Hace unos días comenzó el mundial de fútbol, Rusia 2018, que junto a las Olimpiadas, constituyen los dos más grandes eventos deportivos en el mundo. Pasión de multitudes, el fútbol no podía ser ajeno al interés del mundo de la política. La verdad es que el “juego hermoso” (como lo llaman los africanos) es casi una “forma de vida” para cientos de millones de aficionados que hoy pueden, con la masificación de los medios televisivos, seguir no solo el mundial, sino que las diversas competencias locales alrededor del planeta, lo que ha generado entre otras cosas, una suerte de “identidad dual” donde se es hincha de un club local, pero también de otros alrededor del planeta, (¿cuantos hinchas de equipos en Chile siguen también al Real, al Barcelona?) .

Como señaló la prestigiosa revista “Foreign Policy”, el fútbol fue el preludio al proceso de globalización que hemos visto en las últimas décadas, y mientras Robert Schuman y otros comenzaban a mediados del siglo pasado a diseñar lo que sería el proceso de integración europeo, los clubes ya se estaban agrupando a escala regional, proceso que hoy se replica a nivel planetario. ¿Cómo explicar esta pasión por el “deporte rey” entre culturas, regiones, sociedades y personas tan diversas entre sí, y que ha llevado incluso a que países se disputen el origen de su invención? (el fútbol moderno fue inventado en Inglaterra, pero los chinos practicaban algo muy parecido hace ya tres mil años).

Bueno, se trata de una combinación de factores: la belleza del juego, la simplicidad de los elementos para practicarlo, es un deporte “democrático” pues en principio no requiere atributos especiales (Messi mide 1.64 m., Garrincha tenía un pie chueco) y al menos ocasionalmente “los chicos” también ganan, pero sobretodo, el fútbol provee a muchos (especialmente en sectores marginales) de un sentido de pertenencia e identidad, que se ha reforzado frente a una globalización y en sociedades que en otros planos, hace de la mayoría de la gente seres “anónimos”, excepto en aquel momento donde “sacamos la camiseta” y seguimos a nuestro equipo (algo casi tribal, pero que como necesidad simbólica, está en el ADN del ser humano desde nuestros orígenes como especie).

Considerando lo anterior, el fútbol no podía estar ajeno al interés del mundo político. A lo largo de la historia humana los deportes han sido utilizados también con fines extra-deportivos. Los emperadores romanos organizaban luchas de gladiadores para “tranquilizar” al pueblo; Hitler usó las olimpiadas de 1936 para probar la “superioridad de la raza aria”, y la dictadura argentina usó el mundial de 1978 para distraer la atención de los crímenes cometidos. Y en nuestra época, la tentación por instrumentalizar los éxitos del fútbol siempre existe, y éste ha sido usado en ocasiones como “trampolín” en ciertas carreras políticas (caso de Berlusconi con el Milán, y Macri en Boca Juniors, por ejemplo) o en el “blanqueo de imagen” de personajes a veces de dudosa reputación (de aquí en parte, el interés por comprar clubes).

Y haber “mercantilizado” al extremo el fútbol profesional, ha distorsionado el verdadero sentido que siempre guió en el pasado, la pasión por el deporte más popular del planeta. Hoy a los jugadores ya no les queda espacio en las camisetas para la publicidad, y los medios de los primero que hablan, es “cuánto vale” un jugador. Millones de pobres además, ven al fútbol como una palanca de “movilidad social”, pero son muy pocos los que llegan al final, a las ligas profesionales. Queriendo imitar el “estilo de vida” de sus ídolos, cuando no lo logran, se acrecienta la frustración y el malestar social entre jóvenes marginales que tienen muy pocas otras oportunidades en la vida.

El fútbol por otra parte, ha pasado muchas veces a ser un “asunto de Estado”. Gobernantes de diversas latitudes se disputan e incluso han corrompido a dirigentes de la FIFA o de las asociaciones nacionales, para obtener la sede de los próximos mundiales. O recientemente por ejemplo, fue tal la controversia sobre la visita de la selección argentina a un partido en Jerusalén, que el evento tuvo que suspenderse, a pesar de los llamados de Netanyahu a Macri para impedir aquello. Pero ante todo la ya descrito, la responsabilidad no recae en algo que es un deporte, sino que en aquellos que buscan apropiarse de una actividad que provee entretención y alegría, y que puede cumplir otras funciones benéficas en una sociedad, en la medida que no sea utilizado para otros fines que no sean el deporte, la recreación, y la integración social.

Porque aquí sí que la política puede jugar un rol positivo. Algunos dicen que el fútbol es el nuevo “opio del pueblo”, y es cierto que muchos gobernantes y élites dirigentes lo usan para manipular y distraer la atención de la gente común (y esto hay que denunciarlo). Pero también hay que considerar que la vida hoy es difícil para muchas personas. Un poco de alegría, un espacio para compartir y reencontrarse con otros, sentir pasión por algo, no es en este contexto algo menor. O como dijo el escritor mexicano Juan Villoro, en la sociedad actual un poco de alegría ha pasado a ser también un asunto de primera necesidad. Entonces, vivirlo con pasión sí, pero siempre alertas al desafío de impedir que el “deporte rey” sea manipulado con otros propósitos que no sean los genuinamente deportivos.

/Columna de Boris Yopo, sociólogo y analista para La Tercera

/gap