“¿Deben los reos tener derechos básicos? (…) ¿Castigo merecido o torturas sin justificación?”. Así se leía a toda pantalla en TVN a propósito del trato que recibieron los dos hombres ecuatorianos en prisión preventiva en tanto se investigue el horrendo crimen de Margarita Ancacoy (Q.E.P.D.).

Mientras, una conductora en un matinal opinaba que los hombres tenían bien merecido el trato que recibieron en la cárcel, donde se los sometió a apremios y vejámenes. El rugido de la calle y las redes sociales se oyó en el país entero. En un privado grupo de WhatsApp de abogadas nos lamentábamos del paupérrimo nivel de la discusión.

“Que los malos no respetan a sus víctimas… que no son personas sino bestias… que la justicia no funciona”. No me haré cargo acá de estas archirrepetidas frases, porque todas implican una discusión aparte, y las conclusiones que saquemos a partir de ellas no deben alterar lo que debiera ser obvio: los derechos humanos son para todos, los buenos, los malos y los pésimos.

Que algunos comunicadores (usando su legítimo derecho a expresarse) prendan sus micrófonos para opinar tan sueltos de cuerpo que estos u otros criminales merecen torturas, debiera escandalizarnos. Que nuestro canal de televisión pública se permita sugerir -pregunta mediante- que los presos podrían no tener derechos básicos, debiera causar conmoción nacional.

Es que respetar los derechos de los débiles, de los justos, de los que nos simpatizan, no implica mayor esfuerzo. Conmiserarse del pobre y compadecer al débil es fácil. Tanto, que a la mayoría de nosotros nos resulta natural. Tan natural como puede resultar la rabia y el desprecio hacia quienes rompen las reglas mínimas. Pero es precisamente entonces que estamos llamados a reprimir el impulso vengativo o justiciero y exigirnos recordar el pacto social, la supremacía del derecho y el respeto a los derechos humanos. Lo contrario nos devuelve simplemente a las cavernas.

/Carta al diario El Mercurio de Paola Berlin Razmilic, Abogada y conductora de radio

/gap