La esfera del debate público se encuentra bajo amenaza de secuestro por algunas corrientes totalitarias que buscan imponer sus visiones de mundo como las únicas aceptables y censurar los discursos que disienten. Su arma de combate es moralizar el debate. La estrategia consiste en imponer el punto de vista apelando a un sentimiento de superioridad moral, que vuelve superfluos los argumentos y genera un binomio entre “buenos” y “malos”. La “moralina” sirve para descalificar los puntos de vista contrarios, sin hacerse nunca cargo de ellos, pues opera denostando al oponente. La demonización de la posición del contrincante busca silenciarlo, desprestigiándola a tal punto que sea vuelva socialmente costoso defenderla. Ello funciona como una amenaza para todo aquel que quiera introducir un matiz y reflexionar sobre la posición contraria. Quien esté dispuesto a dar este paso tendrá que pagar un costo alto, esa es la mejor forma de amenazar el debate. Este costo es el que han tenido que pagar Rafael Gumucio o Sofía Correa, entre otros, que han osado atentar contra la hegemonía discursiva hoy imperante.

Los nuevos guardianes de la moral son talibanes a la hora de defender la diversidad y las minorías, pero absolutamente intolerantes con aquella diversidad o minorías que no piensan como ellos. Juzgan a los demás desde un pedestal y no dudan de catalogar de violentas las opiniones divergentes. Como decía Churchill, “para algunas personas la idea de libertad de expresión consiste en ser libres para decir lo que ellos quieran, pero si alguien los contradice eso es considerado una atrocidad.”

En el fondo de esta actitud yace la convicción de que el disenso no es legítimo, de ahí el empeño en deslegitimarlo. Este intento de hegemonizar el debate supone un desprecio por la democracia y contiene el germen de la tiranía. La democracia, en su esencia, reconoce no solo la diversidad de visiones de mundo que existen en una sociedad, sino que también valora y legítima esta pluralidad. Este principio básico y fundamental de la democracia lleva a que las diferencias políticas se zanjen en las urnas. Creer que unos están en lo correcto y otros del todo equivocados revela una subestimación del “otro” y, más grave aún, la negación de las posibles legítimas diferencias que albergan las sociedades globalizadas y pluralistas, que no se dejan reducir todas a intereses particulares o simplemente al paradigma de “ricos” y “pobres”, “malos” y “buenos”, “abusadores” y “abusados”, “derecha” e “izquierda”. Ello solo puede ocurrir cuando no vemos que en el otro hay un “tú”.

La censura imperante denota una certidumbre preocupante sobre lo que está bien y lo que está mal. Esta certidumbre es peligrosa, pues destruye el pensamiento crítico, lo vuelve algo obvio y nos deja cual manada entregada al pensamiento de masas, que no es otra cosa que la renuncia a pensar. La libertad de expresión es incómoda, pues protege precisamente las opiniones que más nos molestan. Pero es preferible convivir con la incómoda e incluso enervante publicidad de quienes piensan radicalmente distinto que nosotros, a aceptar un discurso cuya violencia radica en el intento de homogeneización.
El desafío que implica para la sociedad y para cada uno de nosotros no tener certezas morales no es menor, exige humildad, deferencia, respeto, pero al mismo tiempo ello no puede significar que no tengamos posición y que no la defendamos. Esta precaria condición humana, que nos muestra los límites de nuestro propio conocimiento y también de nuestros fundamentos éticos, es clave no olvidar, pues nos invita a ser críticos, nos abre los ojos frente al totalitarismo y es nada menos que condición de posibilidad para una sana convivencia humana.

/Escrito por Sylvia Eyzaguirre para La Tercera

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