Como he reiterado en columnas anteriores, la nueva Constitución es una instancia única, histórica y quizá irrepetible. Es la oportunidad que tiene el pueblo de ejercer la soberanía que le corresponde, como una manifestación del poder constituyente originario, vale decir desde la vía representativa, pero en el mejor de sus escenarios, uno muy distinto al que estamos acostumbrados, donde la democracia se ejerce desde una representación a distancia, lejana y muchas veces corrupta y servil.

El sistema actual nos otorga el derecho de elegir un representante, más bien un protagonista, que se presenta como una solución a todos nuestros problemas y que nos invita a seguirlo, cual flautista de Hamelin, pues nuestro voto, por ende el respaldo ciudadano, le permite involucrarse y ser uno más en las cúpulas de poder, a veces molestando al sistema, otros útil al mismo y, en la mayoría de las ocasiones, aprovechándose de dicho sistema, pero siempre como una figura que no podemos controlar y que desde el Olimpo nos representa sin necesidad de rendir cuentas, salvo para sus jefes políticos o económicos y/o para sus financistas, tanto oficiales como velados, pero no para aquellos que lo pusieron en dicho lugar. Y esos no fueron sus correligionarios ni sus recursos, fue el pueblo, que manifestando su voluntad soberana le dio un mandato de representación que lamentablemente pocos respetan.

Afortunadamente despertamos.  Y cuando tuvimos la oportunidad de terminar con la Constitución de la Dictadura más sangrienta de Latinoamérica, dijimos fuerte y claro basta de abusos, aprovechamos esa instancia y, con gran participación y con una diferencia aplastante, aprobamos el cambio constitucional y dejamos establecido que esta decisión se generaba en el pueblo y en la ciudadanía, no en los colores políticos, incluyendo en ello a los lobos con piel de oveja, a aquellos que dejan de lado sus cargos y responsabilidades para buscar un cupo en la Convención Constitucional, ni tampoco a aquellos que desde una supuesta independencia van de la mano de los mismos de siempre y por ende defienden su causa, y que usted, al igual que yo, sabemos que no es la nuestra. Ellos no harán cambios, porque no les conviene y porque sus jefes no lo permitirán; a lo más nos darán algún cariñito o maquillarán el sistema, lo que demás está decir merecemos, por aguantar tanto tiempo de abusos permanentes y sistemáticos.

Este es el escenario de hoy, el de la elección más importante de los últimos 30 años, donde debemos elegir a representantes, no protagonistas, para que decidan cuál será la cancha donde jugaremos, como país, el partido de nuestras vidas. Por ello, debemos exigir que quienes ocupen los puestos de poder respondan al pueblo y a la ciudadanía, cumpliendo un rol de portavoces y dejando de lado el protagonismo que tanto les gusta y que les ha llenado sus bolsillos. Deben ser fieles gestores de la ciudadanía, representando a cada una de sus regiones y territorios y a quienes, con el voto, les dimos esa posición de poder.

Llegó la hora de cambiar las formas de hacer política. Esta debe manifestar nuestra voluntad y no la de unos pocos. Murió la vieja política y con ella los líderes y caudillos que se presentaban como nuestros salvadores, también aquellos qué desde el populismo y el púlpito proveniente de la fama, del acceso a los medios de comunicación, de los contactos, de los financistas o sus jefes, nos dan cátedra como si no supiéramos manejar nuestras vidas o el destino de Chile. La nueva forma de hacer las cosas implica hacerlas de frente y de la mano del pueblo y de la ciudadanía, conociendo y recibiendo sus propuestas y no imponiendo las propias; poniendo el interés colectivo y el bien común al centro y dejando de lado el egocentrismo, pues sin nosotros ellos ni siquiera existirían.

El nuevo sistema político debe establecer una democracia directa, que nos permita remover, vía referéndum revocatorio, a las autoridades que no respondan a nuestro mandato, desde los liderazgos locales hasta el propio Presidente; que posibilite manifestar nuestra voluntad y los obliguemos a discutir vía moción popular, presentando proyectos de Ley y que estos dejen de ser redactados por intereses propios; que los grandes temas país los decida la ciudadanía mediante plebiscito o consulta; que respete el Derecho a la autodeterminación de los pueblos, consultando a los pueblos originarios en aquellos temas atingentes; y que establezca la figura del Defensor del Pueblo, de forma tal que el actual desamparo de la ciudadanía frente a los abusos encuentre respuesta efectiva a nivel jurisdiccional; así como otros mecanismos de democracia directa, control y participación que nos permita recuperar el poder y la soberanía, y quitarlos de las manos de los que usurpan de el. No necesitamos de los mismos de siempre, que se presentan como superhéroes o mesías salvadores y en realidad parecen Lucifer.

Pero mientras esto no ocurra es nuestra responsabilidad exigir que la democracia representativa  se materialice de forma efectiva, por una parte dando nuestro voto a aquellos que realmente gozan de independencia, tanto económica-política como ideológica, sin dejarnos engañar por falsos independientes que integran las listas de partidos políticos y que, por tanto, trabajarán para ellos; y, por otra, exigiendo, en nuestro rol ciudadano y democrático, que estos representantes respondan y actúen de forma clara y transparente a sus electores, fiscalizando que el trabajo de la futura Convención sea de cara a la ciudadanía, que no exista posibilidad alguna de reuniones secretas, que no haya lobby y que todas y cada una de las sesiones se transmitan en vivo, buscando con ello total transparencia y publicidad.

Los Constituyentes deben estar en contacto y deliberación con la ciudadanía de sus territorios mediante asambleas, cabildos y otras instancias, de tal manera de que el colectivo determine y dirija su actuar, siendo la participación ciudadana la base de su trabajo. En definitiva, que cumplan con el mandato que el pueblo soberano les entrega y que hagan honor al mismo. No es tan difícil, basta con ser representante y no protagonista.

/por Leonardo Escárate, abogado, candidato constituyente independiente por la Región de Tarapacá e Iquique

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