Cien mil personas fueron a la convocatoria del 25 de junio, para la sexta marcha por el aborto libre en Santiago. Todos desfilaron por la Alameda, gritando consignas por el fin del patriarcado y la igualdad de género. Un hito más para la llamada ola feminista en Chile, la que ha marcado toda la agenda pública de este año.

Todo eso solo pasó en las calles. A pocos metros de la movilización, en la Galería Santiago, la vida siempre sigue más o menos igual. Los guardias cerraron las persianas por temor a los manifestantes, pero los únicos que llegaron esa tarde fueron clientes habituales.
El lugar es un clásico del centro y parece una especie de laberinto. En el primer y segundo piso está lleno de sastrerías, joyerías y perfumerías. Pero la mayoría de las personas que llegaron hasta las persianas cerradas querían pasar al subterráneo. Ahí donde están los locales de vidrios polarizados y las luces de neón.

Llegan oficinistas a tomar café en locales como el Alí Babá, Marilyn o el Isis. Pasan directo a hablar con las garzonas, a las que saludan de abrazo y beso en la boca. Las mujeres esperan en bikini, siempre sonrientes, ofrecen café y están dispuestas a escucharlos por un rato. De fondo suena un extraño mix de reggaetón, bachata y rock.

Los clientes pocas veces quieren hablar de feminismo, de aborto o del patriarcado.

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Marlene quería parecerse a Cecilia Bolocco, la Miss Universo, la animadora más importante de la televisión chilena en los 90. Estudió su forma de vestir y se dio cuenta de que había ganado el concurso de belleza usando poca cantidad de maquillaje.

Dejó de lado el delineador negro, la base, la sombra de ojos, el rubor y los lentes de contacto celestes y verdes. Quería verse más elegante, como la Cecilia Bolocco.

Lo único que no cambió fue su labial favorito. Ese que le encargaba a un amigo que trabajaba en una farmacia. “El de color rojo más maraca intenso que tengas”, le pedía, cuenta hoy.

Ese color le funcionaba bien en el Café Cousiño, donde entró a trabajar en 1994. Era el inicio del boom de los cafés con piernas. Tenía 24 años y llegó al local por necesidades económicas; antes había trabajado como educadora de párvulos, pero no le alcanzaba para vivir.

En el café le pasaron un vestido sin mangas, demasiado corto. Tanto, que los primeros días se preocupaba muchas horas por estirarlo para intentar no mostrar tanto. También se tuvo que acostumbrar a los tacos de 15 centímetros.

MARLENE TRABAJA DESDE 1994 EN CAFÉ CON PIERNAS. PARTIÓ DE GARZONA Y AHORA ATIENDE LA CAJA.

Con la plata que ganó compró un auto y un departamento. Abandonó la profesión en 2004 y se fue a trabajar con un abogado. Cuando su jefe murió, en 2012, decidió volver al café. Esta vez trabajando atrás de la caja. Los años habían pasado y ya no tenía el físico de una Miss Universo. Ahora atiende en el Blumenau, que está en la Galería Alessandri, del centro de Santiago.

Marlene ha sido testigo de toda la historia de los cafés con piernas, con algunos locales que ya superan los 25 años de existencia. Ella vio a los carabineros clausurar varios lugares, a políticos hacer campaña con las mujeres del Barón Rojo y la precariedad laboral de los primeros años.
“Hay mucho prejuicio. Mientras la gente no conozca el tema, habla en vano. Que entren y observen, para que vean que no es como creen”, invita Marlene.

Ella ya no usa los labios rojos. Ahora prefiere el color café.

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El movimiento feminista no ha definido una posición única respecto de este tipo de trabajo. Algunos colectivos han criticado el rubro por el uso que hacen del cuerpo femenino, pero -salvo incidentes puntuales- nunca se han hecho manifestaciones o funas contra este tipo de locales.
El problema es que hay una dualidad no resuelta: en esos espacios las mujeres son claramente cosificadas por hombres, pero son las trabajadoras quienes disponen de su cuerpo y de esa manera -alegan ellas- logran cierto empoderamiento.

“Las mujeres que son estigmatizadas por trabajar ahí: ese es el estereotipo peligroso, eso es lo que el movimiento feminista debería entender: no estigmatizarlas más, que se trata de un trabajo”, dice Marcela Hurtado, académica de la Universidad Austral, que ha estudiado los cafés con piernas desde una perspectiva de género.

La postura generalizada parece apuntar a terminar con la precariedad laboral de las mujeres, que por mucho tiempo tuvieron que sufrir por la falta de contrato, soportar horas con zapatos incómodos sin poder sentarse y el abuso a migrantes que llegan a pedir trabajo.

Críticas más, críticas menos, el fenómeno que ha caracterizado algunos rincones de la capital chilena está por cumplir ya los 30 años. Este aniversario los encuentra en medio de la ola feminista, que ha empezado a cuestionar precisamente prácticas machistas como esta, que antes estaban normalizadas en Chile.

 

En el invierno de 1982, el Café Haití instauró una nueva moda para sus garzonas. De vestido corto y taco alto, sería un vestuario que marcaría para siempre la identidad de la cadena que hasta hoy funciona en el Paseo Ahumada.

Años después, con el regreso de la democracia, algunos empresarios pensaron en llevar el concepto un poco más lejos: que las garzonas usaran bikini para atender a los clientes.
Algunos dicen que el primero fue el Café Ikabarú, que estaba en la calle Mc-Iver y abrió en 1990. Ahí se empezó a hablar por primera vez de los cafés con piernas.

El boom del rubro llegó en 1994, cuando el dueño del café Barón Rojo, Miguel Ángel Morales, presentó el “minuto feliz”, momento del día en que las garzonas atendían en topless por 60 segundos.

La idea revolucionó Santiago, sumando varios nuevos clientes y muchos detractores, que acusaban que estaban llegando a límites demasiado altos. Fueron varios los que vieron en la idea de Morales una excelente oportunidad de negocios y fundaron cafés con piernas en galerías escondidas del centro de Santiago.

Así nacieron el Blumenau, el Bombay y el Alí Baba, entre otros. La temática siempre fue la misma: mujeres de exuberante físico sirviendo café a las personas que pululaban por el centro deSantiago.
“Decidimos hacer algo similar a lo que había hecho en el Barón Rojo, pero con nuevas ideas, nuevas energías. Hicimos una especie de investigación en todos los cafés que existían y llegamos a la conclusión de que había varias cosas que se estaban haciendo mal, algunas que se estaban dejando de hacer y otras que se podrían hacer mejor”, cuenta Leonardo Araya, dueño del Café Alí Baba, que por estos días cumple 20 años desde su fundación.

Estos locales debieron enfrentar un largo proceso para ser aceptados por las autoridades comunales. El problema es que nadie sabía muy bien cómo funcionaban, si debían darle patente de cafetería o funcionar como locales nocturno. O, de plano, ser clausurados por faltas a la moral.

Personas que trabajaban en cafés durante esa época recuerdan que el alcalde de Santiago, Jaime Ravinet, pidió tapar de alguna manera la entrada del café, porque afuera se juntaban muchos escolares a mirar a las garzonas por la ventana. El mismo requisito se propuso para el resto.

Durante el año 2000, las visitas por sorpresa de la Inspección del Trabajo y Carabineros eran habituales. Algunos trabajadores de cafés con piernas recuerdan que esa fue la época de “la caza de brujas”, donde se multaba a los locatarios por razones, aparentemente, injustificadas.

En 2002, el alcalde Joaquín Lavín zanjó la disputa y firmó una ordenanza para estos locales. Los requisitos eran que debía funcionar con vidrios totalmente polarizados, horarios diurnos, prohibición de venta de alcohol y que no se ejerciera la prostitución.


 


“En esos años, eran filas y filas de niñas que se presentaban para trabajar. Después hubo una muy mala imagen; tú dices que eres de un café con piernas y todos se espantan”, cuenta María, dueña del Café Bombay, quien pidió mantener en reserva su nombre real.

Esos fueron los años dorados para los cafés con piernas. La clientela aumentaba todos los días y el sueldo que se pagaba era alto. El Barón Rojo siempre fue el más popular, salían a desfilar por el Paseo Ahumada y hacían giras por regiones.

Mientras era intendente Marcelo Trivelli recibió en su oficina a las trabajadores del Barón Rojo. Le pidió a su esposa que lo acompañara al encuentro: “En la mirada de dignificar a las mujeres que trabajaban ahí, es que aceptamos la audiencia. La mayoría de ellas me comentó que eran mujeres trabajadoras, que necesitaban generar un ingreso, eran jefas de hogar y que era un empleo digno”, recuerda.

La aceptación de los cafés con piernas llegó hasta tal punto, que en 2005 el entonces candidato presidencial Joaquín Lavín tuvo la idea de ir a hacer campaña dentro de los cafés con piernas, con firma en la pierna de una garzona que estaba en bikini.

“Cuando uno mira hacia atrás piensa que hay cosas que no haría de nuevo (…), pero tampoco lo encuentro tan terrible. Te dicen cosista, como diciendo “hace cositas”, pero no es así. Las pequeñas cosas son las que cambian el día a día a la gente, y son, entonces, grandes cosas”, dijo Joaquín Lavín sobre esa fotografía, en una entrevista el año pasado en Reportajes.

Ahora parece imposible pensar que tanta exposición pública vuelva a los cafés con piernas. El negocio, dicen sus conocedores, ha ido a la baja por la gran variedad de oferta y los cambios sociales vividos en Chile que han criticado estas prácticas.

“Estamos apuntando a que llegue más público. Ahora hay más estrategia de publicidad, para abarcar un público más joven. Hoy en día el público que tenemos es el que lleva años. El que está conmigo desde que empecé en esto”, cuenta Italia, quien lleva 12 años trabajando en distintos cafés en la Galería Santiago.

Con los años fueron proliferando distintos tipos de locales. En los más antiguos se sigue con la misma consigna del principio, pero otros apostaron por garzonas que pasaron de la barra para dejarse tocar, abrazar y, en algunos casos, besar por los clientes. Los más criticados son los que se han convertido en una fachada para el trabajo sexual. En general, custodiados por un guardia en la puerta, el café solo es una excusa para la prostitución.

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Italia conversa animadamente con un cliente al que parece conocer de toda la vida. El tipo le habla de cerca, le toca el hombro y le sonríe mientras ella baila al ritmo del reggaetón.

Pasan unos minutos, Italia se despide por un rato y se va con otro hombre que la espera. Lo saluda de beso y empieza el mismo ritual. Los abrazos, el baile y el café cortado. Son las 10 de la mañana, pero los vidrios polarizados, la poca luz y la música hacen pensar que es de noche. Todos la miran fijamente mientras se mueve entre cliente y cliente.

Las garzonas aseguran que dentro del café son ellas las que dominan la situación. Pocas veces un hombre trata de sobrepasarse. Si lo hacen, son sacados inmediatamente del café. “Acá les vendemos una ilusión”, repite siempre Italia, quien usa ese nombre de fantasía en el trabajo.

“Las trabajadoras teatralizan las interacciones de género y los estereotipos: una mujer súper servicial, doméstica, que siempre está de buen ánimo, que siempre lo escucha, que lo saluda de beso, que está ahí solo para atenderlo”, cuenta Marcela Hurtado, doctora en Ciencias Humanas.

Los cafés nunca han logrado agruparse en un sindicato. Esto se debe a que para la mayoría es un trabajo temporal, para juntar dinero y dedicarse a otra cosa. Tampoco se han acercado a organizaciones feministas. Dicen que no lo necesitan, pese al machismo con el que deben lidiar todos los días.
Italia está en esto desde el 2006. Estaba estudiando Terapia Ocupacional en una universidad pública y necesitaba ganar dinero que le permitiera pagar la carrera. Primero fue salvavidas en un condominio, pero tuvo que dejarlo por problemas de salud. El médico le recomendó buscar un trabajo sin exposición al sol. Le recomendaron entonces ir a la Galería Santiago a buscar trabajo. En su primer día le entregaron un vestido corto, pero no le complicó usarlo. Según dice, tenía que mostrar menos que en su trabajo de salvavidas.

Ella trabaja actualmente en el Café Alí Babá. Pensaba que se iba a quedar en el rubro por unos meses. Sirviendo café ganó plata suficiente para hacer un diplomado y matricularse en una segunda carrera
“Me siento una mujer independiente, totalmente empoderada. Soy dueña de mi tiempo, de mi dinero. La libertad que tengo, me gustaría que muchas mujeres la tuvieran. Yo no dependo de un hombre”, dice con fuerza Italia.

“Existe mucho estigma: ‘Que la maraca, la puta, la hueona’, y sobre todo desde las mismas mujeres. Reclaman tanto sobre el feminismo y al final ni siquiera son partner con las otras mujeres. Yo creo que nadie tiene derecho a discriminar, tenga el oficio que tenga. Todo lo contrario, una como mujer debería prestarse ropa”, señala Marianela Salgado, que trabaja en el rubro desde hace 18 años.

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“En el fondo, lo que busca ese hombre es un objeto: sexual, receptivo, dispuesto y servil. Y si a ese objeto le agregamos que es mujer, mejor. Si tú quisieras acabar con este estereotipo, tendrías que acabar con quienes lo consumen”, comenta la investigadora Marcela Hurtado.

“Si alguna vez vinieran a funarnos las feministas, no tendría ni un sentido, si qué más feminista que esto: muchas de las chicas estudian o son mamás solteras y con esto ganan buenas lucas, pueden mantener a su familia, ser independientes. Aquí les va bien”, dice Cristián Silva, dueño del Café Ika.
Aunque parece ser una amenaza real para el negocio, los dueños de cafés con piernas se resisten a asumir que el avance de la ola feminista deja cada vez menos espacios para este tipo de locales. Prefieren mirar la oportunidad comercial que, dice, se abre en el nuevo escenario.
“Si los hombres ya no pueden piropear a mujeres en la calle, acá van a venir a hacerlo”, reflexiona Leonardo Araya, dueño del Alí Babá.

El negocio, prometen, va a seguir viviendo, pese a que por los cambios sociales parece ser una actividad cada vez más fuera de contexto.

/Reportaje para La Tercera de  Fredi Velásquez y Alejandra Olguín