Crisatián Labbé: ¡Si la cosa se está chacreando… hay que sacar a Portales!

    A todas luces resulta poco explicable que los militares aparezcan como seres despiadados y las victimas se muestren como inocentes intelectuales, cantautores o simplemente como ciudadanos cuyo “único pecado” era ser de izquierda

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    Cada vez que se sabe de la condena de militares por su actuar en el pasado o del pago de millonarias indemnizaciones a “víctimas” del gobierno de la fuerzas armadas, a cualquier persona meridianamente sagaz le debiera surgir la inquietud sobre si dicha información no es, además de desnaturalizada, al menos incompleta.
    A todas luces resulta poco explicable que los militares aparezcan como seres despiadados y las victimas se muestren como inocentes intelectuales, cantautores o simplemente como ciudadanos cuyo “único pecado” era ser de izquierda…. Pensar así es cómodo, es desconocer que en la historia de la humanidad todo tiene causa y efecto.
    Surge entonces la inquietud sobre el papel que, en nuestra época, deben cumplir los medios de comunicación, y la responsabilidad que sobre el tema tienen los cronistas y especialmente los  historiadores.
    Discutiendo sobre el tema, en nuestra lluviosa tertulia semanal, un desazonado parroquiano argumentó: “vivimos en una época (la posverdad) donde todo está fundado en la verdad que construyen las historias oficiales y las redes sociales; son pocos los que se interesan objetivamente por nuestro pasado”.
    “Bueno, ese es exactamente el sentido de nuestras tertulias, no comulgar con ruedas de carretas y formarse una visión objetiva e histórica de nuestro pasado y de nuestra realidad”, sentenció uno de los presentes.
    No perdí la oportunidad para remarcar que: “la historia cumple una función esencial en cualquier sociedad, porque: además de contribuir en la conformación de la identidad nacional, genera cohesión en la comunidad y cultiva el espíritu patrio; por ello, la historia está ligada a la creación y consolidación de los estados nacionales.”
    Un ecuánime y sesudo contertulio interrumpió: “lo que aquí no se ha dejado claro es que la verdadera historia (la que nos enseñó Heródoto) es aquella que reconoce que todos los bandos tienen: historias dignas de ser relatadas, héroes propios, líderes reconocidos además de posiciones, ideas y argumentos dignos de ser considerados… Nada de eso ocurre en nuestra realidad, aquí solo existe un bando y una sola verdad… la oficial; eso no es historia, eso no pasa de ser una caricatura política”.  
    Después de varios comentarios, más profundos unos que otros, alguien hizo referencia a lo inexplicable que resulta, en relación al tema de la historia, de los hombres y de sus obras, que con la instalación de nuevas estatuas (Pedro Aguirre Cerda y Patricio Aylwin) se estuviera transformando la Plaza de la Constitución y el entorno del Palacio de Gobierno en una verdadera “fantasilandia”.
    Las risas y las bromas no se hicieron esperar, hasta que uno de los más sagaces parroquianos concluyera… “dejen de preocuparse de leseras; es cierto que el primero que llegó allí -y con méritos de sobra- fue don Diego Portales. Si ahora la cosa se está “chacreando” entonces la solución es muy simple: en honor a la historia, lo que hay que hacer es… sacar a Portales y ponerlo en un lugar más digno”.
    Por Cristián Labbé Galilea para Chile Merece
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