No siempre el héroe tiene que ser unánime en las razones por las que se le aplaude. Menos cuando éste ha dejado el mundo para encontrarse con una historia que muchas veces le fue esquiva. Sin embargo, termina sus días de manera victoriosa ante los ojos de compatriotas y la opinión pública mundial. Es probable que muchas de sus ideas no fuesen compartidas, o su estilo franco haya sido para algunos un problema a la hora de hacer política. Pero cuando la oferta de decencia y amistad cívica en el mundo es escasa, su partida se transforma en noticia a nivel global.

Ha muerto el senador norteamericano John McCain. Y con él se muere en parte un tipo de político republicano conservador y dialogante. Se acaba una mirada de ver la política como un arte negociador, donde el bien común está por sobre las pequeñeces de la política diaria. Muere un republicano convencido, y sus amigos, en los que había una infinidad de demócratas, lo lloran como a un propio. Entre ellos, el ex vicepresidente Joe Biden, que en su despedida ha señalado que John McCain era “un orgulloso graduado de la Academia Naval, un colega en el Senado y un adversario político. Sin embargo, por sobre todas las cosas era un amigo y lo voy a extrañar profundamente”.

McCain termina su vida como un grande. Sin dudas tenía visiones conservadoras y apoyó muchas de las más impopulares políticas estadounidenses en el extranjero, incluyendo una con la que me tocó lidiar como Canciller chilena en el Consejo de Seguridad Nacional: la Guerra en Irak de 2003. Sin embargo, era una persona que creía y practicaba la democracia. Creía en los derechos humanos y siempre luchó porque se respetaran en su país y afuera. Sostuvo, por ejemplo, que la aplicación de torturas a detenidos por EE.UU. era antiamericano e inmoral. Hablaba desde su propio dolor como prisionero de guerra y torturado en Vietnam; misma nación con la que promovió una reconciliación.

Pero su partida no solamente afecta a Estados Unidos, el país al que sirvió y amó. En estos momentos en que Washington DC, bajo la administración de Donald Trump, inició un período de aislacionismo internacional y, por sobre todo, una peligrosa guerra comercial con Europa y China, la figura del fallecido senador crece aún más.

El real peligro de la política de Trump es que puede deteriorar y destruir la institucionalidad global que le ha dado estabilidad al mundo. Para él, pareciera ser mejor reunirse con dictadores que, por ejemplo, seguir acordando mejores formas de cooperación con las grandes democracias occidentales. Es lo contrario a lo que creía McCain, quien promovió la amistad entre democracias y, por cierto, se mostró un gran partidario del comercio mundial, la libertad económica y de hacer del mundo un lugar de paz para el desarrollo. Es por eso que la ironía del momento de su partida es más que dramática. Se va cuando más se le necesitaba. De hecho, en su propio país.Resultado de imagen para soledad alvear

/Escrito por Soledad Alvear para La Tercera