Hace días se ha instalado en el debate público, especialmente en el entorno de los partidos de la ex Nueva Mayoría, la cuestión de los “presidenciables”. Algo artificialmente, por cierto, porque faltan aún más de 40 meses para una nueva contienda electoral. No es que el tema no sea importante, más aún en un sistema donde la inexistencia de reelección instala el problema de la sucesión desde el primer día de un nuevo gobierno, pero lo cierto es que, tal como señaló una ex Ministra de Estado en estos días “no hay que poner la carreta delante de los bueyes”.
En efecto, el sistema político chileno ha cambiado tan vertiginosamente en el último periodo, que para la mayoría de sus protagonistas es difícil dimensionar la magnitud de estas transformaciones, lo que plantea desafíos de naturaleza más allá de lo electoral.
Primero, y tal vez la más evidente, producto del cambio del sistema electoral, nuevos actores han emergido en los espacios de representación, cuestión que no sólo ha cambiado el mapa en el Congreso, sino que también las dinámicas para alcanzar mayorías. No habíamos visto en la últimas décadas algo similar, una coalición gobernante que teniendo una fuerza política importante, no tiene mayoría y tiene al frente dos oposiciones distintas. Esto genera un desafío importante para el ejecutivo que debe ser cuidadoso en su agenda legislativa y en la instalación de los debates.
En segundo lugar, la dinámica política ha transformado la forma que habíamos conocido en las coaliciones hasta ahora.
En el oficialismo se ha instalado una tensión entre sectores conservadores y liberales en temas que llamaremos “civilizatorios” (adopción homoparental, aborto, matrimonio igualitario, etc.)pero donde la correlación de fuerzas sigue estando del lado conservador, lo que evidentemente tensiona su identidad futura, divorciada en estas materias.
Por su parte, la fuerza emergente que constituye el Frente Amplio tiene aún la necesidad de perfilar su identidad más allá del éxito electoral reciente. Es evidente que una coalición política de espectro tan amplio en lo ideológico, requiere en el futuro superar la identidad basada en la oposición a lo que fue la Nueva Mayoría y la Concertación, porque ello no alcanza para hacer una alternativa viable de gobierno.
La ex Nueva mayoría, en tanto, no sólo tiene la necesidad de definir su política de alianzas partidarias para el futuro, estableciendo en que espacio blinda sus fronteras por la derecha y la izquierda, sino que también requiere generar un proceso de reconstrucción de su identidad que se haga cargo del pasado en su justa dimensión (con sus aciertos y desaciertos) y que sea capaz de construir una alternativa de futuro.
Todos estos debates requieren diálogo político amplio y densidad intelectual, porque la proyección de una representación de tres tercios para el futuro del país, en el cuadro de un régimen presidencial, hace de la gobernabilidad y de la disputa de proyectos políticos una cuestión capital.
En tal cuadro de incertidumbre futura, es natural que la cuestión de la sucesión se instale, constituyendo un falso dilema de popularidad y no de proyecto. De continuar en esta senda, lo que se pierde en realidad es la posibilidad de que las coaliciones generen de verdad una discusión de fondo respecto a lo que, en este nuevo escenario político quieren ser. Finalmente, calculadoras más calculadoras menos, cuando la sola eficiencia electoral se impone, muchas veces las ideas se pierden.

/Columna de Gloria de la Fuente para La Tercera

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