Superficialidad y Mojigatería
Los últimos días hemos vivido como familia una vorágine de emociones motivada por infundados ataques personales. Personas totalmente ajenas a nuestras vidas y dinámicas, a nuestro entorno y contexto familiar, han revoloteado alrededor del nicho y a costa de nuestras vidas para sacar provecho; para obtener rating, para sacar réditos políticos, para ejercitar la verborrea y practicar la hipocresía, o simplemente por deporte y llenar un espacio de común y frívola conversación entre pares que, aparentemente y de forma lamentable para ellos, no tendrían otra distracción o estímulo intelectual que desarrollar. Una exhibición dantesca y despiadada de superficialidad y mojigatería ha intentado desvirtuar el honor de una persona. Acusaciones basadas en chismes, en dimes y diretes, en vaguedades, en interpretaciones de miradas, de gestos, de potenciales situaciones, de silencios y de espacios. Todo sobreinterpretable, todo en un terreno fértil para la desidia, el desencanto y, sobre todo, el interés calculado de causar daño fríamente. Me pregunto en qué momento una persona que iba un día a la semana y sólo para efectos de realizar un programa trasmitido en vivo, que no llegaba mucho antes de comenzar éste y se iba a su hogar ni un minuto después de terminado, tendría el tiempo de acosar, acaso abusar, de personas, todas adultas, que trabajan en peluquería o maquillaje. Me pregunto si alguien pensó en qué espacio, en una sala donde habían 2 o 3 personas más siendo maquilladas al mismo tiempo, espacios físicamente amplios, abiertos, llenos de personas circulando, idas y venidas de camarógrafos, productores e invitados, podría haber existido una relación de abuso. Si fue así, sería preocupante el silencio cómplice de la veintena de personas presentes, muchos de ellos connotados comunicadores que, claro está, son bastante más populares y de opiniones de mucho más fácil congruencia con el ambiente políticamente correcto que rige en el momento.

Mi papá es una persona de gustos simples, tranquilo, con un humor oscuro y brutal (a mi gusto, el único tipo de humor que se puede catalogar como tal), con un carácter fuerte, una paciencia disminuida con los años, una generosidad infinita, algo muy serio y parco a veces, otras tantas con un humor exquisito y encantador, y con un desencanto generalizado hacia las personas, sobre todo cuando éstas actúan en masa e impulsadas más por la emocionalidad que por su intelecto. Mi papá se queda en casa todo el tiempo que le es posible. Pasea en su patio generoso y desordenado de variedad de plantas, lee y escribe en su estudio atiborrado de textos, escucha jazz y música clásica, transita entre perros y gatos recogidos y rescatados, todos feos, todos viejos y algunos incluso cojos, le gusta regar sus árboles y los del resto de la cuadra hasta donde le alcance la extensión de la manguera, pues considera que sus vecinos no riegan lo suficiente que amerita el orgullo de esos árboles. Lo he visto incluso llenar un balde y avanzar media cuadra hasta llegar a uno que considera “abandonado” por quien no merece el título de su cuidador. Adorador de sus hijas; todas mujeres, todas fuertes, todas independientes, todas con empuje, algo de exceso de personalidad y quizás demasiada seguridad. Las “hermanitas Villegas” vimos en él a nuestro primer ejemplo de feminismo. Suena ridículo porque lo es, porque utilizar un término manoseado le quita contexto a la palabra. Mi papá nos enseñó a ser poderosas y aguerridas, a devolver el puño si alguien nos levanta la mano, nos enseñó a defender nuestras causas, a no tenerle miedo al qué dirán, a decir lo que pensamos, a enfrentar el mundo aunque estemos solas contra éste, y a enfrentar el fracaso con la mirada en alto, esa mirada que quienes nos conocen, tan bien saben interpretar. Hombre acogedor, padre contenedor. Fue él quien nos despertaba cada mañana y llevaba al colegio mientras mi madre iba a su oficina a trabajar y, asimismo, era él quien nos recogía en la tarde y nos cuidaba en casa después. Nunca nos trató distinto porque nunca fue condescendiente, y es por eso que lo considero el primer feminista en mi vida: porque nació el año 49 y nunca nos trató con un paño de seda ni suavidad alguna. En cambio, nos trató igual que hubiese tratado a su hijo de haber nacido alguna de nosotras varón. Hijo de una madre generosa, divertida, comunista, encantadora, sola, sola con dos hijos, siempre mejor sola que mal acompañada. Lucía, Lucy para la familia, es el estandarte de inspiración de mi papá. Porque su ejemplo de fortaleza tiene forma y nombre de mujer, y es ella en tanto que él fue su eterno protector, su cuidador, su discípulo.
Mi papá tiene 69 años. Para ustedes, la mayoría por lo menos, e incluso yo, considero el denominado piropo más como un acto obsceno que como una palabra de ánimo y buena educación, pero si nos dejamos de mirar el ombligo entenderemos que eso es así desde hace aproximadamente, algo así, como 5 minutos atrás. Por eso que reinterpretar y resignificar actos de galantería, de coquetería, o gestos sin ninguna de esas intenciones, ocurridos hace 30, 20, 15, 10 o 5 años atrás, no tienen sentido alguno. Y si dijo pachotadas, y si piropeó como todos sus pares a quiénes sólo los diferencian de él que no son “el Villegas”, y si incluso tuvo tensión con alguien o un acercamiento, ¿aun así es suficiente para colgarlo en la plaza pública? ¿Amerita que dos medios de comunicación lo dejen sin trabajo de un día para otro; en uno de los cuales llevaba más de 25 años escribiendo? Y todo esto por chismes que, como dijo un amigo: “y aunque todo fuese verdad, no alcanzan ni para llamar al apoderado”.

Me duele no ver el mismo ímpetu con los abusadores de verdad. No veo la misma indignación con las portadas del The Clinic, pues esa capacidad de insistir, tercamente, con utilizar el cuerpo femenino de manera superficial es casi digna de un premio a la perseverancia por parte de este medio. No veo indignación cuando se comparten videos sexuales privados de los Nelson Mauri, las Vale Roth, las Buena Naty, etc. Vi una cuarta parte del reproche con el caso de Abreu, de Nicolás López, los finos comentarios en twitter de Baradit, y un largo etcétera. No vi ese nivel de indignación casi devota, casi prisma, de los paladines del progresismo y lo políticamente correcto cuando ameritaba para con sus pares, en sus casas, en todas y cada una de sus relaciones interpersonales. En cambio, veo en los matinales y los programas de cuestionable nivel cultural, a las animadoras darse piquitos, ser piropeadas en vivo, veo cómo se sonrojan y ríen coquetas, veo cómo bailan y veo hasta un punto delirante de narcisismo el exceso de selfie, de sensualidad y sexualidad en los medios, en las calles, en todos y cada uno de los rincones de nuestras vidas.
Mención honrosa a la manera en que se omitió, olímpicamente casi y de una forma que envidiaría el mismo Hércules, todos aquellos relatos de personas que trabajaron o trabajan con él y señalaron que no había fundamento alguno en esta chanchada elaborada por el The Clinic y sus secuaces. Me pregunto por qué nadie llamó a la nana que trabajó 19 años dentro de casa y la respuesta aparece obvia: porque su relato no les servía para el objetivo final y evidente del reportaje publicado.

Maltrato laboral.
Me gustaría detenerme aquí de manera breve, y es que tales acusaciones de maltrato y acoso laboral fueron las únicas capaces de sacarme una carcajada. Gracias por eso. Gracias por darme el pasegol para comentar lo siguiente: mi papá trabajó más de 25 años para un canal de televisión siempre con el bien ponderado y útil concepto de “contrato de honorarios”. Lindo y conveniente esquema para las empresas. ¿Lo conocen, no? 25 años sin recibir ningún peso, ni uno solo, de cotizaciones previsionales, seguro de cesantía o salud. Lo más irónico, Kafkiano o a mi juicio el concepto que engloba mejor todos estos últimos días; Springfealdiano (en referencia a la ciudad en que habitan los personajes de “Los Simpsons”) de todo esto, es que en ese contexto se le haya acusado de abusar de su posición de poder contra otros trabajadores, hombres y mujeres, cuando él nunca tuvo peso ni influencia para mover ni una guirnalda de decoración navideña en el set. Como ya comenté, se tomaba la molestia de salir de su casa para ir el tiempo justo y necesario a grabar el programa en vivo. Nunca tuvo el poder de contratar o pedir el despido de nadie y ahora lo acusan de ¿abuso sexual? Cómo si no tiene poder alguno sobre ninguna mujer; ¿maltrato laboral? Sin comentarios; ¿Ser el causante de finalizar dos o tres programas de televisión? Menos mal Tolerancia Cero duró solamente 15 años al aire…

Un dolor propio.
Mientras la familia sobrevive a este balde de caca y vómito, a la vez que nos recomponemos y pensamos en el futuro, surgen situaciones dolorosas de digerir para cada una de sus integrantes. La condescendencia de quienes te “apoyan” mientras te miran con lástima; las preguntas del tipo si “le creemos” o “defendemos” a nuestro ejemplo de vida y fuente de orgullo; o si acaso hemos ido a visitarlo a casa, no vaya a ser que seamos lo suficientemente crédulas para darle mérito a toda esta canallada y linchamiento asqueroso del que hemos sido objeto. A todas estas personas que se tragaron de forma obscena el reportaje, a todos quienes pareciera que querían creerlo, a todas aquellas amigas/os de infancia que, pese a haber visitado infinitas veces mi casa, pijamadas, fiestas, tardes enteras, a todas estas personas que nos conocen en la intimidad, que saben cómo es y funciona nuestro núcleo; todas ellas son causantes de un dolor más grande que el que pudo haber ocasionado el reportaje propiamente tal. Todos quienes nos conocen, a mis hermanas, mi madre y a mí, saben perfectamente de dónde venimos. Saben perfectamente que no venimos de un hogar resquebrajado por dinámicas de abuso, por ejemplos de acoso ni nada, pero nada que se le parezca. La verdad es que pensé que eran un poco más inteligentes y capaces de leer críticamente entre líneas. Al parecer aquellas empresas de lobby o manejo de crisis hicieron muy bien su trabajo de desviar el foco de los verdaderos abusadores y darle a la vox populis la ejecución que tanto disfrutan. Y pese al gran apoyo que hemos recibido de diversas fuentes y personas, a todas quienes les agradecemos de corazón, no faltan tampoco los silencios cómplices, la falta de mensajes o llamadas, el frío y lapidario actuar de alguno/as que se consideraban cercanas. Su ausencia ha sido lo más presente estos días.

Lo importante.
Sin embargo, pese a que ha sido una semana terrorífica, ha sido también una semana de unión familiar – alrededor siempre de una botella de vino, riéndonos de la falta de intelecto de tantos o del aprovechamiento mediático de otros -, de nuevos proyectos y de encontrarse con esos amigo/as leales – la mayoría – que nos han llenado de cariño a nosotras y a mi papá, o personas desconocidas que han tenido la decencia de partir leyendo lo publicado y han contado con la lucidez de entender su falta de fondo y que nos han humildemente enviado mensajes de apoyo que nos han servido para subir el ánimo. A todos, gracias infinitas, aquí seguiremos igual que siempre, disfrutándonos a concho, peleando por tonteras, conversando horas de la vida, regando los árboles y alimentando algún que otro nuevo perro allegado.

En fin, que tengan y tengamos todos la bondad y amabilidad de irnos un rato a la chucha. Nos vemos a la vuelta.

Florencia Villegas D.