El campeonato mundial de fútbol en Rusia no solo deja lecciones deportivas, sino que también otras de orden humano y políticas. Entre ellas destaca especialmente la que, con su conducta, ofreció Kolinda Grabar-Kitarovic, Presidenta de Croacia. La jefa de Estado asistió a varios partidos que jugó la selección de su país como lo haría un hincha más del equipo. Salvo por contar con una ubicación preferencial en los estadios, acorde a su investidura, pagó de su peculio personal todos los gastos asociados a los viajes que realizó para estos efectos y pidió que le descontasen de su remuneración los días correspondientes. Un ejemplo en orden a saber distinguir entre visitas oficiales de Estado y actividades de orden personal y, consecuentemente, entre gastos públicos y privados. Al tiempo que una muestra de austeridad en la disposición del erario de la nación. Además, todo hecho sin aspavientos, pero diáfano (transparente) para todo quien requiriera información sobre el respecto. Verdaderamente ¡digno de encomio! En fin, la Presidenta hizo lo correcto, lamentablemente poco habitual entre primeros mandatarios. ¡Qué marcada diferencia con lo que suele suceder por estas latitudes!

Grabar-Kitarovic volvió a mostrar su talante el día de la final. Alentó entusiastamente a su selección, pero frente a la indiscutible derrota de la misma a manos de Francia, no se conformó con saludar efusivamente, uno por uno, a los miembros del plantel Croata, cuerpo técnico incluido. Hizo lo propio con el triunfador elenco rival. Y un detalle no despreciable, sin protección bajo una lluvia veraniega torrencial que se desató en el momento de la premiación en Moscú. Evidenció sencillez, naturalidad y una cuota de sacrificio. Todo esto, mientras a su lado Putin, el Presidente ruso, era cubierto con un paraguas por un asistente. Ella: sin mala cara ni reclamos, tampoco bromas ante la obvia falta de mínima cortesía y caballerosidad, más tratándose de una mujer (espero no ser calificado como antifeminista por esta consideración).

La mandataria de Croacia ha dado ejemplo de un liderazgo cercano y empático, como parecen preferir los ciudadanos en las democracias contemporáneas. Pero, a la vez digno y prudente, tal como siempre se espera de toda auténtica autoridad. Su asistencia al mundial de fútbol la ha expuesto a cientos de millones de espectadores de todo el orbe y, junto con darla a conocer ampliamente, la ha convertido en una figura destacada y respetada. Sirva este inesperado salto a la primera plana para que otras magistraturas del globo valoren imitar las innegables virtudes que ella ha encarnado, por lo demás fáciles de perder u olvidar cuando se han alcanzado altas posiciones en la sociedad o la política.

/Escrito por Álvaro Pezoa para La Tercera