Se afirma una y otra vez que la oposición está desarticulada, que no tiene ni ruta ni norte, que solo tira manotazos de ahogado.

Todo eso es cierto: la DC, el PPD y el PS presentan fatiga de materiales, pero esa mirada es solo parcialmente correcta si se tiene en cuenta que uno de los principales actores opositores, el Partido Comunista, no padece ninguna de esas dolencias y tiene muy claro su rumbo.

Vamos a repetirlo por enésima vez: los comunistas son distintos, son superiores, saben exactamente qué hacer en momentos de crisis. Y la actual situación en la oposición -ellos lo tienen muy claro- es de grave crisis.

Por eso, articulan su estrategia en dos direcciones, como lo han hecho tantas veces en la historia de Chile: buscan alianzas hacia su derecha -en este caso, con los partidos a los que embaucaron durante el gobierno pasado-, mientras despliegan sus mejores energías para desarticular los peligros por su izquierda: el Frente Amplio.

Lo primero les resulta muy fácil, lo consiguen de taquito, por aquella misteriosa fascinación que el comunismo produce entre las restantes izquierdas, habitualmente temerosas de que el PC las abandone o critique, y por eso, siempre deseosas de tenerlo entre sus aliados. Lo segundo, bien lo saben los comunistas desde que inventaron aquello de la desviación trotskista, es mucho más difícil de controlar, y les exige energías renovadas. En efecto, las izquierdas asistémicas y carismáticas -cuando logran alguna relevancia, como es el caso del Frente Amplio- hacen sonar todas las alarmas en el PC.

Pero, incluso en esas circunstancias, los comunistas nunca pierden la calma.

¿Cómo están enfrentando la amenaza por su izquierda? Con bilaterales; sí, mediante encuentros parcializados con los diversos actores del Frente Amplio. Justamente porque esta agrupación incluye más de una docena de grupúsculos, los comunistas ven facilitada su tarea de ir, uno por uno, trabajando a sus rivales de la izquierda. “Divide y vencerás”, a partir de un “atrae y dividirás”.

La asimetría es evidente: en Chile, los comunistas son ingenieros de la política, sólidos participantes de los juegos del poder desde hace más de cien años; a su lado, por su izquierda, un grupo de jovenzuelos que apenas han logrado armar uno que otro lego intentan privarlos de su hegemonía simbólica.

Ingenieros versus niños que apenas juegan. Nada que hacer, la contienda es desigual.

Pero al PC no le interesa ganarla frontalmente, sino por asimilación. No quiere derrotar a los frenteamplistas, sino más bien incorporar a sus filas a todos aquellos jóvenes diputados que puedan percibir las enormes diferencias que existen entre las fortalezas comunistas y la precariedad de los elegidos bajo los paraguas de Boric y Jackson. Cuando algunos de ellos se quejan de que sus colegas ni siquiera entienden qué significa la inflación o que es evidente que no son capaces de entender un presupuesto, los comunistas simplemente sonríen, y siguen avanzando en su plan de conquista. Saben que tarde o temprano -lo más tarde, cuando llegue el momento de conformar las próximas listas parlamentarias- algunos de los más capaces diputados frenteamplistas habrán sido ya suficientemente trabajados como para que duden sobre qué les conviene más con vistas a su reelección: o el sólido PC o sus minúsculos partidos.

Por supuesto, a los comunistas no se les oculta que si logran deshacer al Frente Amplio, habrán colaborado desactivando la mayor amenaza electoral para la continuidad de Chile Vamos.

Pero eso no los aproblema. El PC piensa primero y ante todo en sí mismo, y su experiencia secular le asegura que nada es peor que una amenaza real por su izquierda.

/Columna de Gonzalo Rojas para El Mercurio

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