En lenguaje militar se denomina “fuego amigo” a la desafortunada experiencia que se sufre cuando bombas arrojadas por y desde el propio bando caen sobre nuestra cabeza. Aun hoy, pese a la “munición inteligente”, la localización por GPS y los sistemas de guía electrónicos, de vez en cuando y para consternación de las partes hay misiles estallando donde no debieran. Si las víctimas son civiles el lenguaje cambia un tanto y se habla de “daño colateral”. En ambos casos, sin embargo, se reconoce que hubo un error.

Pero, ¿cómo calificar el “fuego amigo” perpetrado, en política, contra los propios compañeros de ruta pero no por equivocación sino con plena conciencia de contra quien se está disparando? Tal vez no se requiera calificar nada; tal vez baste asumir que en política no hay amigos sino socios transitorios y el impulso fundamental de sus practicantes no es alcanzar la paz eterna y la concordia universal, sino promover su beneficio y gloria personal. Si es así todo intento de dar otras explicaciones a dicho grosero forcejeo sonará siempre a hueco. Una de ellas, últimamente de moda, es la de que las puñaladas y zancadillas no son sino “enriquecedores debates” propios de “la diversidad”. De tanto reiterarse en tono solemne, dicho ridículo sofisma ha cobrado ese carácter sacramental y axiomático que las estupideces adquieren con el paso del tiempo, pero aun así pocos se lo creen y dejan de ver que se intenta disfrazar meras y brutales luchas de poder con la presunta existencia de un “debate ideológico”. Pero siendo tal explicación apenas creíble cuando se trata del espectáculo que ofrecen los partidos, si la batalla se libra dentro de una entera alianza de gobierno ese pretexto se convierte en el pésimo libreto de una farsa irrepresentable en cualquier escenario. No se requiere ser un genio deslumbrante para darse cuenta de que las luchas intestinas no traen enriquecimiento, sino derrotas. No poco del desastre sufrido por la NM se debió a sus porfiadas y estériles pendencias internas. Si los partidos son frágiles, las alianzas de partidos lo son mucho más. Por eso estas beligerancias, las cuales, dicho sea de paso, constituyen el 90% del material político que llena los medios de prensa, no son muestras de riqueza sino de la pobreza franciscana de quienes se enzarzan en ellas, a saber, pobreza de intelecto, pobreza de ego, pobreza de lealtad, pobreza de visión, pobreza en todas sus formas.

Por eso Piñera no necesita enemigos; le sobra con los paupérrimos amigos que tiene. Son estos últimos los más dañinos. La oposición oficial, reducida a pataletas vocingleras, rabias intrascendentes y a que se le vaya desgranando el choclo militante a militante, sensibilidad por sensibilidad, figura histórica por figura histórica, no hace ni puede hacer mucho salvo obstaculizar todo lo posible con lo que les caiga en las manos y por rasca que sea. Ciertamente en ellos Piñera no tiene enemigos eficaces; su problema es que abunda en amigos ineficaces.

Odioso es dar nombres, pero véase el caso de Carlos Larraín. Damos fe de que es hombre simpático, dicharachero, chistoso y buena onda, aunque lo es en el apenas encubierto y tradicional estilo del dueño de fundo hospitalario y cálido con las visitas y paternal y autoritario con los peones. Políticamente es otra cosa. No bien abandonó su autoinfligido exilio rural para participar en la campaña, casi de inmediato lo vimos a bordo de su patronal caballo capón esmerándose en propinar pechazos y rebencazos. Su odio hacia Piñera y todo lo que representa, odio de vieja estampa señorial y campesina desconfiada de los señoritos de ciudad buenos para los negocios, no ha tardado más de tres meses en manifestarse. Abiertamente con declaraciones sinuosas o encubiertamente con maniobras de pasillo ya está sembrando problemas y enconando heridas. O véase el caso de la señora Jacqueline R… ¿Qué bicho ha picado a estas señoras de la élite provinciana por recordar sus tiempos de colegialas piadosas? ¿Quién la nominó y ungió como defensora y heroína de la cristiandad? O véase el caso de Chahuán, quien recomendó “echar a patadas” -demos gracias al Altísimo el no haber especificado dónde darlas- a la ministra de Cultura, frase poco civil en cualquier circunstancia y políticamente desastrosa en los tiempos actuales, con el feminismo en alza y muchas candidatas al martirologio.

Hay muchos más. Se dice que 18 congresales de Chile Vamos estuvieron por hacer una declaración pública en apoyo a Chahuán. Otros refunfuñan por lo que consideran la lentitud del gobierno para instalarse, reproche institucional que equivale a la lentitud del gobierno para nombrarlos en cargos del Estado. Furor a fuego lento han manifestado también los que critican al gobierno por tomar “las banderas de la izquierda” en vez de venir, se supone, a catequizar a la nación con las obras completas de Karl Popper.

Ni aprendido ni olvidado…

En cierta ocasión, refiriéndose a la nobleza emigrada por la revolución y vuelta a Francia luego de la caída de Napoleón y el entronamiento de Luis XVIII, Talleyrand, ese viejo zorro profundamente realista e inteligente, dijo de ellos lo siguiente: “No han aprendido nada ni han olvidado nada”. Como la inteligencia es la capacidad tanto para aprender algo nuevo como para olvidar lo viejo que no sirve, Talleyrand, con educadas palabras, los trató de imbéciles. Y lo fueron pues trataron de revertir el reloj de la historia como si nunca hubiera habido revolución y nunca hubiera gobernado un Napoleón. Sin querer tratar de imbécil a nadie, bien puede uno afirmar que hasta el más pintado comete ocasionalmente algunas imbecilidades. Es solo el cometerlas en exceso lo que califica al sujeto portador de dichos desafueros como alguien vocacionalmente inclinado a la estupidez.

¿Cuál es el caso con la derecha o centroderecha chilena? ¿Olvidaron quizás el pánico que los acometió durante el gobierno de la señora Bachelet, terror aun mayor del de la población común, que tenía miedo a la incompetencia económica de un régimen cantinflero y aspiracional con rasgos psicológicos al mismo tiempo de adolescencia y segunda infancia? ¿Olvidaron sus desaforados y lesivos actos de oposición a su propio gobierno durante la primera gestión de Piñera? ¿No se han dado cuenta de los cambios tectónicos que vive el país en sus actitudes y posturas ante todo, en especial en las cohortes demográficas menores de 30 años? No han aprendido nada ni han olvidado nada…

/Columna de Fernando Villegas para La Tercera

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