De la misma forma que ejerció su cargo por cuatro años, el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, Zeid Ra’ad Al Hussein, deja su puesto: “haciendo ruido” en la comunidad internacional. El último informe que tuvo a cargo es un trabajo crítico al régimen de Daniel Ortega en Nicaragua donde se acusan violaciones a los derechos humanos y abusos en las protestas de este año.  “La represión y las represalias contra los manifestantes prosiguen en Nicaragua, mientras el mundo aparta la vista”, dijo el diplomático.

La respuesta en Managua no se hizo esperar: el viernes el gobierno expulsó del país a la misión de la ONU que investigaba el tema.

Pero su mensaje final, Zeid Ra’ad Al Hussein, lo entregó en una columna que publicó el jueves en The Economist. Titulada “Grassroots leaders provide the best hope to a troubled world”, el antecesor de Bachelet entrega una pesimista visión del estado de situación de los Derechos Humanos. Critica a los políticos, a las cumbres internacionales “sin significado” y llama a tomar medidas: “Si no cambiamos de rumbo rápidamente, inevitablemente nos toparemos con un incidente en el que se arrojará el primer dominó, desencadenando una secuencia de eventos imparables que marcarán el final de nuestro tiempo en este pequeño planeta”.

El diplomático jordano, luego de criticar a personalidades internacionales como Donald Trump, de Estados Uniodos, o Matteo Salvini, de Italia y sus políticas sobre inmigración y “contra los más vulnerables”, plantea: “Los líderes autoritarios, o los líderes elegidos que se inclinan por ello, son matones, engañadores, cobardes egoístas”.

Pero no excluye de culpas al resto de la comunidad internacional: “Si están creciendo en número es porque (con excepciones) muchos otros políticos son mediocres. Ellos también se enfocan en su propia imagen, las vanidades asociadas con el protocolo y la reelección. Demasiado ocupados consigo mismos o temerosos de enfrentarse a los demagogos y a los demás, parecen refugiarse en la seguridad del silencio”.

Junto con lo anterior, comenta las numerosas cumbres y encuentros “sin sentido”. Escribe en The Economist: “Carecen de profundidad, pero están llenos de jerga y clichés tediosos que son, en una palabra, sin sentido. Lo que falta es una voluntad sincera de trabajar juntos, aunque todos afirmarán -de nuevo, bajo las luces y ante la cámara- que están totalmente comprometidos a hacerlo. Los sistemas para que los Estados actúen colectivamente en niveles más altos en la búsqueda de soluciones se están descomponiendo. Hay signos de ello en todos los lugares que queremos ver”.