No fueron necesarios mucho días para que las pugnas internas de la nueva directiva del PPD, elegida hace apenas una semana, salieran a flote. Así, mientras Heraldo Muñoz -su nuevo presidente- manifestó su voluntad de rearticular la alianza con el centro, Francisco Vidal -vicepresidente de la misma lista- afirmó que los aliados naturales del PPD están en la izquierda. Esta disputa puede parecer (no sin razón) meramente anecdótica: no será ni la primera ni la última vez que este partido ventila sus intrigas de poder. De hecho, se trata de una colectividad instrumental que tiene poca doctrina, y que ha preferido moverse en función del viento. Con todo, la discusión refleja un fenómeno profundo, fundamental para nuestro futuro político. ¿En qué dirección quiere proyectarse el ala izquierda de la Nueva Mayoría? ¿Qué lecciones se sacaron luego de la derrota en la presidencial? ¿Qué marco de reflexión será utilizado en esta etapa?

Se trata de preguntas difíciles, que exceden la coyuntura. Son, no obstante, ineludibles si la izquierda aspira a volver al gobierno en el corto o mediano plazo. Después de todo, el gran legado del gobierno anterior no pasa ni por sus reformas ni por los cabildos constitucionales ni por haber “movido el cerco”. El verdadero legado de Michelle Bachelet consiste en haber transfigurado a la vieja Concertación en una montonera carente de proyecto y de identidad. Su administración dejó al sector completamente extraviado y en estado de guerrilla constante. La ex Presidenta quiso acabar con la Concertación, pero resulta imposible -aunque fuera por caridad- comparar su propuesta con lo realizado antes por la centroizquierda, tanto en términos políticos como intelectuales.

En lo político, debe decirse que Michelle Bachelet no realizó el menor esfuerzo por construir una coalición política de verdad. No tejió las indispensables redes, puentes y complicidades sin las cuales es imposible llevar a cabo un programa ambicioso. En el plano intelectual, asumió de modo acrítico las consignas del movimiento estudiantil, sin elaborar una mediación política. Así, todos aquellos que la siguieron -incluyendo aquellos que no leyeron el programa- quedaron encerrados en una laberinto ideológico extremadamente confuso. Para decirlo en simple: El otro modelo es un libro que le pesará por decenios a la centroizquierda chilena (para comprender esto, basta revisar el historial de declaraciones de Nicolás Eyzaguirre, cuya perseverancia en la confusión es digna de ser notada).

En el fondo, Michelle Bachelet forzó deliberadamente las cosas hasta romper la histórica alianza entre el centro y la izquierda, y esa fractura tiene consecuencias insospechadas para la imaginación de Francisco Vidal. En efecto, la ruptura implica que Chile vuelve a jugar a los tres tercios. En esa lógica, la derecha tiene todo el espacio para ganar durante largo tiempo, porque -más allá de sus propias dificultades- representa el tercio más grande. En otras palabras: si la izquierda renuncia al centro y elige mirarse el ombligo, se condena a una larga travesía por el desierto. Además, en ese juego siempre será sobrepasada por el Frente Amplio, que tiene figuras carismáticas y trabajo ideológico, cuestiones que el PPD ni se sueña. Hay en la tesis de Vidal una curiosa propensión al suicidio, pues prefiere proyectar en los más jóvenes sus ideales frustrados antes de asumir su responsabilidad. Por otro lado, la reconstrucción del vínculo con el centro no es cuestión de nostalgia o de voluntarismo: es evidente que la Concertación cumplió su ciclo, y no admite una imitación mecánica. Para que ese esfuerzo rinda frutos, debe haber alguna tensión existencial (que hoy brilla por su ausencia).

En estas condiciones, es difícil vislumbrar algo así como una luz al final del túnel. Los proyectos políticos toman tiempo en madurar, pero buena parte de la izquierda apenas tiene conciencia del problema, y se ha negado sistemáticamente a formular estas preguntas. Para peor, ha asumido con entusiasmo las categorías individualistas para pensar el mundo, sin percibir que eso la aleja de sus convicciones más primigenias. Como ejemplo, basta mencionar que el aumento de los campamentos en Chile apenas le mereció un comentario, mientras se agita con febrilidad cada vez que se trata de extender de modo ilimitado los derechos individuales. El camino de regreso puede ser largo, muy largo.

/Blog de Daniel Mansuy para El Mercurio

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