Tan pronto como Donald Trump ganó la carrera presidencial de Estados Unidos en 2016, un impasse tensó la relación de su futura administración con China. El entonces mandatario electo recibió una llamada de felicitaciones de la presidenta de Taiwán, Tsai Ing-wen, la primera vez que un jefe de Estado de la isla que Beijing reclama como propia habló con una máxima autoridad estadounidense en casi 40 años.

El incidente generó inmediatas notas de protesta desde el gobierno de Xi Jinping, que exigía mantener una larga tradición de respeto a la “política de una sola China”. Quedaba claro que la relación entre los jefes de las dos mayores economías del mundo sería, al menos, complicada.

Los roces resurgieron en las últimas semanas, en momentos en que ambos países se enfrentan por los aranceles impuestos por Trump. En mayo, Beijing advirtió a empresas internacionales que debían cambiar la denominación en sus sitios web a “Taiwán, China” y dio plazo hasta el 25 de julio para cumplir. Según una serie de medios, la Casa Blanca pidió a las estadounidenses hacer caso omiso. En tanto, el Congreso en Washington debate un proyecto de gasto en defensa que busca reducir la influencia china en Asia. Bejing ya ha advertido que, de aprobarse, dañará las relaciones.

Tema sensible

El estatus de Taiwán es una materia central en la política exterior china. Tras la victoria de Mao Zedong en la guerra civil, la élite que escapó del continente a la isla se presentó como heredera justa de una cultura milenaria, llamando a la isla República de China.

Entre ambos territorios rige un pacto de “un país, dos sistemas” en que Taiwán funciona con un gobierno autónomo. Pero su relación con la potencia que lo reclama como propio es tensa, especialmente en períodos en que el poder cae en manos de partidos afines a la secesión, como el Partido Democrático Progresista (PDP) de Tsai.

Así, Beijing ha golpeado la mesa cada vez que Taiwán es reconocido como una nación separada. El foro de Cooperación Económica del Asia Pacífico (APEC, su sigla en inglés), por ejemplo, habla de sus miembros como “economías” y no “países”.

En la polémica, diplomáticos taiwaneses han llamado a resistir la presión. El representante de comercio en el Reino Unido, Jo YC Hsu, escribió en una carta: “No permitan que China intimide y dicte”.

Tensión en el aire

Las aerolíneas de EEUU son las que han recibido mayor presión. Vencido el plazo impuesto por China, la Administración de Aviación Civil reportó que habían “comenzado a rectificar” el tema, aunque el cumplimiento aún era “incompleto”. Hasta el viernes, compañías como American Airlines, Delta y United aún no efectuaban la exigencia de escribir “Taiwán, China”.

Pero Washington también presiona. Según fuentes consultadas por Financial Times, autoridades de la Casa Blanca describieron la exigencia del gobierno de Xi como “un sinsentido orwelliano”, en referencia al autor de la novela distópica 1984, George Orwell. En junio, el propio FT publicó declaraciones del CEO de American Airlines, Doug Parker, quien señaló que “el gobierno de EEUU ha respondido al de China y nosotros estamos siguiendo las directrices del gobierno de EEUU”. No obstante, agregó: “No estoy seguro de que estemos obligados”.

Incumplir las órdenes del Ejecutivo chino podría complicar las operaciones de las líneas aéreas. Beijing podría llamar a sus ciudadanos a no utilizar los servicios de empresas estadounidenses -una estrategia que le ha rendido frutos en el pasado- o aumentar la presión regulatoria.

Aún inconforme con las medidas adoptadas por las compañías, el regulador aéreo advirtió la semana pasada que “pondría mucha atención” y decidiría un curso de acción.

Otras empresas también han estado bajo presión desde Beijing. Entre ellas está la española Zara, la alemana Lufthansa y la hotelera de EEUU, Marritott.

La defensa

La cámara baja del Congreso estadounidense aprobó por amplia mayoría (359 votos contra 52) la semana pasada gastos en defensa por US$ 717 mil millones. El proyecto pide al Pentágono fortalecer la defensa de Taiwán, como manera de reducir la influencia de China en la región.

El vocero del Ministerio de Relaciones Exteriores chino, Geng Shuang, señaló la semana pasada que “si esto se convierte en ley, se hará un daño severo a la confianza mutua entre China y EEUU, así como a la estabilidad en el estrecho”.

El Senado estadounidense comenzará esta semana el trámite del proyecto de ley.

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