Semanas y semanas de tomas y paros en la educación, sin fundamentos relevantes, son quizá un síntoma que debemos atender con mayor profundidad. El decano de derecho ya no soportó más y simplemente se fue. Desde hace un tiempo ya, que Derecho en la Chile, que fue otrora la mejor, hoy simplemente ya no lo es. Lo mismo ha ocurrido en economía, medicina, periodismo, odontología, y tantas otras facultades.

Universidades privadas tradicionales como la Católica, Santa María, Austral, Concepción y también otras más nuevas como Los Andes, Adolfo Ibáñez, Del Desarrollo, Diego Portales y otras se empinan sistemáticamente a la cúspide de las más deseadas. La U. de Chile sigue tratando de manipular a través del Cruch, entidad absolutamente obsoleta y poco representativa, para tratar de deteriorar por secretaría a las universidades privadas. Basta escuchar el discurso de Vivaldi y Zolezzi por sólo mencionar a dos.

Los rectores en general hacen la vista gorda a las tomas y paros, y no falta el caso del que hasta agradece a los alumnos cuando les devuelven las instalaciones. Jamás habrá sanción académica alguna a pesar de que miles de estudiantes quedaron sin estudiar, no se hicieron clases, no se tomaron las pruebas, etc. Muchos de los liceos públicos son el semillero politizado y también se toman y destruyen sus propias aulas. Todas las tomas son medidas de fuerza, no son ideas.

En la academia la fuerza no tiene mérito de argumento. Las ideas no se validan por votos o popularidad, sino por el análisis riguroso de los pares. Los alumnos no son pares de los profesores, pero ellos creen que sí. Los profesores tampoco se hacen respetar y una buena parte de éstos, absolutamente ideologizados, instrumentaliza sus objetivos políticos a través de los estudiantes. En el Instituto Nacional, por ejemplo, ahora los alumnos quieren elegir al rector. Estos no son siquiera jóvenes, son aún niños. Es la ideología de mala factura que abusa de la mezcla natural del entusiasmo y la ignorancia propia de los jóvenes.

La educación en el siglo 21 tiene muchos desafíos cruciales. El primero es claramente la diversidad. El segundo es la llegada de la inteligencia artificial que alterará radicalmente a la educación y a la sociedad. El tercero es el llamado cuarto paradigma de la ciencia, que importa una nueva lógica para validar verdades. El cuarto es el mundo digital y el lenguaje post simbólico, donde anidan cosas buenas y otras malas, por ejemplo la posverdad. El quinto desafío es entender que la educación supera con creces la institución de los colegios y universidades.

La verdadera sala de clases de este siglo no es un lugar de cuatro paredes, sino el complejo sistema comunicacional moderno y las múltiples capacidades de interacción global. La sociedad se ha transformado en un sistema de educación basado en la reciprocidad dinámica, lo que no tiene precedente. Por ejemplo, en muchos aspectos de la realidad actual, los niños saben más que los padres lo que es simplemente especial. La educación superior debe hacer un cambio radical del sistema de títulos y grados para poder hacer la necesaria diferencia entre educación y entrenamiento. Con ello se puede cambiar la nefasta PSU que ha transformado a los colegios en máquinas de entrenamiento para pasar esa prueba y en consecuencia han dejado de educar.

Es tiempo de empezar a hablar sobre qué es realmente la calidad de la educación en el siglo 21, tema que Bachelet nunca entendió y que este gobierno tampoco ha querido plantear. Es tiempo de dejar de mirar el futuro por el retrovisor.

/Columna de Sergio Melnick en el diario La Tercera

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