Cada vez que en nuestras conversaciones semanales analizamos la contingencia, aparecen invariablemente los flemáticos (por algo nos dicen los ingleses de América), a quienes pareciera que todo les da lo mismo y que no dicen “ni chus ni mus”. Pero también  asoman  los pesimistas para quienes no hay mucho que hacer… “los políticos hace tiempo que no dan el ancho”.

Entremedio de estas posiciones están “los sensatos”, los que creen que hay que despercudir a la opinión pública para evitar: que los primeros -los impertérritos- entren en ese peligroso letargo que anula toda capacidad de acción; o que los auto-flagelantes se resten a la tarea de apoyar los cambios que son necesarios.

Un sereno habitué, trató de “prestarles a todos un poco de ropa” señalando que: “la verdad es como reza el dicho popular “uno ve caras y no corazones‘, y no hay nada más cierto. Basta caminar por la ciudad o entrar a cualquier café para darse cuenta de que esa es una realidad “del porte de una catedral”.

A nadie pareciera importarle mucho lo que pasa en el país…. ¿Qué importancia tiene que la presidente Bachelet esté abogando por la libertad de su amigo el presidente Lula da Silva, condenado por ser parte de una red de corrupción sólo comparable con la mafia siciliana?

¿A quien le importa la inhumana muerte de un suboficial de 90 años en el interior de la cárcel de Colina, los efectos políticos que pueden llegar a tener, la acusación por notable abandono de deberes que pesa sobre el Fiscal Nacional Abbott, o la torcida información sobre un inexistente fraude al interior del Ejercito por 200 millones de dólares?

Cuando uno trata de responder esas preguntas, a través de la expresión de los rostros ciudadanos, da la impresión de que… todo está en “estado de régimen” es decir normal, como siempre, ahí no más. Pero también es cierto que si uno conversa con cualquier persona (taxista, asistente, empleado, despachador, etc…) da la sensación de que se ha ido perdiendo el optimismo y, como nadie quiere ver ni escuchar lo que no le gusta, es mejor y más tranquilizador… vivir como si nada pasara.

Mientras escuchaba las sabias argumentaciones de mis parroquianos, me vino a la memoria la película “La sociedad de los poetas muertos”, protagonizada por Robin Williams en el rol del profesor John Keating, quien, desafiando a un conservador claustro de viejos maestros, convence a sus alumnos de que no hay que entregarse, de que hay que luchar… “No caminen por la orilla, miren a su alrededor, atrévanse a ir lejos y encuentren nuevos horizontes”.

Después de escuchar pacientemente los  argumentos de unos y de otros, hice referencia a la citada película concluyendo que el profesor Keating fue capaz de revolucionar una simple clase de literatura atreviéndose a desafiar el conformismo y la resignación que dominaba a sus discípulos, motivándolos a que hay que vivir la vida e ir más allá, donde nadie más ha ido, porque: ¡nada es imposible!

Por Cristián Labbé Galilea para Chile Merece

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