El fin de semana se cumplieron tres años -los mil días- del gobierno de la Presidenta Bachelet. Se trata de un tiempo más que suficiente para arrojar una cierta fisonomía, un conjunto de rasgos con los que, cuando se lo mire a la distancia, será recordado.

¿Cuáles son esos?

Ante todo la ambición transformadora.

Desde que se recuperó la democracia, ningún gobierno había mostrado el apetito de cambio del segundo gobierno de Bachelet. Hasta ella, todos se habían mostrado más o menos conformes con la inercia modernizadora del mercado y habían sugerido morigerar algunos de sus defectos. Bachelet, en cambio, ha sido la primera que sugirió cambiar el carácter totalmente contributivo de esa modernización, por un enfoque universalista de derechos en algunas áreas básicas. Si en el sistema contributivo cada uno recibe en razón de haber previamente aportado, en el sistema universalista cada uno recibe bienes básicos en razón de ser miembro de la comunidad política. Allí donde cada uno en pensiones, salud o educación recibe tanto como dio, su gobierno declaró el propósito que en cada una de esas áreas cada uno reciba lo que necesita. Algo así no suprimía el mercado, simplemente lo corregía.

Muy sensato.

Pero, desgraciadamente, lo que en un político es sensata ambición transformadora, en manos de los intelectuales que se ganan la vida no exactamente pensando, sino dando ideas, redactando informes y escribiendo discursos, suele transformarse en un desvarío. Los intelectuales que soplan sus consejos al oído del poder buscan conceptos que justifiquen la decisión del político, y de ahí entonces que cuando se les solicita fundamentar un proyecto de cambio suelen elevarse en búsqueda de premisas cada vez más abstractas, elevadas e inverificables hasta que así logran perder todo contacto, o casi todo, con la realidad.

Y cuando descienden en busca de ella ya no la encuentran.

Eso fue lo que le pasó a Bachelet en estos mil días.

El correcto ímpetu transformador -corregir las patologías de la modernización- se transformó de pronto en mala sociología y se alejó de la realidad: las complejidades de la modernización se redujeron a defectos del neoliberalismo, este último se equiparó a la expansión del mercado, el mercado al lucro, la expansión del mercado a falta de cohesión social, la falta de cohesión social a segregación, la segregación a peligro de una fractura social definitiva.

Y como se comprende, después de que el intelectual -siguiendo un concepto tras otro, hilando una palabra tras otra, rimando una idea con otra- diagnosticó ese trágico destino, las reformas aparecieron pálidas y pocas. ¿Acaso frente a grandes peligros no habrá que idear grandes soluciones? Había pues que radicalizarlo todo, así fuera nada más en las palabras. El resultado de todo esto fue la distancia, que las mediciones de opinión constatan, entre la subjetividad de las personas, la manera en que ellas viven y relatan su propia trayectoria vital, por una parte, y la manera en que el Gobierno y sus personeros describen la experiencia de dos décadas de modernización.

Allí donde la gente ve una experiencia de autonomía y mejora material, el Gobierno y sus personeros ven una simple mercadización de la vida; y allí donde la gente disfruta la libertad y padece sus inevitables zozobras, el Gobierno y sus personeros ven un malestar que anhela comunidad y cohesión.

Por supuesto, es la gente la equivocada.

Porque uno de los rasgos del diagnóstico que efectúa el intelectual que sopla sus secretos al oído del poder, es que es irrefutable, porque cualquier dato que lo contradiga se explica al interior del propio diagnóstico. Así si la gente quiere escoger colegio y pagar por él en la competencia por el estatus que la modernización desató, ello es porque son arribistas y el arribismo es una forma de enajenación que el mercado, al acicatear la competencia, desató. Y si la gente no participa en gran número del proceso constituyente, ello es porque la política carece de legitimidad, que es justamente lo que la nueva Constitución viene a remediar. Lo que parecía desmentir el diagnóstico, concluye triunfante el intelectual, lo confirma.

Todo ello -claro- hasta que la siguiente elección lo refute.

Porque el sensato impulso transformador -gracias al desvarío- arriesga dar el triunfo por segunda vez a la derecha en apenas un cuarto de siglo. Algo que no ocurrió durante todo el siglo XX.

Hay que reconocerlo: todo un logro para apenas mil días.

Columna de Carlos Peña para el diario El Mercurio

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