“Lo veo todo negro”, le dijo Pablo Neruda a su amigo Jorge Edwards, en su casa escarpada del cerro San Cristóbal, cierto día de septiembre de 1970. Salvador Allende, el candidato de la Unidad Popular, la coalición del poeta, acababa de ganar las elecciones presidenciales con un 37% de los votos y el país estaba excitado, azotado por emociones contradictorias, efervescente. A Neruda esto no lo entusiasmaba: lo veía negro.

Cuatro meses antes, Edwards, instalado como consejero de la embajada de Chile en el Perú de los militares golpistas de izquierda -¿suena raro?, no lo era tanto entonces-, había recibido a Neruda y Matilde Urrutia en su casa de Lima. Faltaba algún tiempo para las elecciones y Neruda era aún el precandidato del Partido Comunista, a sabiendas de que solo lo era para negociar dentro de la UP. En uno de esos días llegó la diputada comunista María Maluenda (más tarde PPD) a informarle, en nombre del partido, que con toda probabilidad el candidato sería Allende.

En el recién aparecido segundo tomo de sus memorias, Esclavos de la consigna (Lumen, 2018), Edwards subraya así su testimonio: “El poeta en pantuflas no tenía la menor expresión de entusiasmo, de optimismo, de alegría, y Matilde tampoco. Debo consignar esto del modo más claro posible, sin reticencias, sin bemoles”. Y abunda: Neruda venía sosteniendo con insistencia que “el mejor de los candidatos sería Gabriel Valdés, capaz de unir a la izquierda con el centro democratacristiano, pero sus palabras no habían tenido el menor seguimiento”. Anticipaba la Concertación, o incluso la Nueva Mayoría, pero nadie tenía oídos para una idea como esa, que en ciertos cenáculos socialistas sonaba como claudicación, incluso traición. El poeta se mostraba contrariado de tener que votar por Allende, mientras que Matilde anunciaba, desde el fondo del dormitorio: “¡Yo voy a votar por Radomiro Tomic!”.

Esta revelación debería ser bombástica y exigir, por lo menos, otra relectura del “proceso chileno”, por mucho que Chile esté como anestesiado ante su propia historia del último medio siglo. Entre otras cosas, porque parece lógico que la posición de Neruda no haya debido ser solitaria. Edwards nunca dice -hay que subrayarlo- que Neruda tuviese antipatía por Allende. Lo que veía es que el país estaba “peligrosamente dividido, cargado de rencor, de odio” y que en esos sentimientos se le asomaba el espectro de la guerra civil española, la misma en que se había hecho comunista por solidaridad, por desesperación, no por leer a Marx y Engels. Neruda creía que la guerra civil era “lo peor que podía pasar”, y así lo dijo con insistencia en los años siguientes. Pero eso no era lo que pensaba una parte de la izquierda, succionada por su vecina ultraizquierda. En ese mundo más bien prevalecían los que querían “agudizar las contradicciones” para reventar de una vez el dominio de la burguesía.

Neruda no podía olvidar que apenas cuatro años antes, en julio de 1966, un grupo numeroso de intelectuales y artistas cubanos le había dirigido una Carta Abierta para reprocharle su asistencia a un encuentro del Pen Club en Estados Unidos. Solo pisar Washington era para estos revolucionarios un acto de complicidad con el imperialismo. (Poco tiempo después, Nicanor Parra también sería lapidado por tomar té con Pat Nixon, la hija del odiado presidente norteamericano). Pero Neruda sabía que muchos de los firmantes solo habían visto la revolución desde Europa, y se mordió la ira de esa granujería destinada a complacer a Fidel Castro. Lo que no se sabía todavía es que Castro enviaría pronto a algunos de ellos -Heberto Padilla el primero- a secarse en las cárceles cubanas. Unos meses más tarde, Edwards le contó que había recibido una invitación de Casa de las Américas para un encuentro literario en Cuba. Neruda lo escuchó con frialdad: “Temo que ya no sea tiempo de viajar a La Habana”.

En agosto de 1968, 2.300 tanques y unos 500.000 hombres del Pacto de Varsovia, con el mandato de la Unión Soviética, entraron a Checoslovaquia para aplastar la llamada “Primavera de Praga”, el intento de liberalización llevado adelante por el primer ministro Alexander Dubček. Moscú y sus aliados justificaron la invasión como “una petición” de los propios comunistas checoeslovacos, y el canciller Gabriel Valdés había recibido esa noche al embajador checoeslovaco en Santiago, que “había llorado en su despacho y había negado la versión soviética de los sucesos en forma apasionada”.

El PC chileno apoyó sin ambages la invasión de Checoslovaquia, como antes lo había hecho con la de Hungría y más tarde lo haría con la de Afganistán. ¿Y Neruda? En la línea del partido, siempre, disciplinado en esa arcana disciplina del silencio. Edwards lo describe incómodo, pero siempre ingenioso, como cuando le preguntó, en la misma noche de la invasión, si viajaría a Europa como tenía previsto. “Ya no estoy tan seguro”, respondió el poeta. “¡La situación está demasiado checoeslovaca!”.

Y estaba en una enorme medida atrapado, incluso él, Neruda, el inminente premio Nobel, el que mejor conocía a la inteligencia literaria de Europa oriental, encadenado en esa ciudadela asediada que ha sido la izquierda en tantas ocasiones y en tantas latitudes, amordazado para ejercer la crítica con el eterno pretexto de no alimentar al enemigo. Edwards de nuevo: “¿Ven ustedes? Y después retrocedía, y vacilaba, y tenía miedo de que lo utilizaran desde el otro lado, desde El Mercurio, por decirlo de algún modo, o, peor, desde la CIA, y le venía un ataque de afonía aguda. Pero, a pesar de todo eso, ¡sí sabía!”.

Estas eran las cosas que reverberaban en las elecciones de 1970. Edwards rememora la noche de la victoria de la UP con pluma dickensiana: “La multitud llenaba la Alameda, celebraba, cantaba, rugía. Parecía que había esperado ese triunfo, ese desquite monumental, durante toda su historia. Las transmisiones de radio chirriaban. Nadie se habría atrevido a pensar, salvo un fascista furibundo, que se podía impedir la subida al poder de Salvador Allende en condiciones normales”. Se venían lo que Guillermo Tejeda llamó, en otro libro memorable de hace unos 20 años, El Mundial del 72, los días “con olor a quemado”.

Jorge Edwards no es un historiador, sino un cronista, el mejor de entre los vivos en el Chile de hoy. Sus recuerdos pueden carecer de la exactitud documental de la historia, pero siempre la superarán en su poder de evocación, en su recreación del aire social y la psicología personal. Esclavos de la consigna describe una etapa de Chile donde la lucidez y hasta el humor fueron progresivamente capturados por la trampa de la ciudadela, esa situación donde el miedo al adversario nubla toda capacidad crítica, anula toda opinión, ahoga toda libertad.

Por fortuna o por desgracia, Edwards tiene cierta inmunidad frente a los modelos de descalificación que están en boga, los que por estos días ha sufrido Gabriel Boric solo por asumir lo que es una verdad catedralicia: que en Cuba, Venezuela y Nicaragua ya no hay democracia. Edwards trabajó en la diplomacia chilena con Ibáñez, Alessandri, Frei Montalva, Allende y Piñera, y tiene la libertad necesaria para mirar la historia con extrañeza. Y encuentra hace medio siglo los mismos cepos que resucitan hoy.

Escrito por Ascanio Cavallo para La Tercera