Aburridos de verse postergados, los gendarmes han recurrido al mecanismo que en Chile garantiza la respuesta de las autoridades: la protesta. El paro con el que amenazaron es ilegal y el acuartelamiento que realizaron la noche del martes bordea la insubordinación, pero esos detalles no importan si, a cambio, consiguen atraer la mirada del gobierno.

En una época en que la atención dura tanto como un mensaje de Whatsapp, tuvo que ser un video viral el que forzara el involucramiento de las autoridades en un tema largamente invisible. Las imágenes del maltrato a dos internos acusados de asesinar a una mujer pusieron el foco una vez más en las condiciones en que subsisten los presidiarios y la precariedad en que trabajan los gendarmes. Ellos son habitualmente ignorados por la opinión pública y las autoridades, obsesionados con llevar gente a la cárcel, pero olvidadizos de quienes son lanzados a una jungla donde sobrevive el más fuerte y de los encargados de vigilarlos.

Es injusto que los reos sufran una doble condena: por un lado, la privación de libertad; por otro, las condiciones inhumanas en que se produce el encierro. También lo es que los gendarmes carezcan de los medios para operar con dignidad y seguridad.

Las autoridades intentan capear el temporal hablando de soluciones que probablemente serán olvidadas cuando surja otro tema que desplace la atención del público. Mientras tanto, por estos días escuchamos desde el gobierno y el Congreso el eco de declaraciones que ya oímos antes: la necesidad de construir más cárceles; la urgencia de que en ellas sea viable la rehabilitación de los presos que facilite su reinserción futura; la demanda por acabar con el hacinamiento, la violencia y el abuso de poder entre los reos; la posibilidad de otorgar más recursos y mejores condiciones laborales a Gendarmería, etc. ¿Será en serio esta vez?

Las cárceles son el punto más oscuro de nuestro sistema penal. Sin presidios decentes ni gendarmes bien preparados, pierde sentido organizar redadas masivas, anunciar sistemas de detección criminal, aumentar la dotación de Carabineros, endurecer las leyes o lanzar campañas de seguridad ciudadana, porque la cruda realidad es que los internos hacen un posgrado criminal en los centros penitenciarios y salen de ellos decididos a delinquir. Esto ocurre lejos del público y las autoridades. Y, como éstas se han acostumbrado a ocuparse de aquello que mete ruido en los medios y las redes sociales, el problema solo recibe atención en los episodios críticos, para luego volver a la invisibilidad.

Los gendarmes se han dado cuenta del fenómeno y de cómo funciona. Por eso han forzado una crisis y ahora intentan sacar provecho a sus 15 minutos de fama.

/Columna de Juan Ignacio Brito para La Tercera

/gap