Tras la tormenta, Argentina atraviesa un período de relativa calma cambiaria. La cotización del dólar cayó desde los niveles récords alcanzados a fines de junio y la corrida contra el peso parece haber cesado, al menos en el corto plazo.

“El alto nivel de la tasa de interés está teniendo un impacto contractivo. Es una de las cuestiones que el gobierno va a tener que atender a corto plazo porque este nivel de tasas no es sostenible durante mucho tiempo más. El tercer trimestre será duro”, dijo a El País el economista de la consultora ACM, Jorge Neyro.

Con tasas por arriba del 50% anual para financiar capital de trabajo, las pequeñas y medianas empresas (Pymes) sufren un ahogo financiero y empiezan a percibirse los impactos sobre la cadena de pagos.

Además, las tasas elevadas golpean sobre el consumo. En los últimos meses los bancos encarecieron las tasas de, entre otras líneas, los créditos personales, un instrumento que había impulsado el boom de ventas de electrodomésticos, autos y motos hasta abril pasado.

A esos efectos sobre el consumo se agrega que, con una inflación que rondará el 30% en el año, los aumentos salariales surgidos de las negociaciones paritarias continúan corriendo desde atrás al incremento de los precios.

En ese marco, en junio las ventas minoristas de los comercios Pymes registraron una caída de 4,2% frente a igual mes del año pasado, según datos de la Confederación Argentina de la Mediana Empresa (CAME).

El incremento de las tasas, sumado a la disparada del dólar, también contribuyó a frenar el otorgamiento de créditos hipotecarios, un rubro que venía creciendo a ritmo vertiginoso. Con cuotas similares al monto de un alquiler, entre enero de 2016 y mayo pasado fueron otorgados 118.538 créditos a la vivienda en Argentina. Pero ya en junio el otorgamiento de ese tipo de préstamos se derrumbó 60% frente al bimestre anterior.

A la previsible desaceleración de la construcción por menores inversiones privadas se suman los recortes en el presupuesto de obras públicas para cumplir con la baja del déficit fiscal comprometida a cambio de la ayuda del Fondo Monetario Internacional (FMI).

Ese doble impacto provocó que la construcción, uno de los principales motores de la economía y del empleo durante los últimos doce meses, creciera en mayo pasado a la menor tasa de expansión interanual desde febrero del año pasado (5,8%).

Con esos efectos derivados de la volatilidad cambiaria y el alza de las tasas, al que se sumó la caída de la producción agropecuaria debido a la peor sequía de los últimos 50 años, las estimaciones de crecimiento de la economía argentina siguen ajustándose a la baja. Mientras en diciembre del año pasado las proyecciones de analistas recopiladas por el Banco Central estimaban una expansión del Producto Interno Bruto (PIB) del 3,2% para 2018, en junio cayeron a 0,5%.

Dado que el crecimiento de la economía en el primer trimestre fue de 3,6%, el consenso de analistas prevé una caída del PIB para lo que resta del año. Los pronósticos también se ajustaron a la baja para 2019: las estimaciones pasaron de un alza del 3,3% en diciembre a 1,6% en junio.

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