La multitud reunida el domingo 1 en El Zócalo, la famosa explanada en el centro de Ciudad de México, estaba en shock. Desde el año 1982 que un candidato no obtenía, además del sillón presidencial, la mayoría de ambas cámaras del Congreso y la mayoría de las gobernaciones en disputa. El impacto por el triunfo del izquierdista Andrés Manuel López Obrador en las elecciones generales excedió las fronteras. En una región marcada por gobiernos de derecha, la victoria del líder del Movimiento Morena fue aplaudida, como si se tratara de un éxito propio, por las izquierdas latinoamericanas. Chile no fue la excepción.

“Los pueblos de México y Chile se encuentran profundamente hermanados y vinculados por su identidad latinoamericana. El Partido Socialista de Chile saluda el triunfo del movimiento popular mexicano, representado por el compañero Andrés Manuel López Obrador, y formula un llamado a todas las fuerzas populares y progresistas de la región a profundizar la lucha contra el neoliberalismo, por la paz, la cooperación y la integración”, señaló la declaración enviada por la directiva del PS chileno, celebrando “con entusiasmo” el triunfo del político tabasqueño.

Una emoción compartida por dirigentes del PPD y de otros partidos de la centroizquierda chilena, que han resaltado en los últimos días los vínculos de Amlo (acrónimo de Andrés Manuel López Obrador) con Chile, pero que no se vieron reflejados hace un año, cuando el entonces fundador y líder del movimiento Morena, quien ya aparecía en las encuestas como la principal carta para ganar la presidencia, salió por tercera vez en su vida de México, para visitar Chile en una gira clave para su proyecto político.

En las casi 36 horas que pasó Amlo en Chile, se reunió brevemente con la Presidenta Michelle Bachelet y con el entonces candidato presidencial del PRO, Marco Enríquez- Ominami. Aunque había manifestado interés por sostener otros encuentros con algunos próceres de la ex Concertación “de la talla de los exmandatarios Ricardo Lagos y Eduardo Frei”, estos finalmente no se gestaron. Tampoco fue recibido por el PS, ni por otros partidos de la centroizquierda chilena.

Fue en la primera semana de julio de 2017, recuerda el entonces embajador de Chile en México y extimonel socialista Ricardo Núñez, que recibió un llamado telefónico de Héctor Enríque Vasconcelos. El futuro canciller de Amlo, diplomático de carrera y heredero de un apellido de esos que en México hace muy difícil no atenderles el teléfono -es hijo de José Vasconcelos, creador del Ministerio de Educación mexicano y el hombre que llevó a Gabriela Mistral a colaborar allá en la reforma a la educación rural-, lo llamaba para ver la posibilidad de que López Obrador fuera recibido por la Presidenta Michelle Bachelet en La Moneda, en el marco de la única gira internacional que realizaría el candidato mexicano y cuyo objetivo principal era mostrarlo cercano a gobiernos progresistas moderados de la región, lo que ayudaría a morigerar, en parte, la caricatura que se había construido en relación a su apoyo al gobierno del venezolano Nicolás Maduro y a los países del Alba.

“No se tocarán temas candentes para Chile ni México”, le propuso Núñez, preocupado de que López Obrador pudiera salirse de libreto y hablar en favor de la demanda marítima boliviana en pleno Palacio de La Moneda. Los socialistas chilenos, y en especial la generación de dirigentes que vivió el exilio en México, se había relacionado con el Partido Revolucionario Institucional (PRI), el que les abrió las puertas tras el golpe de Estado. Los afectos personales estaban con algunos dirigentes del ala “democrática” del PRI, en particular con Cuauhtémoc Cárdenas, quien más tarde fundaría el PRD.

Recién el 2003, cuando ya era jefe de gobierno de la Ciudad de México, Luis Maira y Gonzalo Martner se reunirían por horas con él, cuando gran parte de la izquierda chilena ya empezaba a mirarlo como un político “particular” y populista. Y aunque insistieron en invitarlo a Chile, Amlo les dijo que no tenía interés. “No tengo pasaporte”, comentó.

Debieron pasar 14 años y tres campañas presidenciales para que Amlo pensara en venir a Santiago.

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Llegó de madrugada, el martes 1 de agosto de 2017, a bordo de un vuelo comercial y en clase turista, fiel al estilo de austeridad extrema que ha impuesto a su vida política y a su discurso anticorrupción y en contra de los privilegios. Cuando se desempeñó como alcalde mayor de Ciudad de México, entre el 2000 y el 2006, por ejemplo, se negó a vivir en la mansión destinada a los jefes de gobierno del Distrito Federal y la transformó en un asilo de ancianos. Tampoco usó el auto oficial, sino que manejó su viejo Datsun de los años 80.

Sentado junto a él, en clase turista, iba el empresario Alfonso Romo Garza, dueño de una fortuna económica en áreas agrícolas, biotecnología y finanzas. Completaba el grupo César Yáñez, vocero de la campaña.

En el aeropuerto no los esperaba nadie. Ni siquiera una escolta de seguridad. Por sus propios medios se trasladaron hasta el Hotel Panamericano, en calle San Antonio, en pleno centro de Santiago, donde habían reservado habitaciones.

Tras descansar y almorzar cerca del hotel, partieron caminando hacia La Moneda. Tenían tiempo: la Presidenta Bachelet no los recibiría sino hasta las 14.45 horas. Antes de entrar a Palacio, en la Plaza de la Constitución, Amlo se fijó en la estatua de Salvador Allende. Se detuvieron unos minutos para rendir homenaje a la figura del exmandatario.

Ya en la sede de gobierno, la guardia de La Moneda los hizo subir al segundo piso, al ala presidencial. En la antesala del Salón Amarillo, donde los mandatarios suelen recibir audiencias, los esperaba el socialista Gabriel Gaspar, a quien Bachelet había llamado hacía poco. “Gabriel, tú estuviste en México, acompáñame”, le había dicho.

Fue una cita cordial. Tras presentar a su comitiva, López Obrador le dijo a Bachelet que tenía muy presente lo que significaba el hecho de que ella fuera la primera autoridad extranjera que lo recibía. “Sé que este gesto no caerá nada bien en la coalición gobernante”, le dijo Amlo.

El líder mexicano les contó que en mayo había visitado algunas ciudades del sur de Estados Unidos, donde se reunió con migrantes mexicanos, en su primer viaje fuera de México, y que de Chile iría a Ecuador, donde el jueves 3 de agosto tendría una cita con el mandatario Lenin Moreno. López Obrador le dio a conocer cuál era su visión de México y las transformaciones que pretendía hacer de llegar a la presidencia.

Sobre la extensión de la cita, hay dos versiones. La prensa de la época habla de poco más de 15 minutos. Gaspar, en cambio, asegura que duró casi una hora.

Lo que sí es claro es que al momento de despedirse de Bachelet, López Obrador pidió visitar el memorial de Allende que está en La Moneda. Allí filmó un video que subiría a las redes sociales y en el que se refiere a Allende como “el mejor presidente de la historia latinoamericana”.

Ya fuera de La Moneda, Gaspar le preguntó a Amlo dónde estaba su auto. “Ando a pie”, le dijo el líder mexicano. Sorprendido, Gaspar se ofreció acompañarlos caminando hasta el hotel. En el trayecto, el hoy Presidente electo de México le contó que se reuniría más tarde en el restaurante del hotel a tomar un café con Marco Enríquez-Ominami, y que no había logrado agendar otras reuniones con otros políticos chilenos, pese al interés que había manifestado antes de viajar.

A ME-O lo conocía bien. El entonces candidato presidencial del PRO solía reunirse con él las veces que iba a México.

No solo eso. El domingo pasado, mientras en El Zócalo de Ciudad de México la gente aún sorprendida celebraba el triunfo del izquierdista, entre los que felicitaban al presidente electo estaban el senador Alejandro Navarro y la diputada Marisela Santibáñez, ambos del partido País-Pro. Del PS y del resto de la centroizquierda chilena, aunque también habían sido invitados, no viajó nadie.