No será en los próximos años, pero el ser humano está destinado, en algún momento del futuro, a abandonar el Sistema Solar y viajar a las estrellas. Los desafíos tecnológicos para conseguirlo son grandes, pero no imposibles, y un buen número de científicos aventuran ya, desde hace tiempo, cómo deberán ser los motores y las naves capaces de llevarnos más allá del sistema planetario que nos vio nacer.

Ahora, un equipo de investigadores de la Universidad de Estrasburgo ha dado un paso más allá y se pregunta, también, acerca de las tripulaciones que deberán afrontar ese viaje. ¿Cuántos astronautas se necesitan para garantizar al cien por cien la llegada de seres humanos a sus lejanos destinos?

Casi con total seguridad, el primer planeta extrasolar que visite la Humanidad será Próxima b, un prometedor mundo descubierto en 2016 y que tiene mucho en común con la Tierra. De hecho, se trata de un planeta rocoso, más o menos del mismo tamaño que el nuestro, recibe una cantidad similar de radiación solar y se encuentra dentro de la “zona habitable” de su estrella, Próxima Centauri (es decir, a la distancia adecuada para que pueda haber agua en estado líquido). Pero, por encima de cualquier otra consideración, se trata del exoplaneta más cercano posible, a “solo” 4,2 años luz de nosotros o, lo que es lo mismo, a unos 40 billones de km.

Desde luego, resulta cuando menos curioso que justo en la estrella de al lado haya un planeta tan similar al nuestro. De los cerca de 4.000 exoplanetas descubiertos hasta ahora, en efecto, solo una mínima fracción (algo más de una decena) comparten con la Tierra tantas características. Pero todos ellos, excepto Próxima b, se encuentran demasiado lejos como para ni siquiera soñar con alcanzarlos en un tiempo “razonable”.

En un estudio recién publicado en arxiv.org, los astrónomos franceses Frederic Marín y Camille Beluffi creen que, con la tecnología actual, en concreto con la de la Parker Solar Probe, un observatorio solar que será lanzado en Agosto por la NASA y que será capaz de alcanzar una velocidad record de 200 km por segundo (el 0,067 % de la velocidad de la luz), sería posible alcanzar Próxima b en un plazo de 6.300 años. El Apolo 11, por poner un ejemplo, habría tardado 114.080 años en recorrer la misma distancia.

Tan veloces como el 10% de la velocidad de la luz

Por supuesto, los investigadores no descartan que en los próximos años se desarrollen nuevos motores capaces de superar esa velocidad, lo cual disminuiría la duración del viaje. Velas solares impulsadas por potentes haces de rayos láser, por ejemplo, podrían hacer que una nave alcance hasta el 10% de la velocidad de la luz, lo que permitiría llegar a Próxima b en algo más de 40 años. Pero lo que pretendían los científicos era hacer una estimación realista y basada en lo que tenemos, y no en lo que algún día podríamos llegar a tener.

Un viaje de 6.300 años de duración significa, desde luego, que no serán los astronautas que inicien el viaje los que lleguen a su destino, sino sus lejanos descendientes. Baste con tener en cuenta ue la duración de este viaje equivale al tiempo transcurrido desde los inicios de la cultura sumeria a la explosión, en nuestros días, de la Inteligencia Artificial.

En otras palabras, los astronautas que por fin llegaran a Próxima b serían los hijos de los hijos de los hijos… de una pequeña comunidad humana inicial. La pregunta que se hacen Marin y Beluffi es la siguiente: ¿cuál es el número mínimo de personas que deberían abandonar la Tierra en un primer momento para que, reproduciéndose generación tras generación durante el viaje, tengamos garantías de que un grupo de seres humanos logre llegar efectivamente a Próxima b?

Naves gigantescas

Una tripulación inicial demasiado reducida podría significar la extinción, y por lo tanto la llegada a destino de una nave vacía y sin vida. Otra demasiado numerosa significaría tener que desarrollar naves realmente gigantescas, a unos costes prohibitivos y que tendrían, además, que afrontar un difícil problema de superpoblación más difícil de controlar a medida que nuevos niños fueran naciendo.

La tripulación, por lo tanto, deberá ser lo más reducida posible. Y eso, para los investigadores, significa que debería estar compuesta por un mínimo de 49 parejas en edad reproductora. Esto es, por un total de 98 personas.

Para llegar a esta cifra, Marin y Beluffi recurrieron a un enfoque conocido como “Método Monte Carlo”, una técnica profusamente utilizada por economistas para simular situaciones complejas y de difícil evaluación.

El buen funcionamiento del modelo, por supuesto, depende de la exactitud de los datos que se introduzcan en él, razón por la que Marin y Beluffi introdujeron la mayor cantidad posible de variables tomadas del mundo real. Por ejemplo, suponen que la endogamia estará del todo prohibida y que no ocurrirá durante el viaje. Y añaden factores como muertes inesperadas, indertilidad masculina y femenina, enfermedades, restricciones en la reproducción para mantener los números bajo control o la menopausia.

Catástrofes y mutaciones

Los científicos tuvieron en cuenta incluso la posibilidad de un imprevisto evento catastrófico que ocurriera a la mitad del viaje y que acabara con la vida de una tercera parte de las personas a bordo.

Ni que decir tiene que Marin y Beluffi llevaron a cabo un gran número de simulaciones con diferente número de tripulantes. Empezaron por un hipotético equipo inicial de 50 personas (25 parejas reproductoras), pero con esa tripulación más de la mitad de las simulaciones fracasaba estrepitosamente.

De esta forma, y a base de ir incrementando el número inicial de tripulantes, los investigadores llegaron a la conclusión de que el mínimo viable era de 49 parejas, o 98 personas. Con eso se garantizaban el 100% de probabilidades de que un grupo genéticamente sano lograra llegar finalmente al lejano exoplaneta.

A pesar de la gran robustez de su modelo, los propios Marin y Beluffi alertan sobre un par de variables de suma importancia y que será necesario tener en cuenta. Por una parte, la deriva y mutación genéticas podrían tener, después de 6.300 años, una gran influencia sobre el resultado final. Por otra, y aunque la nave vaya equipada con escudos que protejan a los tripulantes de los nocivos rayos cósmicos, su efecto acumulativo a lo largo de tantas generaciones podría llegar a tener consecuencias imprevistas.

Por desgracia, los autores no tienen en cuenta otras posibilidades, como sería la de que en apenas unos cientos de años, o incluso unos pocos miles, la tecnología en la Tierra pudiera haberse desarrollado hasta tal punto de convertir en obsoleta la misión. En ese caso, otras naves mucho más rápidas y modernas darían alcance, quizá solo en unas horas, a la que primera que partió tanto tiempo atrás…

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