El video de los dos presos extranjeros, imputados de un homicidio atroz, siendo torturados por otros internos, no sólo me impactó, sino que me trajo a la mente otra imagen de la semana, la del Presidente Macron reprochándole a un joven su falta de respeto con la autoridad presidencial y con la historia de Francia. Parecen dos episodios desconectados: uno es expresión de la barbarie y el otro del mejor ejercicio de la autoridad en el primer nivel de civilización.
Pero eso no es así, el contraste no es entre civilización y barbarie, sino entre los niveles a los que se llega en un grupo humano en que no hay autoridad, por ende no hay reglas, ni jerarquía fundada en otro valor que la fuerza, en oposición con una sociedad en que la autoridad se ejerce sin complejos, sin temor reverencial por eso que llamamos lo políticamente correcto.
Me temo que el castigo brutal a los presos encuentre, en el silencio y la intimidad de muchas personas, cierta justificación. La información cotidiana y reiterada acerca de detenidos por graves delitos que quedan en libertad, la aplicación a veces en el límite del absurdo de reglas de garantía que en sí son razonables, el ataque permanente a toda forma de autoridad por parte de grupos vociferantes, incuba en la mayoría un cierto sentimiento sordo de agotamiento, de hastío.
Poco a poco se anida un ¡hasta cuándo! Poco a poco se empieza a dibujar en la mente de las personas la imagen de ciertos culpables, que siempre -la historia lo enseña- es un “otro”, es el extranjero, es la minoría racial, es un grupo de diferente cultura.
El riesgo de la disolución de las distintas formas de autoridad en una sociedad, es que se produzca un vacío que se intente llenar desde la política con autoritarismo. Estoy muy lejos de creer en una autoridad invasiva, que impone valores, estilos de vida, que nos dice lo que es bueno y lo que es malo; pero sí creo indispensable recuperar expresiones mínimas, como la autoridad del profesor en el aula, la de los padres en el hogar, la del policía en el espacio público.
La barbarie de la cárcel, esa ley de la selva que nos muestra el video, tiene cierto correlato con la pérdida general del sentido de autoridad, con la renuncia a todo deber ser que no vaya respaldado por el “aplausómetro”. Cuando la facultad de derecho más antigua y tradicional del país es clausurada a sillazos, es difícil esperar que la ley llegue e impere en el otro extremo de la realidad jurídica, el de la cárcel.
Macron, con su reivindicación por el respeto de la autoridad y las formas, no solo es expresión de civilización, es también el mejor freno al populismo autoritario que se incuba al acecho del cansancio de la “mayoría silenciosa”.

/Columna de Gonzalo Cordero para La Tercera

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