Cada una de sus apariciones, casi como si se tratara de un rockstar, viene acompañada de varias notas de prensa, de menciones del pasado, de debates sobre su vida. Y es allí cuando su apodo, por el que lo conocen todos y que suele asociarse al caos, se repite una y otra y otra vez en las redes sociales: ¿qué hizo ahora? Porque siempre hace algo.

Pero no es un rockstar, aunque a veces lo pareciera: allá en la población Villa Cousiño Macul de Peñalolén, donde nació noveno de diez hermanos, es percibido así. El «Cisarro» o Cristóbal Cabrera, el que no podía pronunciar bien la palabra cigarro, que apenas con nueve años protagonizó dos robos violentos, que a sus 14 —ya imputable ante la ley— acumuló 28 detenciones por distintos delitos, y que pasó algo así como la mitad de su vida entre rehabilitaciones y centros del Sename, construyó un personaje inigualable en torno a ese historial.

De hecho, dicen, «Cisarro» es un nickname que odia. No permite que cualquiera lo llame así: solo otros jóvenes, sus pares, tal vez las pretendientes. Entre todos ellos, debe mantener intactas sus credenciales, acaso lucir un CV delictual que sumó su último episodio el 30 de julio de 2019: ahí, machete en mano, Cabrera ingresó a una vivienda en Buin, acompañado por otros dos tipos. Amenazaron a la pareja y sustrajeron cerca de $30 millones en vehículos, joyas y otras especies, antes de darse a la fuga.

«¡Ya, conchetumadre! Pásame toda la plata, los dólares y las joyas, estamos dateados, así que apúrate o te voy a matar», gritaba esa noche fuera de sí el «Cisarro» mientras apuntaba a Valeria, la dueña de casa. Así lo recordó ella, como una suerte de película de terror, un mes después del robo, en Revista Sábado. También, contó, apuntaron con un arma de fuego a su hija, de tan sólo tres años.

Un rápido operativo dio con los delincuentes, incluido Cabrera, en el Río Maipo. El joven, en esa ocasión, intentó huir lanzándose al agua. Debió ser rescatado por los propios carabineros. La jugada, esta vez, le salió cara: ayer, primera vez juzgado como adulto, el «Cisarro» recibió una pena de 10 años y un día de presidio.

Los años de falsa ilusión

La noticia, ese 30 de julio de 2019, debió ser un cachetazo para quienes forman parte del Sename de Tiltil y, durante sus tres años de reclusión, observaron un progreso no menos increíble que improbable en la vida de Cristóbal Cabrera. Porque sí: ese progreso, en algún momento, llevó a pensar que el joven podía aspirar a otro futuro, corregir su camino. Hubo ilusión.

La vuelta fue larga: en 2015, tras ser detenido y recibir un balazo que le estampó dos cicatrices —una en el mentón, la otra bajo la boca— y le sacó varias piezas dentales, el «Cisarro» fue trasladado hasta un centro del Sename en Tiltil. Allá, contra todos los pronósticos, consiguió avanzar a pasos agigantados en el proceso de reinserción social. Nadie, de hecho, daba crédito a su renovado comportamiento versus el historial que arrastraba. Era puntual y responsable, tanto en la asistencia al colegio como a los talleres. El de bachata era su favorito, no se lo perdía.

Terminó la enseñanza media y dio dos veces la PSU. Incluso, como consignó la Revista Sábado en 2019, fue el encargado de recitar el discurso de término de año escolar. Discurso que, además, redactó él mismo. Allí, mencionó, salir del colegio fue como un orgullo: «Es un logro que nunca pensé en obtener». Además, se proponía continuar con sus estudios, para así ayudar a su mamá. Pidió ayuda para encontrar un trabajo el día que le tocara salir.

Nada de eso ocurrió.

Pese a que las buenas noticias parecían no tener final y, luego de tres años de encierro, el buen comportamiento se «premió» con una pena semicerrada, todo cambió de golpe: el «Cisarro», que ahora debía volver al mismo centro por las noches, solo para dormir, salió… y no volvió más.

A pesar de todos los consejos de sus supervisores, de haber pedido ayuda para conseguir un trabajo el día que le tocara salir y de haber prometido que se esforzaría para estudiar y caminar otro camino, Cristóbal Cabrera volvió a su casa en Peñalolén.

Allá, donde era rockstar, donde lo querían y respetaban, aunque fuese por robar.

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