Escribo acerca de un tema que no está “de moda”, pero que me parece relevante: se trata de la castidad.

En la actualidad no es frecuente escuchar alguna reflexión serena acerca de esta importante actitud que significa la moderación en el ejercicio de la sexualidad.

Este ejercicio está sometido a un impulso que es de suyo natural, pero que sufre los efectos de una fuerte distorsión que lo lleva a expresiones en ocasiones violentas, reflejo de un exacerbado egoísmo. En su expresión genuina, que se sitúa en el ámbito de la vida conyugal dentro del estado matrimonial entre un varón y una mujer, el ejercicio de la sexualidad genital se nutre del mutuo respeto, de la fidelidad amorosa, de las responsabilidades generosamente compartidas, de los sacrificios cabalmente asumidos, e incluso de un crecimiento espiritual que es manifestación de la adquisición de una progresiva madurez. Fuera del ámbito conyugal no es raro que el apetito inmoderado de la búsqueda de la satisfacción sexual conduzca, desde situaciones de acoso hasta hechos de suma violencia, que pueden llegar, por la vía de los celos, hasta límites verdaderamente criminales, como son los asesinatos y feminicidios, o también los abortos procurados. Pero también pueden ser manifestación no de un verdadero amor, sino de un refinado egoísmo, del todo ajeno a una visión auténticamente humana de la relación de cada cual con sus semejantes. Es el caso de la prostitución, así como de otros abusos que constituyen un violento mentís al respeto debido a la dignidad humana que debe ser considerado como un genuino deber frente al derecho ajeno de no ser atropellado ni menospreciado.

Como en todas las actividades humanas, el ejercicio del impulso sexual puede ser desordenado y llegar hasta tener características patológicas que caen dentro del campo de la psiquiatría y cuyos orígenes no han sido, hasta ahora, identificados con certeza por la ciencia. Es el caso, no el único, de aberraciones extremas, como son la pedofilia y la necrofilia, así como lo son otras distorsiones que pueden afectar en diversos porcentajes a miembros de la humanidad.

Algunos actos reñidos con la virtud de la castidad han sido considerados no solamente pecados en el sentido moral, sino también delitos en el ámbito de la comunidad, sea civil o política, sea también religiosa. En tales casos han sido objeto de justificadas penas o sanciones que expresan, por una parte, el rechazo de la comunidad, y por otra la voluntad de impedir su reiteración y de dar al culpable la oportunidad de enmendarse. Tales penas suponen su aplicación luego de un debido y regular proceso, y a partir de la presunción de inocencia, en el que se acredite la veracidad de los hechos y la culpabilidad del hechor. Los criterios para establecer las referidas penas no han sido siempre idénticos en el campo del Derecho Canónico y en el del Derecho Penal Civil. En ambos ordenamientos jurídicos se reconoce, sin embargo, la posible existencia de circunstancias agravantes o atenuantes, como pueden ser, entre otras, la reiteración, la premeditación y el hecho de valerse, por parte del hechor, de una situación de autoridad que hace más vulnerable aún a la víctima del abuso, o bien la irreprochable conducta anterior de la persona que lo cometió. Tal puede ser, y lo ha sido efectivamente, el caso de personas que han ejercido el magisterio a diversos niveles, o el de ministros religiosos. En tales casos existe una doble jurisdicción competente: la de las autoridades judiciales civiles, y la de los responsables de la comunidad religiosa, aun cuando las medidas punitivas puedan ser, en uno y otro caso, bastante diversas, en virtud de la naturaleza misma de las respectivas competencias.

La castidad no es solamente un valor humano, sino que ocupa un lugar relevante en la conducta cristiana.

La castidad es una virtud, es decir, un modo habitual de comportarse en el campo de la apetencia sexual. Se puede afirmar que la castidad es la custodia y guardiana del verdadero amor. Como muchos otros hábitos, la castidad necesita una educación y no una “educación sexual”, como si debiera impregnar necesariamente toda la actividad humana, sino una “educación de la sexualidad” que contribuya a la armonía del comportamiento humano. Esa educación es mucho más que una información acerca de la biología y de la fisiología de la reproducción, pues debe incluir la enseñanza de valores y modelos morales que sirvan para impulsar hacia comportamientos personales verdaderamente humanos y socialmente constructivos. Esa educación es necesaria a todo ser humano y lo es, especialmente, para quienes, por diversos motivos, han optado o viven en una condición celibataria. A la educación de la sexualidad pertenecen, por cierto, el cultivo del sentido del pudor, la renuncia a cualquier forma de provocación erótica, y el rechazo tanto del exhibicionismo como del vocabulario soez.

Esta reflexión sería incompleta, desde el punto de vista cristiano, si no hiciera expresa referencia a las enseñanzas bíblicas.

En el Antiguo Testamento, al lado de la mención de hechos sumamente reprobables, como fueron la conducta de los habitantes de Sodoma (ver Gén 18, 16-19, 25) y el infame adulterio del rey David (ver 2 Sam 11, 2-27), están los ejemplos de castidad del muchacho José (ver Gén 39, 7-20), del joven Tobías y de su esposa Sara (ver Tob 8, 5-8), así como las expresiones atribuidas a Job (ver Job 31, 1.9s).

En el Nuevo Testamento hay que destacar la enseñanza de Jesús, perfeccionando la redacción mosaica: “Habéis oído que se dijo: ‘No cometerás adulterio’. Pero yo os digo. Todo el que mira a una mujer deseándola, ya ha cometido adulterio con ella en su corazón” ( Mt 5, 27s). San Pablo, por su parte, afirma “no os hagáis ilusiones: los inmorales, idólatras, adúlteros, lujuriosos, invertidos, ladrones, codiciosos, borrachos, difamadores o estafadores no heredarán el reino de Dios” ( 1 Cor 6, 9b). Se trata sin duda de quienes perseveran obstinadamente en esas actitudes, sin arrepentirse de ellas. Y el mismo Apóstol inculca a los fieles de la comunidad de Corinto a valorar la castidad, argumentándoles que: “¿Acaso no sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, que habita en vosotros y que habéis recibido de Dios?” ( 1 Cor 6, 19).

En el Índice del “Catecismo de la Iglesia Católica” hay abundante material acerca de la enseñanza de la Iglesia Católica sobre este argumento.

El tema de la castidad no es, pues, fruto de una mezquina mojigatería ni de un malsano menosprecio, de tipo maniqueo, de las realidades materiales, sino que nace de la necesidad de educar y controlar nuestra naturaleza herida por el pecado y que con frecuencia apetece lo que le es grato sin la debida moderación y rectitud.

/Escrito para El Mercurio por Jorge A. Medina Estévez 
Cardenal