El mundial de fútbol ha logrado despertar en muchos de nosotros una “sana envidia” (¿?) al ver a los hinchas de los países participantes vibrar con sus selecciones, no sólo en los estadios rusos sino en diversas partes del mundo, incluso en los más variados restoranes de nuestra capital.

Mientras en todas partes campean las caras pintadas, las pelucas de colores, las banderas y las vuvuzelas, nuestros futbolizados parroquianos se limitan a cruzar débiles apuestas o a aventurar osados pronósticos; nada que hacer… ¡no estamos en las grandes ligas!

Lo anterior, a pesar de ser una constatación esencialmente deportiva, advierte sobre un aspecto político estratégico no menor: la importancia de levantar banderas que unan, que movilicen voluntades y que generen sanas pasiones, que consigan que, al margen de las diferencias que siempre van a existir… ¡todos nos pongamos la misma camiseta… la rojita!

Mi escéptico lector estará pensando que esa aspiración no es más que un “delirio mundialero” sin cabida en una sociedad política fragmentada como la nuestra, donde priman los individualismos, los mezquinos intereses, y donde los representantes políticos, que debieran convocar  y movilizar las voluntades ciudadanas, sufren el mayor de los desprestigios.

Quienes así piensan, tienen en parte, algo de razón, pero el punto es que ello ocurre porque desde hace algún tiempo nuestro país perdió lo que los expertos llaman… “el relato”.

Nuestra realidad se mueve sin cuento, sin sueños. Todo no es más que una sucesión interminable de presentes episódicos, datos, estadísticas, acusaciones, recusaciones y de un cuanto hay.

Hemos perdido -no la clasificación al mundial- sino algo mucho más importante, ese reconocimiento que: en lo político, lo económico, lo social, lo aspiracional, a nivel mundial se le otorgaba a nuestro país, y que nos ha disminuido ese entusiasmo que brota cuando se comparte un “destino país”.

Como “todo el que critica tiene que proponer algo…” pienso que un camino (no el único) sería que la sociedad política y en general todos los actores (grandes, pequeños, de allá o de acá)  concentremos los esfuerzos en robustecer ese intangible que podríamos llamar: “el alma nacional”.

Desde una mirada más futbolera, esta mundialera propuesta no tiene nada de sofisticado; es sólo una cuestión de actitud, es equivalente al /chi, chi, chi, le, le, le, chileeeeenochileeeeeno de corazón/.

No se trata de renunciar a nada, sino más bien de reinstalar “un relato”, de activar un intangible, de potenciar las energías disponibles, de nutrir el cuerpo social y productivo de nuestro país, con nuevos bríos y renovado entusiasmo… ¿será mucho pedir?

Por último y conciente de que “el relato” como concepto se ha convertido en un término poco doctoconcluyo que el mundial ha sido una feliz oportunidad para pensar en que debemos cambiar nuestra actitud de “sangre de horchata” y que debemos fortalecer los vínculos sociales y las fuerzas motivadoras que le dan sentido a nuestro ser nacional… ¡de una vez por todas, pongámonos la camiseta!

/Por Cristian Labbé Galilea para Chile Merece