único a las entrañas del Monte del Destino.

/Columna de Pablo Ortúzar para La Tercera

/GAP