Un equipo internacional de investigadores dio una gran sorpresa el lunes al anunciar en la revista «Nature Astronomy» el hallazgo de posibles indicios de vida en Venus. Lo que han encontrado es fosfano (o fosfina), un gas venenoso y apestoso asociado con los organismos vivos, en las nubes del planeta. Tras considerar muchos escenarios, los científicos concluyeron que esta huella no puede ser explicada por otra cosa que no sea la presencia de vida. Eso todavía está por demostrar pero, si así fuera, ¿cómo podrían ser esas criaturas venusinas? ¿Formarían un ecosistema flotante? Y, ¿se parecerían en algo a las que conocemos en la Tierra?

Así puede ser la vida en Venus, si es que existe
Recreación artística de un rayo en Venus. La superficie es un infierno, pero las nubes podrían albergar vida

Esta es la primera vez que se encuentra fosfano (PH3) en el planeta hermano, pero no la primera que se sugiere que Venus podría albergar vida si no en su superficie, un lugar infernal que alcanza temperaturas de 450ºC capaces de fundir el plomo, sí unos kilómetros más arriba. Ya en 1967, el astrónomo Carl Sagan propuso que algunos microorganismos podrían estar detrás de unos extraños parches en la densa atmósfera del planeta que, misteriosamente, absorbían más radiación ultravioleta que las regiones de alrededor.

El «oasis» de Venus, el lugar donde la vida quizás pueda abrirse paso de alguna manera, se encuentra a unos 55 km de altura, dentro de la denominada capa media de nubes. Allí, las condiciones se parecen mucho a las nuestras, con temperaturas «envidiables» de entre 20 y 30ºC y la mitad de presión que sentimos a nivel del mar. En ese lugar, «podrían darse condiciones de habitabilidad adecuadas para microorganismos extremófilos, quizás similares a los hipertermófilos terrestres que crecen en medios ácidos, como Acidianus infernus -hallado en lagos de Islandia e Italia- o análogos caracterizados en nuestro río Tinto», escribe Carlos Briones, investigador del Centro de Astrobiología (CAB) en su libro «¿Estamos solos?» (Crítica), publicado casualmente poco antes del anuncio de la ya famosa fosfina. Según explica en sus páginas, estos seres vivirían asociados a los aerosoles de agua líquida y ácido sulfúrico, en forma de microgotas mantenidas en suspensión, o adheridos a gránulos de polvo «que proporcionen microambientes con la energía y nutrientes necesarios».

Navaja de Ockham

Felipe Gómez, jefe del departamento de Planetología y Habitabilidad del CAB, se muestra «cauto» ante el nuevo descubrimiento. «Es realmente interesante y novedoso, pero puede ocurrir como con el metano en Marte: puede producirse por procesos biológicos pero también por otras causas naturales que, en este caso, aún desconocemos», explica a este diario. Pero, ¿y si realmente existiera vida en Venus? Entonces, «la discusión sobre su forma tendría implicaciones filosóficas muy potentes», dice. «Me inclino a pensar que sería una vida como la que conocemos, basada en el carbono, siguiendo el principio de la navaja de Ockham, por el que la naturaleza siempre escoge el camino más sencillo», argumenta.

Y si asumimos una vida parecida, Gómez cree que sin duda sería bacteriana: acidófilos (les gusta el ácido) y anaerobios (viven sin oxígeno). Ejemplos de ellos son los citados microorganismos encontrados en las minas de Río Tinto (Huelva). O en los manantiales geotérmicos de Dallol (Etiopía), el entorno más inhóspito de la Tierra, donde un equipo encabezado por Gómez fue el primero en descubrir vida. Si algo parecido está flotando en Venus, según el investigador español serán «quimiolitotrofos», es decir, comepiedras. Estas criaturas «muy básicas» se desarrollan y obtienen energía a partir de compuestos inorgánicos.

Ecosistema flotante

En efecto, cómo y de qué vivirían esos microbios es un enigma. Según un estudio presentado en 2004, podrían utilizar el azufre de la atmósfera para convertir la luz ultravioleta a otras longitudes de onda que permitirían la fotosíntesis. En 2018, otro texto sugería que las manchas oscuras que aparecen en la atmósfera venusina podrían ser algo parecido a las floraciones de algas en los lagos y océanos de la Tierra. Y una tercera investigación, esta publicada el pasado agosto por la astrobióloga del MIT Sara Seager, coautora también del estudio del fosfano, afirma incluso que esos microbios podrían sobrevivir durante millones de años en el interior de pequeñas gotas en suspensión, activándose y «apagándose» según el nivel que alcancen en la atmósfera.

Un auténtico ecosistema flotante en Venus, ¿es posible? Gómez insiste en que hay que ser «precavidos» y no lanzar las campanas al vuelo. A su juicio, para confirmar (o descartar) siquiera la presencia indudable de fosfano pasarán meses o años. Y más años aún para hacer lo propio con la existencia de vida, algo para lo que posiblemente será necesario enviar de nuevo una nave hasta allí. Como señala el investigador, «este descubrimiento puede reforzar el interés por nuevas misiones a Venus, o incluso acelerar o reformular alguna de las previstas para la próxima década».

El increíble escorpión de Venus

Leonid Ksanfomaliti, un reputado investigador de la Academia de Ciencias de Rusia, protagonizó un insólito episodio en enero de 2012 cuando, según la prensa de su país, anunció haber descubierto signos de vida en Venus en fotografías tomadas por la sonda soviética Venera-13 hace ahora casi cuarenta años. En concreto, llamó la atención sobre unas supuestas criaturas de hasta quince centímetros, entre ellas una especie de «escorpión» que incluso se enterraba en la superficie ardiente del planeta. Esos extraordinarios seres venusinos jamás existieron. Probablemente, Ksanfomaliti solo vio unos componentes mecánicos. Una extraña anécdota que quizás nunca debió ver la luz.

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