Las dirigentes del movimiento feminista se refieren a sus requerimientos con una conceptualización diferente según la visión de que se trate, que puede llevar a equívocos para comprenderlos y tratarlos. Están las que tienen por objetivo terminar con la desigualdad entre hombres y mujeres, y también con los atropellos que muchas veces padecen. Y están las que luchan contra la sociedad “patriarcal”: “Sabemos que no vamos a vivir para ver caer el patriarcado, pero nuestra lucha es por las que vienen”, o “gritaremos más fuerte que nunca, porque el patriarcado ya no nos asusta, 1° mujeres”. Estas dirigentes fundan sus aspiraciones en la llamada ideología de género. Es el feminismo radical.

Las ideólogas mundiales de esta posición datan el origen del sistema patriarcal en el paleolítico, surgido en el Cercano Oriente, extendiéndose por el mundo mediterráneo hacia el resto de Occidente. Alude a la hegemonía masculina en todos los ámbitos, públicos o privados, existiendo una distribución desigual de derechos y obligaciones en desmedro de la mujer, que vive sometida y relegada a las labores del hogar, la maternidad y el cuidado de los hijos.

No hay información suficiente para sostener la vigencia de un matriarcado, pero estudiosos han encontrado pruebas que hablan de sociedades matristas, de superioridad femenina, aunque su jerarquía no controlaba totalmente las actividades masculinas. Las mujeres eran medulares y honradas, poseyendo la autoridad en la familia y tribu, por cuanto la filiación de los hijos se establecía por línea materna y realizaron durante épocas una actividad agrícola útil para la mantención del grupo. El predominio masculino ocurrió con el pastoreo, la caza y cuando la guerra fue gravitante, pero concluyen que hubo etapas donde tales antepasados vivieron en grupos con una relativa igualdad entre los sexos, sin opresión y marginación de la mujer (C. Olária).


Sabemos, por lo demás, que el patriarcado fue mitigándose a lo largo del siglo XX, lenta pero progresivamente, cambiando en buena medida la vida de las mujeres en la educación, el mundo laboral y profesional en general, en actividades deportivas y políticas, etc. Las evidencias están a la vista, aunque es innegable que todavía subsisten formas machistas y vestigios de conducta patriarcal. Pero hay consenso en que debe implementarse un cambio cultural que transforme esencialmente las relaciones entre hombres y mujeres, fundamentado en la dignidad que posee toda persona, erradicando el acoso, abuso y actitudes machistas en ambientes laborales y de estudio.

Entonces, considerando todo este panorama, hay que saber diferenciar los feminismos en boga.

Uno, democrático digamos, pugna por la igualdad legal y moral, aspira a que mujeres y hombres posean los mismos derechos efectivos, un trato justo y sin discriminación de ningún tipo, un feminismo de equidad. En cambio, la ideología de género aboga por un feminismo que habla de patriarcalismo opresivo para acentuar la contradicción que experimenta habitualmente la mujer (C. Hoff). Para Dale O’Leary, una feminista de renombre y especialista en el tema, el feminismo de género se basa en una interpretación neomarxista cuyo objetivo es deconstruir todos los modelos de comportamiento de la mujer, incluidas las relaciones sexuales y familiares. A este respecto, F. Engels fue preciso: “El primer antagonismo de clase de la historia coincide con el desarrollo del antagonismo entre el hombre y la mujer en el ámbito del matrimonio monógamo, y la primera opresión de clase, la del sexo femenino por parte del masculino”.

Como este postulado, que se opone a los sentimientos naturales de la mujer, no logró concientizar a las feministas de equidad (E. Prieto), las activistas en cuestión propusieron implementar, desde fines de los años 70 en adelante, una estrategia menos directa, sutil. “Las feministas radicales empezaron a poner sus miras en instituciones como las universidades, los organismos estatales y las Naciones Unidas” (O’Leary).

Por Álvaro Góngora Escobedo para Chile Merece

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